Valores

La alegría como signo del empresario cristiano

Escrito por Pablo Lamas
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Una de las notas más reiteradas en las descripciones de Enrique Shaw es su alegría. En todos los ámbitos se lo percibía como una persona alegre. Al abordar sus notas uno encuentra que esa alegría no es sólo espontánea, sino que es buscada, querida. La alegría era para él un signo, un emblema.

En el ecosistema empresarial eso es una rareza. Lo común es ver rostros severos, muchas veces preocupados. Es como que la empresa se ha convertido en un lugar de gente seria. Ver a alguien sonriente debe ser signo de que le falta trabajo o que se toma poco en serio su trabajo.

El mundo de las empresas nos recuerda la mirada que el Principito tenía sobre los adultos, siempre preocupados por las cifras, siempre en lo accidental. “Conozco un planeta en el que vive un señor muy colorado. Nunca ha olido una flor. Nunca ha contemplado una estrella. Nunca ha amado a nadie. Nunca ha hecho otra cosa que sumas. Se pasa el día diciendo, como tú: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio!”, lo que le hace hincharse de orgullo. Pero eso no es un hombre, ¡es un hongo!”

La palabra serio, que nos aparece en algún punto como opuesto a la alegría y propio del mundo del trabajo, nos refiere a algo grave, importante o incluso verdadero. Sin embargo, en el origen de la palabra latina (serius) se aplicaba a las cosas y no a las personas. Hay cosas que son serias (graves, importantes, verdaderas) pero no personas serias. La palabra para designar a la persona seria era severo (severus). Se puede tratar con la debida seriedad a las cosas sin necesidad de estar uno con la cara rígida y el ceño fruncido. Se puede tomar en serio las cosas al mismo tiempo que todos nos ven con una sonrisa.

En el caso de Enrique lo que llama la atención es que su educación fue militar. Toda la etapa en la que forjó su carácter y su versión adulta lo hizo en la armada, un mundo de gente seria. Un mundo de pocas sonrisas. Sin embargo, su propósito era ser alegre y que siempre lo vieran así. “Debo sonreír más” repite una y otra vez en sus notas personales. “Mis colaboradores deben encontrar una sonrisa en mi rostro”. “Debemos exteriorizar nuestra paz, la alegría del alma, la mansedumbre, la serenidad y la dulzura.

Gozo, alegría, jovialidad, aceptación alegre”. Su alegría era una decisión.

Como en todas las decisiones de Enrique, no se trata de una improvisación casual. La alegría es el signo propio del cristiano.

San Pablo, en su carta a los Filipenses lo pone en forma de mandato: “Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense”. Una orden expresa. La palabra que utiliza el apóstol en griego es “jaire” que es la misma con la que saluda el ángel Gabriel a María en la Anunciación: “Alégrate llena de gracia”. La historia misma de nuestra salvación nace con la misma orden expresa: “alégrate”.

No se trata de una opción, es nuestro deber como cristianos. El que se sabe salvado no puede estar más que alegre pues cualquier otra cosa es vana en comparación con eso.

La alegría es el signo del cristiano. Es su emblema. Por eso lo era para Enrique.

El gran C. S. Lewis titula su autobiografía, en la que relata su proceso de conversión al catolicismo, “Sorprendido por la alegría”. Allí señala que la alegría es, justamente, la señal de Dios. El modo de llamarlo fue a través de la alegría.

Así es como una característica que debiera hacer reconocer al empresario cristiano, en un mundo triste, aburrido y ofuscado, es la alegría. Que esa sea nuestra marca, nuestro emblema. Como lo era para Enrique.

Sobre el autor

Pablo Lamas

Profesional (Abogado – Mag. Propiedad Intelectual) orientado al desarrollo de negocios y la gestión y gerenciamiento de proyectos complejos. Con 10 años de experiencia en la industria farmacéutica en distintas funciones y posiciones.

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