Valores

Entre santa y santo…

Escrito por Roberto Estévez
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En febrero de 1982, mi hermana y yo fuimos a misa en Luxor (Valle del Nilo) y no supimos como sentarnos, ya que mujeres y varones se sentaban segregados a ambos lados del pasillo, para más desorientación, los franceses estaban en los primeros bancos y los nativos, también segregados por sexo, en los últimos. Inmediatamente recordé el viejo refrán castellano: “entre santa y santo, pared de cal y de canto”, que fue continuando de algún modo.

La imagen de un naufragio

Aunque la doctrina cristiana predicó la igualdad de la mujer y el varón, y claramente le dio a la mujer un lugar desconocido en la antigüedad, la praxis eclesial no siempre fue consistente. Es muy claro que en los derechos humanos en general y en los sociales en particular, la praxis de los cristianos siempre fue precursora y aún generadora de una doctrina liberadora de lo humano.

Registros claros sobre la existencia de mujeres con poder social evidente, como Lidia de Tiatira, que ofrece su casa a san Pablo y sus compañeros, demostrando el control y la propiedad de una casa, sin necesitar ningún consentimiento “patriarcal”, no pueden ser obviados. En su condición de negociante viajaba para atender sus negocios, por lo que contaba con una vasta trama de relaciones que puso al servicio de Pablo. Era económicamente independiente y cabeza de familia, por lo que, cuando se convirtió al cristianismo, toda su familia se bautizó con ella, lo que constituye otro indicio de autoridad.

La Casa de Lidia incluiría no sólo los miembros de su familia de sangre, sino también esclavos domésticos y los empleados en su “fábrica” de textiles púrpura. La influencia de Lidia se extendía, además, a toda la red de clientes y amigos por lo que se sabe que ocupó un lugar prominente en la organización de esa primera comunidad en Europa.

Contrariamente al camino de las otras dos civilizaciones imperantes (India y China), en Europa los progresos de la libre elección del cónyuge acompañan la difusión del cristianismo[1] . Entre el siglo V y X, la Iglesia desarrolla los límites a la anulación del matrimonio y prohíbe el repudio, costumbre antigua legislada por el derecho romana y de práctica germánica (Del mito del matriarcado al mito del andrógino: De mitos somos, Criterio 2462, Sept 2019). La división de la civilización mesopotámica mediterránea entre cristianismo e islam generó una nueva frontera en la visión de la sexualidad, que vinculó a la mitad de ese mundo con la misoginia que ya imperaba entre algunos de los sabios de Israel, con el respaldo de una segregación que venía dando frutos en monasterio, convento y escuela,

Régine Pernoud (1909-1998), demostró el lugar privilegiado de la mujer en el medioevo cristiano, asunto al que dedicó varios libros, entre ellos Para Acabar con la Edad Media, Mujer en el tiempo de las catedrales y Leonor de Aquitania. La autora explica el inicio del descenso de importancia social de la mujer desde el siglo XIII con relación directa al ascenso del pensamiento de los legistas, juristas que promovía el retorno del derecho romano (centralista, más uniformado y mucho más restrictivo con las mujeres) en contra del derecho feudal.

Antes del triunfo de las ideas sociales de los legistas, Catalina Benincasa, conocida como Catalina de Siena op (1347 – 1380) cumple múltiples embajadas de Florencia y en una de ellas, en 1377, saca al papa, que se había vuelto casi un vasallo del rey de Francia, de Avignon para que vuelva a vivir en Roma.

Isabel de Castilla (1451-1504) se autoproclamó reina de Castilla a los 23 años (en ausencia de su esposo) y ninguno de los poderosos guerreros defensores de sus fueros particulares, la cuestionó por ser mujer. Basta recorrer el palacio de La Alhambra, para encontrar por todas partes el lema “tanto monta, monta tanto” (Isabel como Fernando) que se refiere a la paridad entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

La obra de los legistas, fue poniendo su conocimiento del derecho romano al servicio de la monarquía en su lucha contra el feudalismo; y al finalizar la Edad Media, la  Modernidad había vuelto al derecho patriarcal romano por el cual una mujer llega a la sucesión al trono solo en casos muy excepcionales; el diálogo sobre la sexualidad se terminó acallando por la presión social y expresándose a duras penas en el lenguaje de las flores, para dar lugar a una época de mojigatería puritana, donde la mujer fue reservada al interior del hogar, realizando labores de señoritas, y reducida a la función de tener hijos, y en el mejor de los casos asistencia social. Forma en que nos presenta la cinematografía a reinas que en su tiempo fueron soldados ¿Cómo fue esto posible?

