Testimonio & Valores

CoC: Clash of Compliance

Epistemología. Con tristeza, el camaleón se dio cuenta de que,
para conocer su verdadero color, tendría que posarse en el vacío.
Alejandro Jodorowsky

Buscando oro y valiosos elixires los video jugadores de Clash of Clans construyen aldeas, forman clanes con otras aldeas y en el afán de conquista asocian los clanes en ligas de clanes. Virtualmente, no solo luchan con tropas, sino también con hechizos y objetos mágicos. No al modo de argucias, como el caballo de Troya, sino según lo que les ofrece el caldero de los hechizos. Hechizos de furia, hechizos de clonación, hechizos de hielo, hechizos de terremoto.

Clash of Cultures iba a ser el título de este escrito, pero estoy buscando que me lea la liga de clanes de compliance. Lo que les ofrezco a cambio es una pista para pensar de modo crítico el choque que resulta de importar la idea de una gestión de compliance.

I

Hechizo de clonación

Compliance se gestó a fines de los 80 en el seno de otro tipo de derecho, regido por otro tipo de ética. Las Federal Sentencies Guidelines for Organizations nacieron en el seno del derecho corporativo angloamericano, regido por la ética protestante. Estas Guidelines surgieron en la misma época en que el sociólogo Robert Jackall en su reconocido libro “Moral Mazes” (1988) explicaba cómo la ética managerial ya se había desligado de sus orígenes calvinistas.

Compliance no es nuevo en la Argentina, pero ha ido evolucionando. En tanto sistema de prevención de ilícitos dentro de las empresas, no solo dejó de ser una parte del entorno de control de una multinacional -como era en los 90 en la Argentina-, sino que hoy se ha convertido en una aldea más o menos poblada y con vida propia.

Pero no todos han sido hechizados o conquistados por este objeto mágico.

Si los escuchamos, es posible observar cómo la gente local reacciona a los entrenamientos y criterios importados de compliance.

Ud. seguramente coincidirá. El quid de la cuestión, no es entender la letra de la norma, sino qué motivación tengo para cumplirla. Y con motivación no me refiero a su versión degradada -el incentivo- sino a algo más profundo. ¿Qué priorizo al cumplir –o no cumplir- esta norma? ¿Qué protejo al cumplirla?

Pero el espíritu que alimenta las normas en su lugar de origen no es el mismo que en su lugar de destino. Por eso la clave de análisis que ofrezco para este breve ensayo es la expandida idea de “construcción cultural”.

Para ello, primero permítame subrayar dos valores o presupuestos culturales que observo subyacen a Compliance en el lugar de origen: colectivismo y reputación.

Colectivismo

A la gente le sorprende que el entrenamiento en compliance los haga partícipes del destino legal de la empresa.

-: ¿No debería ser este un tema del dueño? El cumplimiento de la ley es un problema de los privilegiados, no mío. El resto, hacemos lo que podemos; estamos amnistiados.

Si bien siempre supusimos que el individualismo es la base fundante del capitalismo, sorprende saber que desde fines del siglo XIX la empresa ha sido considerada un sujeto colectivo. Desde el comienzo de la existencia de las corporaciones que cotizan en bolsa, el derecho anglosajón considera que la empresa es un agente o sujeto colectivo que toma decisiones morales.

Compliance está más ligado a una cultura colectivista que a una individualista. Compliance está relacionado a un tipo de gestión donde se privilegian los resultados institucionales por sobre las libertades individuales. En este marco se espera, tanto que el individuo actúe confiando en algo que está más allá de sí mismo, como que el que gobierna se considere al servicio del sujeto colectivo y no un privilegiado. Stewardship es el sustantivo inglés más arcaico usado como sinónimo de management.

Reputación

Lo de la reputación lo hemos adoptado sin más, como el veganismo, pero debería habernos sorprendido.

La reputación en el marco de una ética protestante – aunque sean sus resabios- hace tambalear a un presidente que miente por algo referido a lo que nosotros llamaríamos “su vida privada”. La moneda de la reputación tiene también otra cara, la del heroísmo del denunciante (whistleblower). Se denuncia porque se exige buena reputación e integridad, coherencia entre vida pública y privada. Denuncia y reputación se retroalimentan. Reputación no es imagen, es conciencia de que tus actos impactan en tu sociedad.

