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A un mes de Magnifica humanitas

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Lo que la inteligencia artificial nos revela sobre nosotros mismos pero l a verdadera cuestión, entonces, no es tanto qué pasará con la inteligencia artificial, sino cuánto sabremos crecer nosotros a partir de ella, sin olvidar aquello que ninguna tecnología puede reemplazar

El 25 de mayo salió publicada la Encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV, en donde llamó a reflexionar sobre la custodia de la dignidad humana en los tiempos de la inteligencia artificial. A un mes de su divulgación, me he propuesto compartir algunas reflexiones sobre este fenómeno, iluminadas por las palabras del Santo Padre, convencida de que su uso revela una paradoja difícil de ignorar.

La temática a abordar puede suscitar en nosotros diálogos fructíferos sobre nuestra humanidad y los tiempos que corren, sin caer en “miedos estériles” o “entusiasmos ingenuos”, como bien advierte León (n. 14)[1]. El miedo estéril paraliza y el entusiasmo ingenuo enceguece, pero la discusión razonable abre caminos, como los que aquí pretendo explorar.

En definitiva, se busca colocar a la inteligencia artificial como lo que es: un medio y no un fin. Por eso, en vez de preguntarnos por sus propiedades o debatir sobre sus avances y desarrollos, me interesa preguntarnos qué revela su uso sobre nosotros mismos.

En lo concreto, cuanto más utilizamos la inteligencia artificial, más se evidencia que necesitamos de otros. Cuanto más interactuamos con las plataformas actualmente disponibles, más se expone que buscamos entrar en relación. ¿Cómo puede una máquina ser reflejo de algo tan intrínsecamente humano? He aquí la paradoja.

Tomemos el ejemplo del chat con una plataforma de inteligencia artificial. Escribimos el famoso prompt[2] y nos encontramos con una simulación de intercambio comunicacional. A nuestra instrucción o pregunta, le sigue una descripción o devolución del medio digital que luego culmina con un disparador que pretende continuar el “ida y vuelta”. Digámoslo sin vueltas: la inteligencia artificial simula ser otro.

Incluso cuando buscamos información, tendemos espontáneamente al diálogo. Usamos la plataforma porque “responde”, da la sensación de devolver algo, de ser un interlocutor válido con quien compartir nuestro ingenio o nuestras tareas.

En este sentido, Magnifica humanitas lo describe como una “imitación artificial de una comunicación humana”, pero es contundente: “cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia” (n. 100, el resaltado es propio).

Precisamente allí es donde se torna visible lo invisible: la IA es un verdadero espejo antropológico. Nos refleja que estamos hechos para la comunión. Estamos creados para acoger a otros, salir de nosotros mismos y confrontarnos con la presencia de los demás, fuente de posibilidades, de repreguntas y luces.

La inteligencia artificial revela que la experiencia compartida con otros es más fecunda.

Cuando creíamos que “podíamos solos”, que bastaba con volcar nuestras inquietudes y desarrollos en un procesador, nos encontramos con que lo que verdaderamente se halla detrás es la búsqueda de ser interpelados, de ver más allá de nosotros mismos, porque nuestra mirada es estrecha. La expectativa de autosuficiencia se echa por tierra, pues es claro que la experiencia subjetiva se enriquece en el vínculo. Pero el foco está perdido, pues hemos dejado de lado la verdadera fuente de intercambio: la presencia de la persona.

La inteligencia artificial da señales que no deben pasar inadvertidas: el encuentro con nuestros compañeros de trabajo, en las comunidades educativas, en la escuela, en la familia, no sólo es necesario: es impostergable, porque allí se encuentra verdaderamente lo que buscamos.

¿De qué nos sirve la interacción con la inteligencia artificial? Es innegable que, aunque simulada, pretende ofrecer una sinergia que puede “servir” y nutrir, aunque no reemplace a lo verdaderamente interpersonal. Podemos enviar una idea, que luego vuelve con un agregado o modificación. Podemos acercar un problema, que aparece con distintas propuestas de solución. Es decir, puede potenciar a la persona dando nuevas perspectivas.

Esta dimensión es profundamente humana. Pero puede ocurrir que pasemos por alto este sentido subyacente que nos motiva a utilizar la inteligencia artificial y que depositemos en ella la expectativa de absoluto, de cosa que “lo sabe todo”, como si nos “trascendiera”.