En el interior de la Iglesia parece como si la praxis hubiera ido atenuando la claridad de las voces de la doctrina. Que sucede “entre santa y santo” que es un peligro que amerita “pared de cal y de canto”, porque los ejemplos de esposos santos, han pasado antes por la aceptación de cada uno en un monasterio distinto.

Así como en el siglo XIII la cuestión de la Ciudad y de la pobreza interpelaban la credibilidad de la Iglesia para trasmitir el mensaje cristiano, en esta concepción del mundo y de la vida, de una actualidad postnitzscheana, postfreudiana y postmarxista, las cuestiones del sentido de la vida, de la corporalidad y de la comunidad, interpelan a la Iglesia.

Nietzsche, Freud y Marx son testigos de la disolución de la Modernidad, ellos fueron los que dieron la voz de alerta sobre el hecho de que la forma en que se actuaban los valores que comenzaron a ser queridos desde el Renacimiento, se polarizaron en la ilustración, y mundializaron en la industrialización puritana, se había agotado y esa concepción del mundo y de la vida entraba en disolución.

No estamos en la modernidad líquida, ni en la postmodernidad, ya estamos en el interegno a la actualidad[2], la Era de relevo. En ella, la respuesta que viva la Iglesia a las interpelaciones por el sentido de la vida como pasión dominante (no el “consumo, luego existo”), por la corporalidad constitutiva (no “la cárcel del alma”), por la comunidad como experiencia humanizante (no “red social”), constituye la clave que decidirá si este mundo, ya postcristiano, conservará y desarrollará en su nueva cultura planetaria las “semillas del Verbo”, o solo tendrá rastro de un cristianismo en disolución.

Aquella misa en Luxor lo era: celebrada en lengua francesa, sentados al frente las mujeres y los varones europeos, de un lado y otro del pasillo, y atrás los nativos en el mismo orden. Sin negar el valor eterno del sacrificio de Cristo, se trataba de la imagen de un naufragio.

 

El rostro divino del amor humano

Entre santa y santo” el lugar que el amor humano hoy desempeña en la Iglesia es también la imagen de un naufragio. Nuestra teología de la Redención no presupone práxicamente nuestra teología de la Creación; del mismo modo, siempre hablando de la praxis y no de la doctrina, que nuestra teología de la virginidad olvida la maternidad que le fue previa, a la filiación de quien es virgen; y la esponsalidad olvida práxicamente la teología de la imagen y semejanza divina en amor humano, previa durante siglos a la esponsalidad… o alguien puede decir en que parroquia se encuentra el acta de matrimonio de los protagonistas del Cantar de los Cantares.

Durante la segunda guerra mundial, cúspide y fracaso de la Modernidad, en 1943, Jean Guitton escribía en un Campo de Concentración[3]: “No está vedado pensar que una simplificación y una interiorización del cristianismo lo llevará hacia formas más ágiles.

Son aquellas que la humanidad necesita en la fase actual de la historia, donde no se trata ya de reprimir y conservar, sino de fundar.

Un mundo en gestación que busca un nuevo equilibrio, más que reglas, reclama incitaciones, ejemplos y fermentos. Se vislumbra por ejemplo el papel que podrían tener en las ciudades y en los campos, los matrimonios y las familias animadas por un espíritu de franqueza y de amor, y que renunciaran a encerrarse en sí mismo, y se entregaran discretamente a grandes tareas comunes: tomarían así, bajo una nueva forma, absolutamente diferente en apariencia, pero idéntica en inspiración, la obra de los monjes de Occidente cuando crearon los monasterios.

La perfección lograda por la separación absoluta de los sexos, según las exigencias conventuales, puede ser procurada también, sin sustituirla, por la reunión de los sexos en hogares de un nuevo tipo.

