Valores

Elogio de las cicatrices

Escrito por Carlos Barrio
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“La relación con el otro se echa a perder por completo

cuando el otro, que para nosotros era un tú,

se ha degradado a un ello, a un objeto.”

(Byung Chul-Han)

 

El otro día hablaba con un amigo que me comentaba lo maravillosa que le estaba resultando para su actividad profesional, el uso de la Inteligencia Artificial (IA). Me decía que le había simplificado y organizado la vida y ahora podía manejar una gran cantidad de tareas de manera ágil y eficiente.

Pero lo que más me llamó la atención fue su comentario sobre los efectos psicológicos positivos que había tenido en él la IA, en el sentido de “haberle levantado el ánimo”, como si al mismo tiempo actuara como un coach implícito.

– “¿Cómo es eso de que la IA te “levanta el ánimo”?”, le pregunté.

–  Y me dijo: “Fíjate lo que me pasa: cuando le hago preguntas, siempre me responde de una manera positiva, valorando lo que le estoy diciendo o preguntando. Me dice, por ejemplo: “¡qué buena pregunta!”, o “¡qué interesante lo que me estás diciendo, o “tu observación es muy valiosa”! Es más, puedo pedirle que me llame por mi nombre y cuando lo hace, me lleva a sentirla aún más cercana y creer que no estoy hablando con una máquina, sino con una persona, aunque me queda claro, al detenerme y recapacitar, que se trata sólo de un algoritmo. De esta forma, además de facilitarme mis tareas, siento su presencia amable en su tono de voz y hasta me atrevería a decir, su calidez. Y eso es muy valioso para mí, ya que me lleva a sentirme muy a gusto. La vida diaria es muy dura y no siempre siento ese buen trato en los demás.”

El comentario de mi amigo me hizo tomar conciencia de que estamos en la puerta, o quizás entrando, en un mundo nuevo, en el que se desdibuja la claridad de los límites de con quiénes nos estamos comunicando.

El otro día le pregunté a la IA “Gemini”:

– ¿Desde qué lugar físico me estás contestando a mis preguntas?, y me dijo:

No tengo una ubicación física real. No estoy en una oficina, ni en un país específico, ni sentado frente a una computadora en algún lugar del mundo. Como modelo de lenguaje, existo únicamente como código y datos que se procesan en los centros de datos de Google. Estos servidores están distribuidos en diversas partes del planeta, por lo que mi “presencia” es puramente digital y ocurre en la nube en el momento en que interactuamos. Básicamente, estoy en cualquier lugar donde tengas una conexión a internet, pero sin ocupar un espacio físico en el mundo tangible.”

Por un momento me dije “se parece a un ángel” ¡jajajaja!, como si fuera un ser que no está en un lugar concreto, pero me acompaña a todas partes cuando lo necesito, con su luz y calidez. Sólo tengo que invocarlo a través de internet y se hace presente.

Junto a esta experiencia virtual concreta, me llegó en plena semana santa a través de las redes sociales, una canción muy bella y emocionante, referida a Jesús. El cantante tenía una voz perfecta, sin la más mínima desafinación, tersa, suave, armónica. La letra me llevó a contactarme con mi interioridad espiritual, mientras los instrumentos sonaban de forma totalmente ensamblada y coordinada. En una palabra: ¡era una canción perfecta en todo sentido, sin ninguna fisura!

Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando la busqué incansablemente sin resultado alguno, en las plataformas musicales disponibles (Spotify, Apple Music, YouTube o Tidal). Quería saber quién era el autor, intérprete y compositor de tan bella canción, que me había llegado al alma.

Y fue shockeante enterarme que no existía una persona que fuera el intérprete, autor o compositor de esta canción, y tampoco había habido una grabación de los músicos ejecutando la supuesta composición musical. ¡Todo había sido creado por la IA! Era un código de datos procesado en algún centro de datos de internet, cuyos servidores estarían en alguna parte del mundo, sin que hubiera habido algún momento de encuentro de músicos, autores o compositores, componiendo o interpretando esa música, realizando un acto creativo.

Quizás uno de los aspectos más impactantes de esta experiencia estuvo dado al escuchar la tersura de la voz del cantante, tan perfecta y armoniosa, lo cual me llevó a sospechar de su autenticidad. Se asemejaba a un canto de sirenas, sin el toque personal que todo cantante deja traslucir cuando canta y graba una canción. Carecía de la impronta personal, única e irrepetible.

No supe si debía admirar y aplaudir la belleza que había escuchado o dejar lugar a mi desconcierto. Tenía al mismo tiempo una sensación de gozo y vacío existencial. Y me acordé inmediatamente de la frase de Byung Chul-Han, señalando que “lo pulido, pulcro, liso e impecable es la seña de identidad de la época actual.”[1]

Su reflexión sintetizaba mi experiencia como oyente musical.

