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Riesgos y oportunidades que trae la guerra

Escrito por Juan Luis Iramain
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La guerra en Oriente Medio, a catorce mil kilómetros de distancia, seguramente tendrá efectos en la Argentina. Es rol de los directores de Asuntos Públicos poner un ojo ahí y recomendar decisiones de negocios acertadas, que tengan en cuenta la geopolítica.

 

El aleteo de una mariposa en el Estrecho de Ormuz podría ser la causa de un vendaval en estas pampas. Dejando aparte la tragedia humanitaria que toda guerra trae consigo, el conflicto de Oriente Medio es un monstruo de dos caras: el aumento del precio del petróleo y el gas nos beneficia porque poco a poco nos vamos integrando al selecto club de los que producen y exportan y, al mismo tiempo, nos perjudica porque casi inevitablemente los combustibles subirán también en la Argentina, alimentando una vez más la todavía rebelde inflación.

Está claro que la pregunta no es si la guerra va a afectar a nuestra economía —en un mundo hiperconectado, es una obviedad— sino quiénes van a ser los beneficiados y quiénes los perjudicados. Desde hace un tiempo, la geopolítica dejó de ser tema de interés exclusivo de los eruditos, para convertirse en un factor clave que determina tanto si una empresa de logística en el Gran Buenos Aires puede renovar su flota de camiones como si a una petrolera le conviene duplicar su inversión en la Cuenca Neuquina.

Así las cosas, lo que quizá termine siendo la Tercera Guerra Mundial podría generar, al menos por ahora, una serie de efectos en la Argentina:

 

  • Viento de cola en Vaca Muerta. Un barril de Brent que ya supere los 80 dólares (y subiendo) es música para los oídos de las operadoras en la Cuenca Neuquina: consolida un superávit comercial energético que podría escalar hasta los 10.000 millones de dólares en 2026. La guerra fortalece el posicionamiento de la Argentina como un “proveedor seguro” frente a la inestabilidad de las autocracias del Golfo, con el potencial de atraer capitales. Sin embargo, este éxito exportador tiene un techo físico: la capacidad de nuestros oleoductos y plantas de licuefacción todavía enfrenta cuellos de botella que no se resuelven únicamente con precios altos.
  • Inflación en el surtidor. Mientras el Banco Central celebra el ingreso de divisas, el Ministerio de Economía mira con atención los surtidores de las estaciones de servicio: cada dólar que sube el crudo en el mercado internacional presiona sobre el precio de las naftas locales. En una economía que lucha por anclar expectativas, importar inflación energética a través de los combustibles y los fletes es un riesgo sistémico que demora el tan anunciado “colapso de la inflación”. El dilema para el Gobierno, al final, será político: permitir el traslado total de precios para sostener la inversión petrolera o intervenir para proteger el consumo interno. Una prueba de fuego para el León, que será muy liberal, pero no puede ignorar que también busca su reelección.
  • El agro y los fertilizantes. Para el campo, la guerra es una moneda en el aire con un peso extra en la cara de los costos: aunque el valor de los granos suele reaccionar al alza por la volatilidad, el impacto más severo se siente en los insumos. El bloqueo o la inestabilidad en rutas clave encarece los fertilizantes nitrogenados —muchos provenientes de Qatar o Egipto— justo en plena ventana de siembra, con impacto directo en los márgenes del trigo y el maíz. Además, la carne bovina, un baluarte de nuestras exportaciones a Israel (unos 450 millones de dólares anuales), enfrenta riesgos logísticos y de demanda si se prolongan las hostilidades.
  • La aversión al riesgo y el costo del capital. En el plano financiero, los conflictos bélicos disparan el efecto “fly to quality” , haciendo que los inversores huyan hacia activos seguros como el oro o los bonos del Tesoro de los Estados Unidos. Para la Argentina, esto se traduce en una mayor presión sobre el riesgo país y un encarecimiento del financiamiento internacional, que complica el ansiado regreso a los mercados de deuda globales para 2026. Mientras las acciones de compañías como YPF, PAE o Vista podrían ir al alza, muchos de los activos locales probablemente sufran por el escepticismo típico hacia los mercados emergentes en tiempos de guerra.
  • Reconfiguración geopolítica y nuevos socios. El conflicto está forzando un reordenamiento de las alianzas comerciales: la Argentina ha mostrado un quiebre en su histórica política de equidistancia, con un alineamiento cada vez más estrecho con el eje Estados Unidos – Israel. Un efecto posible: que vengan inversiones estratégicas del bloque occidental, que intenta reducir su dependencia energética de regiones bajo la influencia china o rusa. A la vez, este giro también obliga a una diplomacia comercial sofisticada con socios como India o Vietnam, que también sufren el encarecimiento de la energía y buscan en América del Sur un proveedor alternativo y previsible.

En última instancia, la guerra, que separa a trazos gruesos a amigos de enemigos, es también una oportunidad para los países que saben pararse con habilidad y pragmatismo en el lugar correcto. Con la brújula bien calibrada, quizá seamos capaces de atraer inversiones en infraestructura que nos pongan en el camino de ser el “búnker energético” que necesita Occidente. Eso sería, por fin, ponernos en el camino de hacer grande a la Argentina otra vez.

Sobre el autor

Juan Luis Iramain

Doctor en Comunicación (U.Austral). Socio Director de INFOMEDIA.

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