Cuando se construía la cultura nueva después de la catástrofe romana, se necesitaban miles de monjes para quienes la oración fuese trabajo (como para todos), pero el trabajo fuese oración. Cuando se construyó la nueva cultura de un mundo urbano, se necesitaban mareas de frailes que solo, simple y pobremente predicaran el Evangelio. En un mundo Actual, único, de civilizaciones diversas, con de “mónadas” (en soledad) interconectadas por cables (tangentes), se necesitan mujeres y varones, que, en la fecundidad de su amor humano, comuniquen la experiencia de un Dios que es el origen de la vida, y en comunidad trinitaria, dador de vida.

Es la experiencia del amor humano la que ayuda a la mayor parte de los hombres a valorar de modo ineludible su corporalidad constitutiva, devuelve al sentido de la vida como pasión dominante, y llama a la comunidad como principal experiencia humanizante, desde los neanderthal, que según se ha demostrado atendían a los miembros de su comunidad “inútiles” por sus enfermedades crónicas.

 

Yo soy y los espiritualismos desencarnados

La actualidad como todas las anteriores eras, y todas las que la seguirán, es la era de Dios. Pero quien observe mínimamente las representaciones del Dios de los cristianos a lo largo de la historia podrá descubrir que siendo el mismo, su representación no es neutra para quien trata de experimentar. Esta es la era para un Dios que es Acto, que se llama a Sí mismo Yo Soy (es por ello la Era que verá testimonios comunes a las confesiones monoteístas).

Nuevamente “Yo Soy” se aloja fuera de los muros de “Assis”, se aloja donde llega el corazón, pero no la autoridad del obispo de “Tolosa” … hay un error de concepto: Francisco no evangelizó fuera de los muros de Assis, Domingo no evangelizó a los “herejes” de Tolosa. Francisco y Domingo fueron evangelizados allí; porque allí encontraron al Dios de la Vida y por eso podían decir como Moisés: “Yo Soy nos envía”

Las prácticas eclesiales oscilan entre separar al varón y la mujer con “pared de cal y de canto”, salvo matrimonio, o fundirlos en una entidad despersonalizada, que no puede sino ser el sacrificio de uno a favor del otro, rastro de un cristianismo en disolución.

Solo se puede estar en condición de responder la respuesta que se vive: Del amor humano no nace una persona nueva, una persona única, la persona matrimonial de un espiritualismo desencarnado. Todo lo contrario, el amor humano revela a los amantes su unicidad, su singularidad, los ayuda a conocer su rostro completo, a aceptarlo. El amor es así feliz reproducción del acto primigenio de Dios que nos ha dicho “es maravilloso que seas”.

A partir de allí con esa identidad profunda hecha conciencias personales, descubrir cual es la dirección a la cual mirar juntos. Proyecto siempre frágil y precario, que requiere que esas unicidades no se confundan. Se aplica aquí aquello del Concilio de Calcedonia (en el siglo V) acerca de la unidad de la naturaleza divina y humana de Jesucristo “sin mezcla y sin separación”. La Alianza matrimonial asiste con la Gracia al camino final de re-unión con el Creador, pero no es su término.

Negar el problema que individualidades de vocación solidaria encarnan, no anula el problema, sino que reprime una de las realidades de la persona y su personalidad, hasta que, el promediar de la vida, los hijos en su adolescencia, o las jubilaciones, abran la falla que se negaba a la erupción contenida. Si los esposos no vuelven a reconocer su individualidad personal, para aceptarse nuevamente en una nueva comunión de personas que son nuevas, al menos uno de ellos entrará al “Boulevard de los sueños rotos”, donde las espiritualizaciones estancadas en el tiempo, no pueden volver al otro una buena noticia renovada, sino solo su recuerdo en la liquidez de todo lo que los rodea.

[1] No puedo detenerme en la revisión de la historia eclesiástica, pero hay registros de mujeres cabeza de comunidades en la edad Antigua y de abadesas con el poder de los Obispos en la edad Media.

[2] En otra parte hemos tratado de perfilar nuestro tiempo como la Era de la Actualidad. Roberto Estévez, Notas sobre la cosmovisión Actual, EUNSA, 2° San Miguel de Tucumán, 2009

[3] Jean Guiton, “Ensayo sobre el amor humano”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968, pp 228-230

Sobre el autor

Roberto Estévez

Profesor titular ordinario de filosofía política FCS – UCA. Presidente de la Asociación Santo Domingo, Tandil.

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