La posibilidad de acercarnos al Misterio, las ansias de entenderlo todo y de alcanzar una profunda sabiduría, no pueden ser depositadas en un ente incapaz de dar respuestas. Esta falsa expectativa responde a la tentación de olvidarnos de nuestros límites, que bordean toda nuestra experiencia en este plano, aún con los grandes desarrollos tecnológicos, pues la ciencia y los paradigmas venideros jamás podrán alcanzar ese horizonte de infinito.

León XIV denomina la pretensión de un lenguaje capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, como un “síndrome de Babel” (n. 10). ¿Qué tan alto pretendemos construir?

En el abismo de Babel y en los confines de la paradoja queda algo inconcluso: la máquina no puede darnos aquello que esperamos recibir, por más “inteligente” que sea. Ni en el plano relacional, ni en el plano objetivo.

En el plano relacional, las IA “pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio” (n. 99).

Si durante siglos pensamos que lo que nos distinguía era nuestra capacidad de formular lenguaje, razonar, calcular o resolver problemas, ahora que la inteligencia artificial puede realizar muchas de estas tareas, comenzamos a advertir con más claridad que la persona humana no se define principalmente por la posibilidad de procesar información, sino por su capacidad de comunión.

La sabiduría supone la experiencia, el paso por la vida, el dolor, la experiencia del límite y de las complejidades. Las respuestas no pueden ser abstractas, porque las situaciones no lo son. Hay personas que viven, sufren, se debaten y toman iniciativas. Hay decisión y acción. Pensamiento y valentía. Hay rostros.

Cada persona es única y únicas son las asociaciones, vivencias y perspectivas que puede dar. Lo que vivió, lo que está llamada a ser y lo que tiene para dar es incapaz de ser simplificado o captado por una técnica o por un elemento.

En el plano objetivo, hay un engaño menos evidente cuando los sistemas de IA se presentan como neutrales y objetivos (n. 102) pues, como bien señala el Sumo Pontífice, “todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones” (n. 104).

La aparente objetividad de la inteligencia artificial constituye una de sus mayores seducciones. Pero los sistemas han sido diseñados por personas, entrenados con determinados datos y orientados hacia ciertos fines. Detrás de cada predicción o recomendación permanecen ocultas decisiones humanas.

¿Por qué buscar allí absolutos? ¿Por qué tener miedo a reconocer la limitación de todo lo creado? Si, en palabras de León, es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, que deja brotar una nueva sabiduría, capaz de palpar el afecto y experimentar la presencia del Creador (n. 119).

Precisamente porque la persona humana es más que información, también es más que aquello que puede ser calculado. Quien busca en la inteligencia artificial respuestas últimas sobre el sentido, el sufrimiento, el amor o la esperanza termina exigiéndole algo que excede por completo su naturaleza.

Será por esta revelación que el Vicario de Cristo nos llama, con creatividad, a no tener miedo de dejarnos interpelar por la realidad (n. 91), pues no hay avance o innovación que no deje al descubierto alguna huella del sello originario de Dios.

Termino, entonces, con las palabras del Santo Padre: “A este punto se impone una pregunta decisiva: si existe un auténtico “más que humano”, ¿dónde se encuentra? La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo” (n. 126, el resaltado me pertenece).

La verdadera cuestión, entonces, no es tanto qué pasará con la inteligencia artificial, sino cuánto sabremos crecer nosotros a partir de ella, sin olvidar aquello que ninguna tecnología puede reemplazar: que la presencia del otro, único e irrepetible, nos interpela, que estamos llamados a la relación y que hay un Misterio que no puede ser abarcado por completo. Misterio que solo se desprende de la experiencia encarnada, transfigurada por la Cruz y la Resurrección de Jesús.

[1] Todas las referencias numéricas corresponden a Magnifica Humanitas.

[2] Comando, instrucción o pregunta.

 

Sobre el autor

Alejandra Moreira Oberst

Abogada y Magíster en Derecho e integrante del Comité de Espiritualidad de ACDE. Magíster en Coaching y Acompañamiento Familiar por la Universidad Católica de Ávila. Se dedica al acompañamiento personal y a la intermediación familiar, integrando psicología y filosofía humanista.

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