Valores

Las tres Odiseas: Homero, Dante Alighieri, nosotros

Escrito por Vincenzo Putignano
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El tema del viaje es recurrente en la literatura; la Odisea es su primer gran ejemplo. Quien regresa de un viaje nunca es la misma persona que partió.

 

Ulises homérico

El Ulises homérico es el viajero que atraviesa una infinidad de peligros y tentaciones, pero su deseo es siempre el regreso a Ítaca. Su pensamiento vuelve constantemente a su familia, a sus amigos y a su patria. El personaje de Ulises en los escritos homéricos es complejo y contradictorio: débil por el dolor que le causa la nostalgia del hogar, pero valiente por su capacidad de afrontar las adversidades y superarlas.

La imagen homérica es la de un hombre muy astuto, cuya intervención resalta precisamente en los momentos críticos. En la Odisea, Ulises se presenta como quien acepta su propio destino y aprovecha sus dones naturales, el ingenio, sobre todo, para poder regresar finalmente a casa. Ulises no es solo el héroe-guerrero valiente y dispuesto a la batalla, sino también el hombre astuto, intuitivo, que sufre por la lejanía de su tierra —nostos, la nostalgia—, de su hogar, de su esposa y de su hijo.

 

Daniel Mendelsohn. Una Odisea

Profesor del Bard College, donde enseña en los programas de Literatura y Estudios Clásicos, invita a su padre octogenario —un matemático, aparentemente reservado y poco comunicativo incluso en el ámbito familiar— a asistir a su seminario universitario sobre la Odisea. Clase tras clase, durante un semestre entero, Mendelsohn hijo explica  Homero a sus estudiantes y, al profundizar en las peripecias de Ulises —acogiendo también las numerosas observaciones de su padre, más locuaz, aunque no menos exigente de lo esperado—, emprende a su vez un viaje de conocimiento, una ruta paralela que por primera vez le ofrece un punto de vista inexplorado sobre ese padre tan amante de la exactitud y de las soluciones seguras, como la de «salir adelante» con las propias fuerzas. No todos pueden contar con la ayuda de Atenea, dice. Es más, dejarse ayudar continuamente por una diosa es indigno de un verdadero héroe.

Al término del seminario —y al calor de este redescubrimiento mutuo—, padre e hijo parten juntos en un crucero «temático» por el Mediterráneo, siguiendo un itinerario que, en teoría, recorre las etapas del largo viaje de Ulises desde Troya hasta Ítaca. La navegación y el seminario se entrelazan con recuerdos familiares de varias décadas y con el gran enigma de cuál fue realmente la vida interior del padre de Mendelsohn, tanto como progenitor como individuo independiente.

  1. ¿Llegamos alguna vez a conocer realmente a nuestros padres? ¿O lo único que podemos conocer es la huella que deja en nosotros la parte del camino que recorrieron junto a nosotros? ¿La memoria que conservamos, aquello que vemos «como hijos», es todo lo que hay que saber? ¿Cómo eran antes de nosotros? ¿En qué se convirtieron gracias a nosotros o a pesar de nosotros?
  2. ¿Somos todos Telémaco? ¿Somos los hijos que asisten al saqueo de su casa por parte de los pretendientes? Somos hijos que esperan la llegada de un padre que restablezca la Ley. Si Edipo mata al Padre, Telémaco espera su regreso. Expresa una invocación radical del Padre, nacida de la conciencia de que sin Ley no hay felicidad. El regreso de Ulises parece depender, sobre todo, de la intensidad con la que su hijo Telémaco sea capaz de desearlo y quererlo.

 

Ulises dantesco

En uno de los cantos más conocidos de toda la Divina Comedia domina la figura de Ulises, fuente de inspiración para poetas y escritores de todos los tiempos: Primo Levi, Joyce, Pound, Eliot, Mandel’štam, Borges, entre muchos otros.

El Ulises dantesco es, en cambio, un viajero que busca lo desconocido, sin ningún deseo de regresar a su patria. En Dante, ni el amor de su hijo, ni el deber hacia su padre, ni el afecto por Penélope pueden detener al viajero.

