Misericordia quiero, no sacrificios”
Mt, 9, 13
Leía el otro día un artículo del New York Times, en el que se comentaba que, la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, “… pasó el fin de semana largo releyendo documentos de políticas y lidiando con una acumulación de miles de correos electrónicos …”.
Hasta acá el artículo no decía nada en particular, aunque me dio una pista de que Takaichi es una persona desbordada por su trabajo, que acumuló miles de correos electrónicos para leer el fin de semana. Y que tuvo que ocupar el fin de semana largo con su trabajo, es decir, un tiempo en el que podría haberse dedicado a descansar, esparcirse, o juntarse con amigos o la familia.
Mi sorpresa llegó cuando leí que ella “… logró conseguir ‘cinco horas completas de sueño por primera vez en mucho tiempo’, mucho mejor que las “cero a tres horas” a las que dijo estar acostumbrada.”[1]
¡Qué perplejidad ver que una de las personas más importante de Japón, estaba acostumbrada a vivir con un descanso de “cero a tres horas” diarias, sacrificando su cansancio físico, emocional y espiritual, e inmolándose por el cumplimiento de sus tareas! Algo no está equilibrado en su forma de vivir.
¿Existe dentro de Takaichi una voz interior de auto exigencia desmedida que le pide “dar su vida” sin límites? ¿Podrá ella dar un giro a su vida y vivir equilibradamente? ¿Queda espacio en sus actividades para descubrir la alegría cotidiana?
¿Será su actitud consecuencia de estar inmersa en una sociedad de rendimiento desmedido, que persigue el éxito y el rendimiento por sobre la persona?
Pareciera que Takaichi sacrifica su vida en el altar del trabajo, privilegiando un supuesto resultado material y un hipotético éxito en su gestión, sin que ponga en la balanza su propia salud y bienestar.
El citado artículo señala que “Japón tiene fama de tener largas jornadas laborales, con días que en algunas corporaciones superan las 12 horas. En los negocios y en el gobierno, los trabajadores enfrentan presiones para quedarse en la oficina hasta que los superiores se hayan retirado por el día y para registrar cantidades excesivas de horas extras, lo cual se considera una señal de lealtad y diligencia.
En los últimos años, ha habido casos muy sonados en Japón de karoshi, o “muerte por exceso de trabajo”. El problema acaparó la atención en 2016, cuando Matsuri Takahashi, una empleada de Dentsu, el gigante de la publicidad, se suicidó tras registrar más de 100 horas extras al mes. Su muerte impulsó al gobierno a imponer un límite de 45 horas extras al mes, lo que algunos expertos dicen que ha ayudado a relajar la cultura laboral, en especial para los jóvenes.”[2]
Esta cruda realidad me lleva a preguntar: ¿cuál es el rumbo que va tomando la forma de trabajar? ¿Puede el trabajo llevarnos a sacrificar horarios que antes eran privativos de las personas? ¿Hasta dónde llegan las exigencias de rendimiento? ¿Hasta dónde abandonamos otras actividades que le dan sentido a nuestra existencia?
La sociedad del rendimiento
La sociedad del rendimiento ahoga el aroma y el sabor de la vida, “… el sabor de la magdalena mojada en el té de tilo”, como dice Marcel Proust, en su novela “En busca del tiempo perdido”.
¿Qué cosmovisión se esconde detrás de la forma de vida de la primera ministra de Japón? ¿Es posible tener una familia, tiempo para los amigos, o perder el tiempo contemplando un atardecer? ¿Sentirá ella que debe pagar alguna culpa que le es perdonada con su exceso de trabajo?
Su actitud invierte la frase evangélica de que “el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.”[3]
Takaichi, al asumir el cargo, prometió “trabajar, trabajar, trabajar, trabajar y trabajar”. Pareciera que en su mundo no hay espacio para nada más.
En contraste con esta actitud leía un artículo[4] en el que se señala que “España tiene más bares que camas de hospital. Léalo de nuevo, despacio. Unos 260.000 bares frente a unas 140.000 camas hospitalarias. […] Tiene un bar por cada 175 personas, aproximadamente; Estados Unidos, uno por cada 500 [y Japón un bar o izakaya (taberna tradicional) por cada 705 personas[5]].
Hay aldeas de quince habitantes con tres bares —doscientos bares por cada mil almas, una densidad que haría sonrojar a cualquier planificador urbano—El restaurante en funcionamiento más antiguo del mundo no está en París ni en Kioto: está en Madrid, y sirve cochinillo desde 1725.
