Enrique Shaw

La sangre de Enrique

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“En el día del Juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán religiosamente vivimos.”

Imitación de Cristo. Tomás de Kempis, Libro Primero – Capítulo tres

 

Hacer el bien, ayudar a los demás, es algo que Dios siempre aprecia, es parte de la columna vertebral de sus mandamientos. Fue lleno de este espíritu con el que un joven Enrique Shaw, de tan solo 25 años se comprometió con un pedido del Episcopado. Se le encargó organizar, en 1946, junto con otros hombres de empresa, la ayuda a la Europa de la posguerra, en ese momento atravesada por una gran falta de alimentos.

Enrique, casado apenas unos años antes, y recientemente incorporado a la vida empresaria, reunió con enorme entusiasmo a un grupo de más de sesenta hombres en esa acción de ayuda. Unos años más tarde fundan, en 1952, la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa, de la cual fue su primer presidente.

Jesús nos remarca permanentemente que está muy bien que ayudemos a los otros con nuestras acciones, que lo que hacemos refleje el amor de Dios, en todos los ámbitos en los que nos toque participar. Pero nos dice también que más importante aún es la intención de nuestros actos y lo que crece dentro nuestro. Desarrollar la pureza de las intenciones que nos impulsan a hacer lo que hacemos, y como lo hacemos. Esto comienza en incorporar en nuestra vida los principios y valores cristianos que le dan un sentido de trascendencia, permitiendo que las intenciones rectas sean la base y la guía de nuestras decisiones. Formar nuestras intenciones rectamente, para que de manera natural produzcan acciones concretas que muestren la bondad de Dios en el mundo.

En ese sentido Enrique imprimió un sello indeleble en ACDE, una marca única y perdurable, con su palabra y con su ejemplo. Las oficinas de ACDE siempre mantuvieron la simplicidad de su primer presidente, recibiendo en ese clima de austeridad a los más importantes empresarios, religiosos, miembros de la sociedad y políticos del país. Resaltó siempre la sencilla sala de reuniones presidida por la foto de su primer presidente y sus sucesores, que mantuvieron la mirada puesta en la humildad, el respeto hacia todos, y la trascendencia de nuestros actos.

Enrique marcó con su ejemplo una referencia sobre el comportamiento personal de cada uno de los miembros de ACDE en cualquier empresa u organización donde participara: saber que somos todos parte y deudores de algo superior, que nos debemos principalmente a ello, y que en esa dirección debemos orientar nuestras acciones y nuestro esfuerzo. En más de 70 años de vida, ACDE fue maestra para miles de personas ligadas al mundo empresario, y fue centro de consulta y de apoyo en muchos momentos en los que la economía y la política del país parecía no encontrar el rumbo. En esos momentos de crisis ACDE aportó un espacio de diálogo en el cual los valores cristianos basados en el Bien Común eran el sustento y eje central para la construcción de acuerdos.

Pero Dios para algunos quiere algo más, les regala algo más. Dios siempre recompensa a sus elegidos, en maneras en que quizás al principio no comprendemos plenamente. Dios quiere para nosotros lo mejor, que seamos semejantes a Él. Dios quiere que, haciendo un buen uso de las gracias que nos da en vida, lo sigamos, lo imitemos, y seamos dignos de asemejarnos a Él y de ser uno con nuestros hermanos, con todos ellos.

La Imitación de Cristo, de Kempis, fue un libro de consulta permanente y muy querido por Enrique. Imitar Cristo, hacernos semejantes a Él, debe ser en última instancia la mayor aspiración de un cristiano.

En su dolorosa enfermedad Enrique tuvo necesidad de recibir muchas transfusiones, necesidad de sumar en sus venas sangre de otros, necesitó antes de despedirse de este mundo, que otros le aporten esa energía vital, que él hizo suya, al mezclarla con la suya propia.

La sangre efectivamente nos hermana en un sentido muy profundo, y ese fue el último regalo que Dios le dio en vida a Enrique. Cientos de amigos y de obreros de la empresa para que la que él trabajaba fueron a donar su sangre, y él la llevó en sus venas cuando se encontró con Jesús. Enrique fue alimentado, llevó en sus venas a sus hermanos y colaboradores, y se hizo uno con ellos, con los de más alto rango en la empresa, y con los más sencillos. Con todos.

Enrique va a convertirse próximamente en el primer Beato -y si Dios quiere luego en Santo- porteño, padre de familia y directivo de una empresa. La Iglesia reconoce así que Enrique contempla a Dios “cara a cara”, que ha alcanzado la salvación y goza de la presencia y comunión eterna con Dios en el cielo, y que puede interceder especialmente por nosotros.

Enrique se presentó a los pies del Señor a sus 41 años, feliz de poder llevar consigo tanto la sangre de su familia como la de sus empleados, para la Gloria de Dios.

Sobre el autor

Eduardo López Rivarola

Exvicepresidente de ACDE 2003-2006 y 2007-2011. Consultor en Desarrollo de Negocios / M&A Retail, Servicios Petroleros, Real Estate.

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