En la práctica, a nosotros, aunque estamos llenos de indicadores que la miden, no nos importa nada la reputación y mucho menos nos gustan los denunciantes.

Del “que se vayan todos” pasamos al “todos vuelven”.

II

Hechizo de iluminación y de furia

Con cierta asiduidad cierta intelectualidad habla y clausura discusiones éticas apelando a la idea de que todo es una construcción cultural. Para algunos, decir que algo es una construcción cultural es como haber encontrado la sabiduría.

-: Me he dado cuenta de cuánto me engañaron; reconozco que crecí embriagado por esta cultura y ahora puedo ver un mundo más amplio. He logrado hacer un ejercicio tal de la sospecha, que me han convencido de que todo es una construcción cultural y nada puedo juzgar. Y, por favor, que a nadie se le ocurra hacerlo; me encargaré de hacer que se calle la boca.

Constatar los límites de una determinada construcción cultural tiene un claro y necesario sentido científico. Es una realidad fáctica que cada cultura, a lo largo de su historia, consolida -de modo dinámico- un sistema de valores que permite juzgar si un determinado comportamiento puede ser descripto como normal en esa sociedad. En aras de la objetividad científica, se describe el sistema de valores de la tribu observada lo más claramente posible, sin contaminarlo con las ideas y valores del que observa.

El problema surge cuando este requisito de objetividad científica antropológica se extrapola y se lo convierte en un criterio de relativismo ético filosófico. Para algunos, constatar que una práctica o un valor es una construcción cultural implica que ya no es posible juzgarlo, porque no hay desde dónde hacerlo sin – a la vez- presumir de una cultura superior, o peor, sin colocarse como un yo superior.

Para esos algunos, todo es subjetivo, todo depende del “para quién”. Esos algunos, cuasi-talibanes de un credo vacío, no te dejan decir nada distinto y se dejan sumergir en –valga la redundancia- la construcción cultural vigente de que todo es una construcción cultural, como si fuese una verdad revelada.

Hechizo de aldea

Supongamos que Ud. vive en un país donde las prácticas corruptas están hace muchos años extendidas y sostenidas culturalmente. Antropológicamente, sería una construcción cultural propia de esa sociedad que no debemos juzgar si está bien o está mal. Políticamente, alguien diría, que afirmar que hay corrupción es un diagnóstico propio de la construcción cultural de un cierto partido. Pero, le pregunto, el hecho de vivir inmerso en esa sociedad ¿le anula a Ud. su capacidad de juzgar esa práctica?

La cultura te envuelve, pero no te sumerge, si vos no querés; salvo que te convenga.

Cuando no vamos más allá, todo es igual, nada es mejor. Cuando no vamos más allá y nos anclamos en una “intelectualosidad (sic)” sin objetivos ni resultados, individualista, aislada, estéril, cómoda, privilegiada (“de panza llena”), inmóvil, todo es igual, nada es mejor.

III

Compliance es una construcción que surgen en una cultura distinta a la nuestra. Dejando de lado que -a veces- lo que importamos lo hacemos de modo obligado, ¿es una construcción cultural superior?

Compliance no es un objeto mágico para la atacar la aldea corrupta. Podemos importar el proceso, las formas y las letras de los mecanismos, pero, sabemos, se trata de calar en las motivaciones. Para eso me gusta convocar los espíritus subyacentes y no solo que alguien me explique la letra.

Yo veo buenos espíritus que nos animan: saber lidiar con la incertidumbre y lo complejo, la cercanía, la conciencia de derechos humanos, la flexibilidad, la comprensión, la sofisticación, la aspiración, la inteligencia, la creatividad, el aprendizaje permanente, el speak-up, la solidaridad.

Clash on!

Sobre el autor

María Marta Preziosa

María Marta Preziosa

Dra. en Filosofía por la Universidad de Navarra. MBA por IDEA. Programa de Investigación y Docencia en Ética y Empresa. Facultad de Ciencias Económicas, Pontificia Universidad Católica Argentina

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