Editorial

El misterio de Dios en el centro de nuestra vida

Escrito por Daniel Díaz
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“La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”.

Estas son las palabras con las que nuestro Papa León XIV comienza su mensaje en este tiempo fuerte, llamándonos a prepararnos para celebrar la Pascua. Quisiera detenerme en esta frase para reflexionarla junto a ustedes con el deseo de motivarlos a la tarea de conversión que nos propone.

El Santo Padre nos hace una invitación muy concreta: hay que recentrar la vida en Dios. Este es el modo en que nuestra fe recobrará su fuerza y evitaremos que las muchas inquietudes y distracciones que sufrimos constantemente nos desvíen del camino. Me parece una propuesta muy luminosa que deja traslucir tres tareas del cristiano que necesitan ser asumidas de modo permanente: la de orientarnos cada vez mejor hacia nuestro objetivo primordial, la de sostener el ánimo al trabajar por alcanzarlo y la de estar atentos para deshacernos de todo impedimento que no nos permita ir hacia nuestra meta.

Nos llama a centrarnos y aunque es habitual sentir que estamos un poco descentrados, no siempre asumimos la tarea. Experimentamos que nos tironean por todas partes y hagamos lo que hagamos no logramos estar en armonía. Se multiplican nuestros centros de atención y hacemos lo que podemos, siempre con algo de frustración. Es que son muchas las expectativas que queremos cumplir. Nos reclaman nuestra pareja, hijos y padres; nos exige nuestro trabajo; sentimos que no estamos respondiendo a nuestros amigos; creemos postergada nuestra necesidad de espacios personales de descanso o de equilibrio. Es un pasivo constante, que nos resulta desmesurado para nuestras pobres tenencias. Nos sentimos existencialmente en quiebra y subsistimos.

La propuesta que se nos hace es la de centrarnos más en el Señor. Él es el único capaz de equilibrar y armonizar la multiplicidad de espacios que habitamos. ¿Qué significa hacer que Dios esté en el centro de nuestra vida? Implica que ajustemos todo lo que pensamos y decimos, hacemos o evitamos para llevarlo lo más cerca que podamos de su voluntad. Tenemos que hacer confluir todo nuestro ser y obrar hacia allí. Es un verdadero acto de fe, donde damos un salto en la certeza de saber que, si ponemos en primer lugar al Reino de Dios, todo lo demás se nos dará por añadidura.

Centrarse en Dios, en su voluntad, en lo que a Él le agrada, es lo único que nos permite responder del mejor modo que podemos a las necesidades más genuinas de quienes nos rodean y a las nuestras propias. Nos hace asumir los límites y posibilidades reales. Ante Dios, el corazón se deshace de las falsas demandas que lo someten y esclavizan, para jerarquizar ordenadamente según la mirada del Señor y elegir lo que Él hace relucir como lo más valioso, lo más oportuno, lo más indispensable. Quien se ajusta a esa voluntad pone su atención allí donde Dios mira, sin vivir corriendo detrás de aquello que pese a sus esfuerzos difícilmente alcanzará y que, aún si lo hace, no lo hará pleno.

Jesús supo corregir con afecto a su amiga descentrada: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas y, sin embargo, una sola es necesaria”. Dios da a todos el tiempo suficiente para hacer lo que Él nos propone. Pensar de otro modo sería creer que exige lo imposible. Cuando nos falta tiempo seguramente será porque hacemos muchas cosas que Dios no quiere, no precisa. Y si es así, tampoco nosotros las necesitamos.

Creo que lo dicho en el nivel de lo personal, tiene la misma validez en lo social y, por tanto, en el mundo de las empresas. Por esto es necesario plantearnos: ¿Qué pensaría Dios de nuestros principales objetivos? ¿Están incluidas y asumidas de modo preponderante en nuestras organizaciones las metas que el Señor quisiera sean la motivación y fuerza de lo que nos ocupa cada día? ¿Existen objetivos que se anteponen a ellas y terminan siendo desvío y obstáculo para lo que Jesús nos propone?

En cuanto nos toca a cada uno de nosotros, es necesario que las empresas continuamente busquen centrarse en Dios y en su voluntad. Sólo cuando lo hacen, cada persona que allí participa, la propia organización y la sociedad en su conjunto pueden vivir en armonía y acercarse a una mayor plenitud.  Sólo así el ser humano recupera su irrenunciable centralidad y toda su dignidad y ya no se desvían las acciones hacia lugares donde nos permitimos marginados y descartados.

Las tensiones que vivimos en lo personal y se resuelven cuando Dios y su Reino recuperan su centralidad, son el ejemplo de los caminos que necesita recorrer cada empresa y nuestra sociedad toda. Los reclamos parciales que no consideran el bien común como su objetivo más alto, nos dejan entre tironeos que solo generan conflictos y no permiten soluciones estables. Seguimos necesitando adquirir la grandeza de pensar en el bien de todos. Precisamos asumir que no se puede dejar caídos por el camino como si fueran daño colateral justificable. Nos hace falta vivir en la certeza de que, si nos dejamos guiar por Dios, bastaran nuestros cinco panes y dos pescados para encontrar las opciones donde Él mismo multiplique nuestra obra y todos queden satisfechos.

Que Dios nos conceda a todos en esta cuaresma volver a centrar nuestras vidas, la de nuestras organizaciones y la de nuestra sociedad en Él. Dios los bendiga a todos.

Sobre el autor

Daniel Díaz

Sacerdote de la diócesis de San Isidro. Asesor doctrinal de ACDE.

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