ACDE Hoy

Ser huella en tiempos de incertidumbre

Escrito por Ignacio Bernad
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La Convivencia Senior G+ de este año nos propuso un desafío: ser huella en tiempos de incertidumbre. Y nos ofreció una respuesta posible: una verdadera metanoia que nos permita transformar la angustia en esperanza y la incertidumbre en renovación.

 

Encontrarnos como hermanos

Esa mañana habíamos llegado de distintos lugares: Zona norte, Capital e incluso Rosario. Muchos nos conocíamos de los encuentros «Un Café con Enrique» de las Comunidades G+ que habíamos compartido en el año, pero otros tantos eran solo amigos de socios de ACDE.

Desayuno de por medio nos habíamos saludado, pero necesitábamos algo más que presentarnos. Necesitábamos encontrarnos como hermanos. En el fondo, ese es el objetivo con que nació en 2025 la Convivencia Senior G+: vivir una verdadera experiencia de hermanos en Cristo comprometidos con nuestra misión empresaria cristiana.

Por eso iniciamos con un gesto muy antiguo: el Ósculo Santo.  Las primeras comunidades cristianas, cuando todavía se reunían en cuevas, se saludaban con un beso fraterno. Nosotros nos recibimos con un abrazo, deseándonos la paz de Cristo. El mismo gesto que repetimos casi automáticamente en cada misa, pero esta vez a conciencia e intencionado.

Y algo cambió: cambiaron las caras, cambió la energía. Ya no éramos un conjunto de desconocidos. Nos reconocíamos como hermanos, porque quien nos había convocado era alguien a quien todos conocíamos: Cristo.

 

Una metanoia: de la incertidumbre a la renovación

El desafío que nos planteaba el lema de la convivencia era claro: ser huella en tiempos de incertidumbre, reemplazando la palabra “incertidumbre” por “renovación”. Una experiencia que los discípulos de Emaús habían vivido en carne propia: caminan desconcertados y angustiados, viviendo esos días como tiempos de muerte, mientras que el Señor que renueva la vida caminaba junto a ellos sin que lo pudieran reconocer.

Quizás nuestros tiempos no sean tan distintos. Afuera, el mundo parece cambiar a toda velocidad con la inteligencia artificial al frente. Adentro, nuevas preguntas sobre el sentido de nuestra vida nos golpean el corazón a los +50. Lo seguro se vuelve inseguro; lo conocido, desconocido.

“¡Hombres duros de entendimiento!”, les dice Jesús a los discípulos. Y también nos lo dice a nosotros. Siguiendo los pasos de los discípulos de Emaús, la convivencia nos planteó una experiencia en tres bloques para lograr una profunda metanoia, en el sentido griego de la palabra conversión que Jesús proclama en el evangelio: cambiar la forma de interpretar la realidad y, en consecuencia, reorientar la propia vida.

 

Primer bloque: Cristo nos eligió primero

Los discípulos caminan desconcertados, angustiados, sin rumbo. Cristo camina junto a ellos, pero no lo reconocen. Sin embargo, Cristo está allí porque Cristo los eligió primero.

Cristo camina a nuestro lado, mucho antes que nosotros nos demos cuenta, incluso en la incertidumbre. Aunque parezca obvio, ¿interiorizamos lo que eso significa para nuestra misión empresaria? ¿Qué sesgos provocan nuestra ceguera?

 

¿Desde dónde misionamos?

Quizás los discípulos de Emaús habían sido algunos de los 72 que Jesús envió de dos en dos. Quizás eran pescadores como Pedro: emprendedores que pusieron su energía y talentos al servicio del Evangelio.

En algún aspecto nos parecemos a ellos. Como hombres y mujeres de empresa, sabemos de aportar valor, de ser productivos, de crear riqueza. Sabemos que recibimos muchos talentos y sentimos la responsabilidad de corresponder. Pero, ¿desde dónde respondemos a ese llamado? ¿Lo hacemos desde la exigencia, el deber moral, la necesidad de devolver lo recibido? En definitiva, ¿quién es Dios para mí?

Con esa pregunta encendida en nuestro corazón nos fuimos a la capilla.

