El pasado 27 de febrero celebramos el Día Mundial de las ONG. Más allá de la efeméride, esta fecha nos invita a corrernos por un instante de la vorágine de la agenda corporativa para reflexionar sobre una dimensión esencial de nuestra condición humana: la gratuidad.
Como dirigentes de empresa, estamos habituados a medir procesos, optimizar recursos y buscar resultados. Sin embargo, el voluntariado nos propone una lógica distinta, una “lógica del don” que no busca el éxito propio, sino el bien del otro. Desde mi experiencia en la ONG PIER, he comprendido que el voluntariado no es solo “dar tiempo”, sino dejarse transformar por la realidad del prójimo.
PIER nació hace 30 años en la provincia de Catamarca. Lo que comenzó como un grupo de amigos del Colegio Esquiú que salían a misionar, se convirtió en una obra sostenida por el cariño de distintas comunidades que nos adoptaron como amigos y familia. Ese origen en la amistad es clave: el voluntariado no es una asistencia técnica, sino un vínculo humano que trasciende y perdura.
Elegimos Catamarca no por azar, sino por el legado de nuestro beato Fray Mamerto Esquiú. Allí, el equipo de PIER trabaja hoy sobre dos ejes fundamentales: Educación y Salud. En lo referente a la Educación, a través de becas económicas y el acompañamiento personal de tutoras que sostienen a los becados en sus procesos de aprendizajes terciarios y/o universitarios. En lo que refiere a Salud, mediante viajes de asistencia médica preventiva, planificados junto al Ministerio de Salud provincial para responder a las necesidades reales de cada comunidad del área programática que visitamos. El año pasado se logró un hito clave y es la incorporación del Hospital Alemán quién a través de sus residentes, nos permiten poder contar con personal de salud altamente calificado para atender las necesidades del lugar.
No podemos dejar de reconocer que a veces caemos en la tentación de creer que somos nosotros, los voluntarios, quienes llevamos “las soluciones”. En PIER aprendimos que el verdadero cambio lo protagonizan quienes habitan el lugar. Nuestro desafío actual es acompañarlos en toda su dimensión humana y compartir la oportunidad que tenemos un aliado incondicional que es Jesús.
Reconocemos que estamos “de paso” en la vida. Esta perspectiva de finitud, lejos de desanimarnos, es el motor de entrega de los voluntarios de PIER. El voluntariado es, en última instancia, reconocer que somos administradores de talentos que se nos dieron para servir.
Desde ACDE promovemos un liderazgo que humanice la empresa. El voluntariado es el gimnasio del alma para ese liderazgo: nos enseña a escuchar, a tener paciencia y a mirar a los ojos.
Invito a cada socio en virtud de la creación de la Comisión de Acción Social a encontrar su “Catamarca”. A salir de la comodidad para entrar en la periferia del otro. Porque es en el servicio desinteresado donde el ser humano se encuentra con su versión más auténtica y donde, verdaderamente, construimos comunidad.