Polýtropos: etimológicamente deriva del griego poly- («mucho») y trépo («volver», «girar»). Es aquel que sabe adaptarse a cualquier circunstancia. La imagen general que emerge es la de un hombre astuto. Una personalidad compleja e intrigante. Un guerrero audaz, valiente, seductor e inteligente.

¿Pero cómo murió Ulises? La Odisea termina con el regreso a Ítaca. ¿Es posible que el hombre de las mil aventuras haya muerto en su cama? ¿Como un marinero jubil ado? Dante se interesa por la muerte de Ulises e invierte así la situación descrita en la Odisea.

Estamos en el fondo del Infierno, donde se condena a los consejeros fraudulentos, a quienes urden engaños e inducen a otros a engañar. Dante, al ver arder las llamas, las contempla con curiosidad. En el interior de esas llamas están envueltas las almas condenadas y una de ellas, con dos «cuernos», atrae especialmente su atención. Son Ulises y su fiel compañero Diomedes, castigados por el pecado de haber sido consejeros fraudulentos.

Quien responde no es el Ulises homérico, sino el Ulises de Dante, que, en lugar de regresar a Ítaca, impulsado por el ardor de conocer el mundo y a la humanidad, se embarca con los pocos viejos compañeros que permanecieron a su lado en una pequeña nave, en el mar abierto.

A Ulises ya no le basta la familia ni el reino de Ítaca. Ese ardor de infinito, de saber más, de conocer toda la verdad, de ver más allá, es incontenible; no le permite adaptarse ni resignarse a la limitada realidad de Ítaca. Esa es su grandeza, esa es su conciencia: vivir la vida como un gran desafío, como una llamada a grandes empresas, que alimenta la decisión de dejar atrás a la familia, a los amigos y la comodidad.

El Ulises de Dante se convierte así en el emblema del hombre que toma en serio su deseo de infinito. Abandona todo para seguir la más noble de las aspiraciones humanas: el deseo de conocer. Una poderosa definición de la grandeza del hombre.

Consideren vuestra progenie:
no fueron hechos para vivir como brutos,
sino para seguir virtud y conocimiento.

Su destino no es geográfico. Ulises no quiere descubrir nuevas tierras: quiere descubrir lo que hay más allá de los límites del mundo. Quiere conocer la verdad última: quiere ver a Dios. Han llegado frente a la montaña del Purgatorio. El viaje continúa «sempre acquistando dal lato mancino» («siempre avanzando hacia la izquierda»); además de ser una indicación geográfica —se dirigen hacia el hemisferio sur—, para el hombre medieval la izquierda representa ya un anticipo de la negatividad. Entonces se levanta un torbellino que arrastra la nave hacia el abismo.

Ulises naufraga con toda su tripulación. El verso final, «Infin che ‘l mar fu sovra noi rinchiuso» («hasta que el mar se cerró sobre nosotros»), evoca el relato bíblico del Éxodo, Cuando las aguas del Mar Rojo cubrieron a los egipcios por haber desafiado la voluntad de Dios al perseguir al pueblo hebreo.

En la invención de Dante, Ulises no es el héroe que regresa, sino el héroe que parte, impulsado por el ardor del conocimiento, olvidando el amor de Penélope y el afecto de su hijo Telémaco.

El Ulises de Dante es diferente del de Homero: le falta el componente fundamental de la nostalgia – nostos-, el deseo de volver a su Ítaca y a sus afectos familiares. Le falta la pietas de los antiguos griegos.

Para Dante, Ulises habría cometido el pecado de la hybris. Hybris es una palabra griega que significa exceso, presunción, arrogancia: la negativa a reconocer los propios límites.

El vuelo para alcanzar a Dios, la felicidad y el sentido de la vida no puede realizarse solo con los remos, con las propias fuerzas, entendidas como la sola energía de la razón. ¿Hace falta algo más? ¿La gracia? ¿La fe?

Ulises es el primer gran héroe moderno: cae, se equivoca, miente, resiste; es imperfecto. Y precisamente por eso se parece a nosotros.

Sobre el autor

Vincenzo Putignano

Licenciado en Ciencias Políticas (Universidad de Torino, Italia) y Diplomado en Dirección de Empresas (IESE, España). Ha sido Compliance Officer de Telecom Argentina y del Club Atlético River Plate. Sus intereses están dirigidos en como los clásicos pueden influenciar el gerenciamiento público y privado.

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