Una de las ideas más insistentes en el pensamiento de Enrique Shaw es, también, una de las más revolucionarias: la empresa es una comunidad de personas.
Hoy la frase puede parecer razonable, o incluso evidente para algunos (aunque más declamada que puesta en práctica). Sin embargo, cuando Enrique accede al mundo empresarial -mediados del siglo XX-, esta afirmación tenía el carácter de herejía dentro del modelo dominante. En plena tensión entre capital y trabajo, con el marxismo cuestionando radicalmente el sistema capitalista, y una cultura empresarial marcada por la lógica del mando unilateral, pensar a la empresa como una comunidad era una novedad audaz. Aún hoy pensar en poner esto en práctica suena a utopía.
Durante el siglo XIX y buena parte del XX, el modelo de empresa estaba estructurado sobre una separación tajante entre empresarios y obreros. La empresa era vista como una propiedad privada del capital, en la que los trabajadores participaban sólo como un recurso (“recursos humanos”) y no como parte viva del sistema. En esta idea de la persona como “recurso” y el capitalista como “dueño” de los recursos dejaban el problema en un extremo peligroso. No es de extrañar que en este escenario surgieran las grandes críticas sociales: la denuncia de la plusvalía, la explotación, la deshumanización del trabajo, y el surgimiento de modelos ideológicos que pretendieron revertir este orden por la vía de la confrontación.
En este entorno nace una luz que viene a alumbrar el problema desde una óptica diferente. Con la Rerum novarum (1891) aparece la Doctrina Social de la Iglesia para comenzar a afirmar que el trabajo no es una mercancía y que el capital no puede estar por encima de la persona. Este faro que empieza a irradiar un aire nuevo en el mundo de las ideas estaba todavía muy lejos de convertirse en una realidad palpable en las empresas. La decisión de Enrique de aplicar estos principios en la gestión y volverlos prácticos luce verdaderamente revolucionaria.
La idea de considerar la empresa como comunidad parte de una intuición filosófica de raíces muy profundas. Aristóteles enseñaba que el hombre es un ser social por naturaleza, es decir, no puede alcanzar su perfección ni su realización, ni ser propiamente humano en soledad. Todo desarrollo de nuestras capacidades -intelectuales, morales o técnicas- necesita de la comunidad como condición. Sólo con otros “somos”. Sólo con otros crecemos. Sólo en comunidad nos desarrollamos.
La empresa, en tanto humana, no es ajena a esta máxima. De esta manera no puede ser considerada una mera concatenación de recursos humanos y materiales que el empresario modela a su antojo. Es una comunidad organizada hacia un fin común. Una comunidad que, por tanto, debe ser gestionada con criterios comunitarios: respeto, participación, transparencia, responsabilidad compartida.
La palabra comunidad es reveladora en este sentido: viene de “común” y “unidad”. Es decir que es lo común lo que mueve a la unidad. No se trata de uniformidad sino de unidad en torno a un fin compartido. En la empresa, ese fin es el propósito que da sentido al trabajo de todos. El objetivo nos une. El objetivo nos hace amigos. El objetivo nos hace uno. La comunidad nace cuando lo común transforma el “ellos” en un “nosotros”.
Esto tiene consecuencias muy concretas en la gestión cotidiana. Si la empresa es una comunidad el uso de los recursos no es algo arbitrario. Lo mismo con la información, la transparencia en la gestión, la comunicación de las decisiones estratégicas, el rumbo de la información… No se trata de democratizar todo sino de reconocer que existe un “nosotros” estructural que se alimenta de consideraciones concretas y no de meras declamaciones. Y el empresario es uno más (no igual) en esa comunidad.
Cien años después de la Rerum novarum San Juan Pablo II vuelve a poner el centro del diálogo en este mismo punto: “La empresa no puede ser considerada sólo como una sociedad de capitales; es al mismo tiempo una sociedad de personas, en la que entran a formar parte de modos diversos y con responsabilidades específicas, quienes la constituyen y la dirigen, quienes trabajan en ella, quienes financian o aseguran los medios de producción”.
Enrique Shaw lo vio antes que muchos. Hoy su voz nos sigue recordando que la empresa es un lugar donde el hombre no sólo trabaja, sino también se desarrolla y se realiza. La empresa debe ser un ámbito en el que la persona pueda llegar a la santidad.