 

Hijos antes que empresarios

Allí nos esperaba el Padre Ramiro, párroco de Manzanares, especialmente invitado para la jornada. Guiado por la teología del cuerpo de San Juan Pablo II, partió de una respuesta de Jesús: “Al principio no era así”. No podemos definir quiénes somos mirando solo al hombre herido por el pecado. Hay que volver al plan original de Dios y desde allí nos propuso tres verdades.

  • Verdad uno: somos hijos amados. Dios nos crea “a su imagen y semejanza”. Cada uno de nosotros es único e irrepetible. Existimos porque Dios quiere que existamos. Nadie sobra. Nuestra valía no está en lo que hacemos, sino en quiénes somos: hijos de Dios, una dignidad que nadie nos puede quitar.
  • Verdad dos: fuimos creados para la comunión. “Varón y mujer los creó”, dice el relato del Génesis. Dios, que es Uno y Trino, es comunión de amor que se refleja en el encuentro del hombre consigo mismo y con el otro. “Es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Mi entrega al otro no es un acto de caridad, es un aspecto constitutivo de mi identidad. Soy comunión, a imagen de Dios, nacido para entrar en comunión con los demás.
  • Verdad tres: Llevamos el soplo de Dios. Por eso anhelamos lo eterno y nada de este mundo alcanza para llenarnos. Ese mismo soplo también nos hace libres: una libertad que nos permite amar sin condicionantes.

El pecado intenta dar vuelta estas verdades. Me hace creer que estoy solo, que tengo que demostrar mi valía, y que tengo que hacer todo perfecto para entrar al reino de Dios. Cristo nos devuelve a la verdad del origen, según nos enseña San Juan Pablo II. Así como el Padre le dice a Jesús en su bautismo, también nos dice a nosotros “Tú eres mi Hijo muy amado”.

Por tanto, antes que empresarios, somos hijos de Dios amados por el Padre. Y cuando descansamos en esa certeza, cambia toda nuestra mirada sobre la misión. Ya no misionamos para valer. Misionamos porque ya somos hijos valiosos ante los ojos de Dios, ungidos por el bautismo, para ser otros Cristos en el mundo.

 

Sacerdotes, profetas y reyes

Configurados en Cristo por el bautismo, compartimos su triple identidad de Sacerdote, Profeta y Rey para la misión, incluso como laicos abocados al mundo empresario.

Somos sacerdotes porque ofrecemos a Dios nuestra propia vida: el trabajo y el esfuerzo de cada día, para que el mundo sea más de Él. Somos profetas porque anunciamos la buena noticia del Evangelio en forma explícita o implícita en nuestros actos. Y somos reyes al modo de un buen rey: conocemos a quienes tenemos a cargo, reconocemos sus dones y los ayudamos a desplegarlos.

 

Segundo bloque: Emprendernos con esperanza

Inspirados por el testimonio personal de Carla Nitti, nos animamos a pensar que el mayor emprendimiento para transitar la incertidumbre en esta etapa de nuestras vidas, quizás sea yo mismo. Pero ¿cómo emprendernos en la incertidumbre?

 

Las tres metanoias del sembrador

La respuesta está en transitar una metanoia que nos permita transformar angustia en esperanza, incertidumbre en renovación. Inspirados en la parábola del sembrador, la convivencia nos propuso tres metanoias:

  1. Permitirme ser tierra fértil.
  2. Reconocerme como semilla fecunda
  3. Sabernos árbol destinado a dar frutos.

 

Ser tierra fértil: soltar las falsas promesas

Quienes trabajan en el campo saben que para que una tierra vuelva a ser fértil, hay que removerla. Y en la vida, eso incomoda. Quizás los cambios que estamos viviendo en este tiempo, sean cambios que vengan a removernos. Y entonces, más que resistirlos, sea tiempo de abrazarlos.

Sin embargo, cuando llegan los cambios después de años de estar acostumbrados a productivizar la vida para ser exitosos, la primera reacción es controlarlo todo para no perder nada. Nos aferramos al dinero, a mostrarnos vigentes, a estar siempre ocupados. Nos aferramos a falsas promesas que nos prometen paz eterna pero solo nos dan sosiego efímero.