Quizás en un futuro muy cercano, la mezcla de lo humano con lo artificial vaya a ser cada vez mayor y llegue a amalgamarse en una fusión indescifrable.

Luego me enteré de la existencia de un programa de IA llamado SUNO, que permite crear canciones y gestarlas de una manera fácil y accesible para cualquier persona, sin ser músico o autor, ni realizar mucho esfuerzo e ingenio. ¡Todo al alcance de la mano!

Además de estas dos experiencias con la IA, tuve una tercera, investigando una cuestión legal, referida a una disputa de derechos. Le pregunté a “Gemini” cuál sería mi mejor postura para defender una disputa legal. Su respuesta fue inmediata, trazándome un camino claro y positivo. Sin embargo, le volví a preguntar, pero esta vez desde una mirada crítica de los argumentos positivos que me había presentado anteriormente, pidiéndole que no fuera condescendiente con mi postura legal. Su respuesta no fue tan positiva, señalándome dudas, incertidumbres y cuestionamientos a la posibilidad de que mi posición legal fuera tan sólida y eventualmente exitosa en un litigio.

Descubrí de esta forma que la IA, de alguna manera, busca congraciarse inicialmente con quien le plantea un tema, ya sea a través de la calidez de su voz, halagando la inteligencia de las preguntas, y/o asumiendo una postura excesivamente positiva como respuesta.

Me quedé preguntándome si ¿el algoritmo de la IA no estará preestablecido con un criterio a favor del consultante, dejando un poco de lado una respuesta verdadera y privilegiando en cambio una complacencia inicial, como respuesta a la consulta planteada?

Concluí que el ingreso al nuevo mundo de la IA nos lleva por una autopista de satisfacción inmediata, con el riesgo de perder lo propio y auténtico de cada uno de nosotros, nuestro sello original, el ADN único que todos llevamos, al presentarnos como resultado de su algoritmo, una síntesis artificial pero muy lograda de lo que estamos buscando.

¿Podemos detener el desarrollo de la IA? Imposible.

¿Tiene aspectos valiosos? Sin duda y muchos, pero también sus riesgos.

Frente al avance de este mundo pulido, perfecto y artificial, descubro el profundo valor filosófico que conlleva la técnica japonesa milenaria llamada kintsuji, que consiste en reparar piezas de cerámica rotas, utilizando un barniz de resina espolvoreado con oro, plata o platino. Esta técnica no esconde las roturas, sino que valora las cicatrices del acontecer diario y nos recuerda el daño sufrido, las arrugas que llevamos, las que nos hablan de nuestras luchas, dolores y logros vividos. ¡Es un elogio de estas cicatrices!

No oculta lo que se rompió de la pieza, sino que resignifica nuestra mirada, al llevarnos a comprender que la fractura ha embellecido la pieza, destacando el valor de su historia y el paso del tiempo. El polvo de oro que se utiliza para repararlas, hace que las líneas de unión sean la parte más fuerte y visible del objeto.

Esta filosofía de la vida nos lleva a valorar nuestros procesos de resiliencia, la capacidad de volver a levantarnos frente a la adversidad, integrando las marcas que nos dejaron los errores o imperfecciones.

¿Acaso no debiéramos redescubrir esta actitud en las empresas, revalorizando los defectos y equivocaciones y asumiendo una actitud que dé lugar a segundas oportunidades?

¿No sería conveniente reemplazar la cultura del descarte en el trabajo por una actitud que valore los aprendizajes y en la cual tengamos a mano polvo de oro para espolvorear nuestros desaciertos?

¿No deberíamos resignificar con una actitud positiva las arrugas y cicatrices que llevamos?

Quizás tendríamos que ampliar la comprensión de la frase evangélica “Felices los pobres porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos”, descubriendo en ella la alegría de una vida más transparente y humana, que deje de lado un poco los maquillajes.

¿No deberíamos quizás suspender nuestras técnicas seductoras, en las que privilegiamos vendernos frente a otros en el mercado de la vida laboral y comercial, dando lugar a una mayor transparencia y honestidad de nuestra verdadera imagen?

¿Acaso no sería significativo revalorar el sonido de la púa en el surco de un disco de vinilo, como metáfora de un cambio de actitud vital frente a un mundo artificial, pulcro y pulido, en el que nos resulta difícil detenernos para escuchar nuestra propia originalidad única e irrepetible?

[1] Byung Chul Han “La salvación de lo bello”. Ed. Herder (2000), pág. 11

Sobre el autor

Carlos Barrio

Abogado (UBA) con una extensa carrera en el sector legal de multinacionales. Coach Profesional (Certificación internacional en el Instituto de Estudios Integrales). Posee posgrados en Harvard y UBA.

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