Enrique Shaw

Hay una estrella en el camino

Escrito por Augusto Fantasía
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La canción litúrgica Soy peregrino musicaliza en su estribillo a una estrella que orienta al caminante, como una luz que guía su marcha hacia un destino sagrado.

 

Durante este 2026 tuve la oportunidad de transitar un particular peregrinaje detrás de las huellas de Enrique Shaw. Además de recorrer lugares físicos de su historia, me sumergí en sus escritos, sus testimonios, sus decisiones, sus vínculos y las circunstancias que fueron dando forma a una existencia fecunda.

Y fui dejando constancia de ese recorrido en estas páginas de Portal Empresa.

Primero fue “El nacimiento como epifanía del plan de Dios. Después llegaron Venerable: la brújula, el hogar y el cristal, Enrique Shaw: sucesos del mes de mayo y, finalmente, Cada uno por su camino. Cada artículo intentó detenerse en una estación diferente de su historia: el nacimiento, la vocación, la familia, la Armada, la empresa, ACDE y la santidad; ese llamado que alcanza a cada persona allí donde Dios la ha puesto.

De ese modo, casi sin proponérmelo, fui construyendo una pequeña bitácora luminosa.

 

Cuando el camino se vuelve legado

En 1957 le diagnosticaron cáncer. La enfermedad siguió avanzando, pero Enrique continuó con su actividad familiar, empresarial y apostólica hasta sus últimos momentos. Aquella adversidad física terminó haciendo todavía más visible la luz que lo había guiado: una confianza capaz de atravesar todas las pruebas.

El Padre Manuel Moledo, en su testimonio recogido en las memorias de la vida de Enrique, relató cómo, tras haber entrado en un silencio precursor de la muerte, recuperó de pronto la voz para hablarle una vez más a quienes llevaba grabados en el corazón:

«Señores: En primer lugar, disculpen que hable tan imperfectamente porque la enfermedad me ha paralizado la lengua… pero debo decirles que ustedes, los obreros de Rigolleau, no son meros ejecutantes sino ejecutivos…»

Dichas palabras, pronunciadas en el umbral del tránsito definitivo, sintetizaban una convicción que lo había acompañado siempre: el trabajador es un sujeto con dignidad, llamado a participar de manera activa y creadora en la vida de la empresa.

Enrique falleció en Buenos Aires el 27 de agosto de 1962, a los 41 años. Una fecha que podría haber quedado asociada únicamente a su muerte terminó estableciendo, con el paso de las décadas, un hito de la historia social y económica argentina.

 

Un faro para el desarrollo humano integral

¿Cómo la vida de un hombre de fe y de negocios logró inspirar una ley nacional? La respuesta reside en la vigencia de su integridad. A lo largo de los años, su coherencia —donde la eficiencia productiva caminó junto al desarrollo humano integral— se convirtió en un faro para las organizaciones gremiales empresarias, las instituciones de la sociedad civil y dirigentes de diversos sectores.

La iniciativa legislativa surgió entonces para plasmar en el calendario republicano un recordatorio anual de esa responsabilidad ética y social.

El 5 de julio de 2023, el Congreso de la Nación sancionó la Ley 27.719 —promulgada y publicada el 24 de julio del mismo año—, instituyendo el 27 de agosto como el Día Nacional de la Comunidad Empresarial. La elección de la fecha del fallecimiento de Enrique Shaw tuvo un sentido preciso: visibilizar un modelo de liderazgo fundado en la generación de empleo digno, la equidad, el bien común y el encuentro. Es una paradoja profundamente cristiana: el día de su muerte se transformó en una fecha destinada a celebrar la vida comunitaria del trabajo.

Para quien escribe estas líneas, ese mismo 27 de agosto de 2023 guardaba un acontecimiento de singular valor espiritual. Al cumplirse 61 años de su fallecimiento, los restos de Enrique fueron trasladados desde el Cementerio de la Recoleta hasta la Basílica Nuestra Señora del Pilar. Tras la misa presidida por el arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Jorge García Cuerva, fueron depositados a los pies del altar de la Virgen de Luján, el mismo lugar donde Enrique solía rezar en la intimidad con su familia.

 

El traspaso de la luz y el testimonio

Enrique fue capaz de iluminar el mundo de la empresa con un liderazgo promotor de la eficiencia y la dignidad, la rentabilidad y el bien común, el trabajo y la vocación.

Esa luz estaba llamada a trascenderlo. Como entonamos en otra melodía del cancionero católico: «Toma, hermano, esta luz y hazla tú brillar…». La luz divina de la fe y del ejemplo se fortalece cuando se entrega a otros, convirtiéndose en compromiso y tarea compartida.

El Papa Francisco explica esta dinámica en la encíclica Lumen fidei:

«La luz de Cristo brilla como en un espejo en el rostro de los cristianos, y así se difunde y llega hasta nosotros, de modo que también nosotros podamos participar en esta visión y reflejar a otros su luz, igual que en la liturgia pascual la luz del cirio enciende otras muchas velas. La fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama» (LF, 37).

Enrique Shaw fue, precisamente, uno de esos espejos. Su existencia fue un don para comprender el deseo de santidad que Dios tiene para cada hombre. Su testimonio se convirtió en el traspaso de una llama viva, capaz de encender la de otros en el cotidiano servicio a la sociedad.

Quizás ese sea, al fin de todo, el sentido más profundo de un peregrinaje: descubrir que la estrella que aclara nuestro sendero nos enseña, asimismo, a llevar su brillo a los demás. Porque esa luz no permanece detenida en quien la recibe ni se apaga; si le abrimos una hendija en el alma, se esparce como el fuego. Por eso, al cerrar este recorrido, vuelve a resonar muy dentro el estribillo inicial: Hay una estrella en mi camino.

Sobre el autor

Augusto Fantasía

Ingeniero Industrial y MBA (UNLP). Equipo ACDE La Plata.

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