Sin embargo, si nos permitimos actuar desde la certeza de sabernos hijos de Dios, es posible que nos atrevamos a confiar más y controlar menos, a vivir con más verdad y menos imagen, a mostrarnos vulnerables y permitirnos pedir ayuda, a preocuparnos menos por nosotros y más por los demás. Esa es la verdadera metanoia.

 

Ser semilla fecunda: ofrecer mis dones

Aunque parezca contraintuitivo, es muy natural que, en la mitad de la vida ante la incertidumbre, sintamos que nuestra valía decae. Sin embargo, emprender en la mitad de la vida es hacerlo con todo lo construido: la experiencia, las relaciones, los amigos, las capacidades. Incluso lo difícil que atravesamos. Ese es nuestro capital social.

Y el cambio se produce cuando dejamos de pensar “¿qué tengo?” para pensar “¿qué puedo ofrecer?”. Carla Nitti lo dijo con honestidad: no todo tiene que transformarse en productividad. También hay fecundidad en acompañar a los padres, en disfrutar a los hijos, en crear y aprender. Ofrecer nuestros dones no es producir más, sino ponerlos donde vale la pena.

Para eso debatimos sobre cómo los dones del Espíritu Santo nos ayudan a poner al servicio lo recibido: Sabiduría para ordenar, consejo para discernir, entendimiento para mirar más allá de lo que propone el mundo, fortaleza para sostener el bien, ciencia para reconocer el verdadero valor de las cosas, piedad para convertir los vínculos en fraternidad y temor de Dios para recordar que somos administradores y no propietarios de los bienes recibidos.

 

Ser árbol que da fruto: EnriqueSERnos

Un árbol no se queda con lo que recibió. Da sombra sin importar a quién. En esta etapa aparece la pregunta por la huella que queremos dejar. “Quizás el verdadero proyecto soy yo”, compartió Carla. Cómo vivo esta etapa, cómo acompaño, cómo quiero, cómo cuido. No se trata de empezar otra vida, sino de seguir con todo lo vivido, con menos necesidad de demostrar y más libertad.

Enrique Shaw nos invita a interpretar la realidad desde la esperanza cristiana: reconocer plenamente las dificultades, rechazar el fatalismo que paraliza y confiar en que siempre hay caminos de progreso humano y bien común. Por eso la invitación no fue solo a emprendernos, sino a EnriqueSERnos: llenarnos más de Enrique.

 

Tercer bloque: ser huella que renueva el mundo

Como los discípulos de Emaús que volvieron a Jerusalén, llegó nuestro momento en la convivencia de salir a ser ACDE Luz. Con la mirada puesta en los destinatarios que la vida nos confía, como ordenadores de la misión, nos planteamos cinco ámbitos para ser Luz: “preparando mi próximo partido”, “liderar en la incertidumbre”, “emprendedores, organizaciones y ecosistemas”, “empleabilidad futura” y “misión cristiana”.

Así descubrimos el valor de las conversaciones como herramienta clave para poner luz a nuevos caminos de renovación posible. Una renovación que pone a la persona como protagonista de su nueva etapa vital y al empresario como líder con valores que transforma su entorno empresario.

 

El próximo paso

Llegamos como discípulos desconcertados. Nos fuimos sabiéndonos elegidos, con una metanoia en marcha y una misión por delante. Más que nuestras obras, Dios quiere nuestro corazón, y de ese corazón entregado nace el fruto en nuestro quehacer empresario.

Es una metanoia que no hacemos solos: Cristo ya nos allanó el camino. Ya somos reyes sobre nuestros apegos, sacerdotes que ofrecen sus dones y profetas que anuncian la renovación posible.

La convivencia terminó con la imagen del sembrador y una pregunta para llevarnos a casa. Todo camino comienza con un primer paso. ¿Cuál es el tuyo?

Sobre el autor

Ignacio Bernad

Socio de ACDE, Líder del Grupo Senior G+. Director de Signos Project Consulting, consultoría en cultura y liderazgo. Fundador del Programa Transition, para la renovación vocacional en la mitad de la vida. Ingeniero (UBA), MBA (IMD, Suiza), Coach Ontológico y Constelador Sistémico. Esposo y Padre de Familia.

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