Pero al mismo tiempo, dice el citado artículo, que tiene un “… liderazgo mundial ininterrumpido en trasplantes de órganos desde 1992; la segunda red ferroviaria de alta velocidad del planeta —solo China tiene más—; 677 playas con bandera azul en 2026, más que ningún otro país; una esperanza de vida que ya ronda los 84 años y que sigue subiendo mientras la de otras potencias desciende.”
Continúa diciendo el artículo que “La pregunta obvia sería: ¿cómo es posible que un país que dedica tanto tiempo a estar sentado en un bar viva tanto y tan bien? Pero la pregunta obvia es casi siempre la pregunta equivocada. La pregunta verdadera es otra: ¿y si vive tanto precisamente porque dedica tanto tiempo a estar sentado en un bar?
La palabra convivir viene del latín convivere: vivir con. De ahí también convivium, que para los romanos no era una reunión cualquiera sino el banquete —el acto sagrado de comer juntos—. El español conserva esa raíz en una palabra que casi ningún otro idioma puede traducir sin perder algo esencial: convivencia.
El bar español es la infraestructura física de la convivencia. No es un lugar para beber —eso es un malentendido anglosajón—. Es el lugar donde el jubilado lee el periódico en voz alta, donde el médico y el albañil discuten de fútbol en pie de igualdad, donde la viuda desayuna acompañada sin necesidad de pedir compañía.”
Un estudio de la Universidad de Harvard (USA) sobre Desarrollo Adulto, que duró 80 años en realizarse y que por tal motivo resulta muy confiable, demostró que la calidad de las relaciones sociales es el factor más importante para la felicidad, la salud física y la longevidad.[6] El estudio remarca la importancia de los vínculos cercanos, estables y satisfactorios; las personas que tienen conexiones sólidas sufren menos enfermedades crónicas, demencia, ansiedad y depresión, y llegan a la vejez en mejores condiciones físicas; el aislamiento social es tan tóxico para el organismo como fumar o no hacer ejercicio al elevar el riesgo de muerte prematura y mantiene el cuerpo en un estado de estrés constante; la riqueza, la fama o el éxito profesional importan mucho menos para una vida plena que el afecto y el cuidado de la familia y los amigos, cuidar los vínculos exige atención constante y hábitos regulares, al igual que mantener una buena condición física.
Quizás hemos olvidado que el trabajo es más que sacrificio y esfuerzo, y que su sentido más profundo nos debe conectar con la importancia de tener “una participación de corazón en la actividad creadora y en la voluntad de donación de sí mismo […] debiendo despertar y satisfacer la voluntad de forjar y crear.”[7]
¿Es posible llevar nuestro corazón al trabajo, tener una actitud renovada, que nos motive y entusiasme, o vivimos presionados y adormecidos por un trabajo repetitivo y sin descanso, automatizado, y mecanicista, creyendo que siempre falta algo para cumplir con nuestro deber?
¿Estaremos delegando en la Inteligencia Artificial (IA) la capacidad creadora y vaciando de vida nuestro trabajo y olvidando nuestra conexión espiritual?
¿Nos sentimos despiertos y vivos, impulsados a crear y gestar una vida de trabajo que nos entusiasme y despierte nuevos horizontes y actitudes creativas?
La mirada de Rick Rubin parece estar en sintonía, al decirnos que “vivir como artista es un modo de estar en el mundo. Una manera de percibir […] afinar la sensibilidad para sintonizar con las notas más sutiles. Buscar lo que nos atrae y lo que produce rechazo. Percibir qué tonos emocionales surgen y adónde nos llevan. Sintonizando decisión tras decisión, la vida entera se convierte en una forma de autoexpresión. Un ser creativo que existe en un universo creativo. Una obra de arte única.”[8]
Sin duda es la actitud para vivir despiertos y alegres, con una nueva mirada del trabajo en un horizonte de esperanza, en la que habrá espacio para reflexionar y contemplar juntos la vida, saboreando una magdalena mojada en el té de tilo, y parafraseando a Sofonías al decirnos que “Dios … está en medio de nosotros […] exultando de gozo, renovándonos con su amor y bailando por nosotros con gritos de júbilo.”[9]
Referencias
[1]New York Times porJavier C. Hernández y Hisako Ueno 23 de julio de 2026.
[2]Idem
[3]Mc, 2, 27
[4] Gilberto Carrasquero Naranjo. Diario Digital Nueva Tribuna.
[5] El agregado es mío
[6] La Nación, 10 de julio de 2026.
[7] José Kentenich. “Desafíos de Nuestro Tiempo”. Ed Patris, 1985 (Textos escogidos del padre Kentenich. “Análisis de nuestro tiempo”, pág. 15
[8] Rick Rubin. “El acto de crear: una manera de ser”. Ed. Diana (2024),, pág.16
[9] Sofonías 3, 17
