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La empresa como espacio de cuidado frente al consumo de sustancias psicoactivas

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Cada 26 de junio se conmemora el Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas.

 

Más que una efeméride, esta fecha nos invita a reflexionar sobre una problemática que atraviesa a toda la sociedad y que también interpela al mundo del trabajo. Para quienes compartimos la visión de Enrique Shaw, esa reflexión encuentra un punto de partida claro. Shaw comprendió, mucho antes de que se hablara de bienestar organizacional, salud mental o culturas de cuidado, que la empresa no podía reducirse a una organización destinada únicamente a producir bienes y servicios. La concebía como una verdadera comunidad de personas.

Desde esa perspectiva, las empresas, además de crear valor económico, están llamadas a generar valor humano y social, contribuyendo al desarrollo de las personas que trabajan en ellas y de las comunidades a las que sirven. El crecimiento de la organización y el crecimiento de quienes la integran no son objetivos contrapuestos, sino dimensiones inseparables de una misma misión.

Hablar hoy de una cultura del cuidado no significa incorporar una nueva tendencia a la gestión empresarial. Significa recuperar una convicción profunda: una empresa verdaderamente humana es aquella donde las personas encuentran un ámbito de confianza, de escucha y de desarrollo.

Precisamente por eso, el desafío que plantea hoy el consumo de sustancias psicoactivas pone a prueba esa concepción de empresa.

La Argentina atraviesa un contexto particularmente desafiante. Según la última Encuesta Nacional de Consumos y Prácticas de Cuidado (ENCoPraC), más del 80 % de los argentinos percibe que el consumo de sustancias psicoactivas viene en aumento y considera que esa tendencia continuará. Al mismo tiempo, las políticas de prevención y atención han perdido peso relativo dentro de las prioridades del Estado. Más allá de las razones que expliquen esa situación, el resultado es evidente: la respuesta frente a esta problemática requiere un compromiso cada vez mayor de todos los actores sociales.

La empresa constituye uno de los espacios donde las personas transcurren buena parte de su vida, y donde muchas veces es posible advertir tempranamente situaciones de vulnerabilidad.

 

El lugar de trabajo como espacio de cuidado y prevención

Durante mucho tiempo se consideró que el consumo de sustancias era un asunto exclusivamente sanitario o familiar, ajeno a la gestión de las organizaciones. La experiencia demuestra que esa mirada resulta insuficiente.

“El ámbito laboral puede convertirse tanto en un factor de riesgo como en uno de los principales factores de protección.”

Un lugar de trabajo caracterizado por un liderazgo distante, presión sostenida, ausencia de espacios de diálogo y escasa formación sobre esta problemática tiende a invisibilizar las señales de alerta hasta que la situación deriva en ausentismo, accidentes, conflictos, pérdida de productividad o desvinculaciones tardías y costosas.

Por el contrario, una organización que promueve vínculos de confianza, cuenta con líderes preparados para escuchar, dispone de protocolos de actuación y favorece la detección temprana puede transformarse en uno de los primeros lugares donde una persona encuentre ayuda antes de que el problema escale.

Una cultura del cuidado no se construye únicamente con protocolos.

“Se construye cuando las personas saben que serán escuchadas, cuando los líderes están preparados para acompañar y cuando pedir ayuda no significa perder la dignidad, ser estigmatizado o poner en riesgo el propio futuro laboral.”

En ese momento, la prevención deja de ser una política para convertirse en una expresión concreta del cuidado de las personas.

Hay una verdad antigua que ilumina este desafío con una claridad que ninguna política de recursos humanos agota por sí sola. La conocemos como la regla de oro: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12). Tratar a quien atraviesa una problemática de consumo como nos gustaría ser tratados si fuéramos nosotros quienes necesitáramos ayuda, sin juicio ni distancia, es quizás la medida más simple y más exigente de una cultura del cuidado genuina.

 

Liderar también es cuidar

Para quienes integramos ACDE, este contexto representa una oportunidad para revisar nuestras propias organizaciones.

Vale la pena preguntarnos:

  • ¿Existen protocolos claros para la detección y derivación temprana?
  • ¿Los líderes saben identificar señales de alerta y actuar con criterio, evitando el estigma?
  • ¿Existen canales reales para que un colaborador pueda pedir ayuda sin temor a represalias?
  • ¿La política de prevención es coherente con la cultura organizacional que se vive todos los días?
  • ¿Los mandos medios cuentan con herramientas para acompañar estas situaciones de manera adecuada?

También existen experiencias que muestran que la articulación entre distintos sectores no solo es posible, sino imprescindible. El Consejo Argentino de Prevención Intersectorial en Consumos Problemáticos (CAPI), impulsado por la UOCRA junto con la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) y la Federación Familia Grande Hogar de Cristo, constituye un ejemplo de ese camino. Allí confluyen empresas, organizaciones sociales, sindicatos, comunidades de fe y organismos públicos con un objetivo común: promover una auténtica cultura del cuidado.

Desde ACIERA participamos de este espacio convencidos de que ninguna organización puede afrontar sola un desafío de esta magnitud. La prevención requiere cooperación, confianza y una mirada compartida sobre el valor de cada persona.

Ninguna empresa puede sustituir al Estado en su responsabilidad sobre la salud pública. Pero toda empresa puede decidir qué clase de comunidad quiere ser.

Construir una cultura del cuidado no significa incorporar una nueva obligación a la gestión empresarial. Significa recuperar una dimensión esencial del liderazgo. Porque cuidar a las personas no es una tarea adicional de la empresa: es una de las formas más concretas de ser fiel a su propia misión.

Cuando una empresa cuida a las personas, no solo contribuye a prevenir situaciones de consumo. También fortalece la confianza, la dignidad y los vínculos que hacen posible una organización verdaderamente humana.

Sobre el autor

Guillermo Fernández

Coordinador del Equipo de Adicciones de ACIERA. Miembro asesor de la Mesa Nacional de Lucha Contra Adicciones.

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