Management

La vocación del líder empresarial: una (segunda) reflexión

Escrito por Gastón Marón
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En las semanas previas al cierre de 2025, un socio de ACDE, Augusto Fantasía, me sorprendió con un mensaje de WhatsApp. No fue un saludo de fin de año ni una agenda para el que empieza. Fue un texto de presentación, acompañado de un adjunto que me deslumbró: La vocación del Líder Empresarial: una reflexión”, editado por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Leerlo no me llevó a subrayar frases ni a buscar conclusiones rápidas. Me llevó a demorarlo. Había algo que resonaba. Algo que reconocía, como una idea largamente meditada y vuelta a encontrar. Entre palabras propias y nuevas lecturas, el punto de convergencia apareció con claridad: un lugar muy conocido de Enrique Shaw, aunque no siempre habitado, el liderazgo entendido como vocación de servicio.

Vocación no como idealismo ingenuo ni como consigna inspiradora, sino como conciencia del rol que uno ocupa. Conciencia de que el lugar desde el que decidimos afecta la vida concreta de otros. Conciencia, también, de que no podemos solos: tal vez lleguemos rápido, pero probablemente no muy lejos.

La vida, como el trabajo, no es una carrera de cien metros. Es un desierto inmenso que hay que estar dispuesto a transitar con otros, aceptando el ritmo, y las demoras, que ese camino impone.

Este texto nace desde ahí. Con la intención de ir un poco más allá de lo trillado y de intentar, al menos por un momento, silenciar el ruido del asfalto. Y, siempre que sea posible, volver a antiguos versos, versículos y enseñanzas que siguen diciendo algo esencial en medio de tanta urgencia contemporánea.

La vida dividida

Hay una idea que atraviesa todo este comienzo y que me acompaña desde hace tiempo: la vida dividida. Las dicotomías que vivimos a diario, muchas veces sin nombrarlas.

Hablar de fe, de Jesús, de las bienaventuranzas, de los profetas o de las parábolas suele despertar una pregunta incómoda: ¿este es, o no, el espacio para eso? La vida dividida aparece justamente ahí, en ese divorcio silencioso entre nuestros valores personales, o nuestra fe, y nuestra práctica empresarial cotidiana.

Enrique Shaw supo leer con lucidez esa fractura y se negó a aceptarla como algo natural. Para él, la fe y la empresa no eran dos esferas separadas ni dos éticas que se alternan según el contexto, sino una única vocación vivida en ámbitos distintos. No había una conciencia para el domingo y otra para el lunes, ni un lenguaje para el templo y otro para la fábrica: había una sola vida, llamada a ser íntegra.

Esa fractura nos va acostumbrando, casi sin darnos cuenta, a idolatrar el éxito mundano y a tratar el beneficio económico como un fin absoluto, en lugar de un medio. El problema no es el beneficio; el problema es cuando deja de ser instrumento y se vuelve criterio último.

Si queremos liderar con integridad, tenemos que dejar de ver la empresa como una maquinaria de hacer dinero y empezar a verla como una comunidad de personas: con historias, aspiraciones, dones, talentos, esperanzas y miedos.

El beneficio como medio, no como fin

Hay una analogía vital que ayuda a ordenar esta tensión y que vuelve una y otra vez: el beneficio es para la empresa lo que la comida es para el cuerpo. Es indispensable para sobrevivir, pero no es la finalidad de nuestra existencia.

La comida sostiene la vida, pero no le da sentido. Lo mismo ocurre con el beneficio. Es un buen sirviente, pero un pésimo maestro.

Enrique Shaw leyó esta tensión con una claridad poco frecuente. Comprendió que la eficacia y el beneficio no podían ser descartados sin irresponsabilidad, pero tampoco elevados sin consecuencias. Por eso insistía en que producir bien, gestionar con seriedad y sostener la empresa en el tiempo eran deberes propios del empresario. No para absolutizar el resultado, sino para ordenar el uso del beneficio: producir más para poder distribuir mejor, cuidar la dignidad del trabajador y garantizar la continuidad del trabajo.

Cuando el beneficio ocupa ese lugar, el de medio y no el de fin, aparece la verdadera prueba del liderazgo. No en los discursos ni en los premios, sino en las decisiones concretas, cuando elegir lo humano parece ir en contra de lo rentable. Ahí, en ese punto exacto de incomodidad, el liderazgo deja de ser relato y se vuelve acto.

Una vocación de servicio y de exigencia personal

Liderar no es escalar posiciones ni optimizar recursos. Es asumir una vocación exigente y profundamente humana: co-crear un mundo donde la economía esté al servicio de la persona, y no al revés.

Convertir estas convicciones en hábito implica aceptar que la responsabilidad de un buen líder comienza poniendo a la persona, al colaborador, al equipo en el centro. No como eslogan ni como gesto simbólico, sino como criterio real para alcanzar los objetivos de la empresa.

Liderar con integridad exige algo más profundo que buenas intenciones o discursos inspiradores: exige una disciplina personal rigurosa. Implica asumir, como lo entendía Enrique Shaw, que tanto el empresario como el líder están llamados a encarnar a Cristo en su vida concreta y en su modo de conducir la empresa. No como gesto piadoso ni como discurso externo, sino como criterio interior que ordena las decisiones. Revisar las propias acciones, aceptar límites, renunciar a atajos y sostener convicciones incluso cuando nadie las reclama.

En ese camino, el liderazgo deja de medirse por resultados inmediatos y empieza a definirse por coherencia. Es, probablemente, la única forma de sostener el liderazgo en el tiempo sin perder lo esencial.

Sobre el autor

Gastón Marón

Ingeniero en Computación (UNLP), Máster en Dirección Estratégica y Tecnológica (ITBA).

Responder a Ignacio X

1 comentario

  • muy buena nota que reenfoca el sentido de la empresa. Cuánto hay q trabajar en los valores en la práctica para lograr esta amplitud de miras!