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Madurar con la inteligencia artificial sin perder el alma de la empresa

Escrito por Ricardo Ciciliani
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Dado que el tema tiene hoy un espacio casi obligado en las charlas y discusiones empresariales actuales, quisiera proponer desde la reflexión sobre la encíclica Magnifica humanitas y el reciente aporte del Software Engineering Institute de la Universidad Carnegie-Mellon (SEI), con la participación de Accenture, lo que veo como un enfoque práctico para gerenciar la adopción e implementación de la Inteligencia Artificial en las empresas.

El SEI ha sido un pionero en proponer a la comunidad profesional sus “Modelos de madurez” como guías para la mejora de los procesos de desarrollo de sistemas.

Hoy nos ofrece (con el patrocinio de Accenture) el “AI Adoption Maturity Model” mostrando (una vez más), como conducir el proceso de adopción de esta nueva tecnología, sosteniendo siempre las prioridades del negocio.

Como dato de color, soy un “antiguo” (30+ años) colaborador del SEI, y también soy “alumni” de Accenture, y por lo tanto me motiva un gran aprecio por ambas instituciones.

En mayo de 2026, León XIV publicó la primera encíclica social cuyo tema central es la inteligencia artificial (IA): Magnifica humanitas. 

Esta última semana, el Software Engineering Institute de Carnegie Mellon y Accenture han propuesto al mundo empresarial una perspectiva diferente sobre la IA: un Modelo de madurez (un clásico del SEI) para guiar el proceso de adopción de IA, pensado para que las organizaciones estructuren el despliegue de esta tecnología, con el rigor de la gestión de las operaciones.

Para quien dirige una empresa desde una conciencia cristiana, será muy interesante leerlos juntos porque ofrecen, en conjunto, la brújula y el mapa.

La primera tentación del empresario católico ante estos dos textos es decidirse por uno.   O bien refugiarse en la encíclica como denuncia moral del mercado, ignorando que su empresa compite en él y debe sobrevivir; o bien adoptar el modelo como un protocolo técnico, asumiendo que basta con “hacerlo bien”, y que la ética, se ocupe sola de sí misma.

Ambas salidas son cómodas y ambas son falsas. Magnifica Humanitas no propone abandonar la tecnología; pide “desarmarla”.  (Las interpretaciones sobre esta palabra son diversas …)

Sugiero el siguiente: comprender bien cómo funciona y armar el esquema de “seguridad industrial” que hará que su uso no sea un riesgo para las personas ni para el medio ambiente … En definitiva, lo mismo que siempre se debió hacer con la tecnología …

Ahora bien, el modelo SEI no es un manual de instrucciones; está atravesado por muchas “intuiciones lógicas” que la encíclica firmaría sin tachar palabra. La tarea es leerlos “en estéreo” …

Conviene partir de las coincidencias, porque es más de lo que podría suponerse.

Ambos textos concuerdan en que el problema de la IA no es tecnológico sino antropológico y organizacional.

Cuando tanto el SEI como Accenture advierten sobre la “erosión cognitiva” —el riesgo de que los trabajadores dejen de pensar porque la máquina piensa por ellos— están diciendo, en lenguaje empresarial, exactamente lo que la encíclica describe como la pérdida del “deseo mismo de buscar al otro”.

Cuando el modelo del SEI insiste en que la madurez exige rendición de cuentas, métricas de riesgo y cadenas claras de responsabilidad, no está en otro planeta que León XIV cuando reclama que las decisiones algorítmicas sean “comprensibles, cuestionables y sometidas a control”.

Y cuando los expertos de Accenture sostienen que, sin transformar el trabajo, no se obtiene beneficio alguno de la IA, repiten en clave operativa lo que la encíclica formula como dignidad del trabajador: que la persona es fin y no medio, incluso —y especialmente— en la era de la automatización.

Como se puede ver, la convergencia tiene consecuencias prácticas que el empresario católico haría mal en pasar por alto: la fidelidad a la Doctrina Social no es un costo variable.

Las prácticas que la encíclica reclama por motivos éticos —transparencia, accountability, gobernanza robusta, custodia del juicio humano, rediseño participativo del trabajo— son exactamente las capacidades que el modelo del SEI identifica como diferenciadores de madurez organizacional.

Lo que el Evangelio pide y lo que la ingeniería rigurosa pide coinciden en un terreno amplio.

Esto no es casualidad: ambos puntos de referencia, reconocen que las personas no son simples sujetos intercambiables, y que las organizaciones —como las civilizaciones— se hunden cuando lo olvidan.

Pero la concordancia también tiene un límite, y éste es donde el empresario católico debe afilar especialmente su discernimiento.

El modelo SEI, por estructura y propósito, está construido con el objetivo de optimizar el desempeño de cada organización individualmente.

Su pregunta estructurante es “¿cómo escalamos la IA en mi empresa generando valor sostenible?”.

Es una pregunta legítima y necesaria, pero estructuralmente miope respecto a lo que la encíclica llama Bien Común.

Tres cosas quedan fuera del campo visual del modelo y constituyen el espacio propio donde el empresario católico debe ejercer un discernimiento adicional.

La primera es la “cadena invisible”. Los modelos de IA que la empresa contratará para experimentar y escalar funcionan gracias al trabajo mal pagado de etiquetadores en Kenia o Filipinas, o gracias a minas de cobalto donde trabajan adolescentes en el Congo, y gracias a centros de datos que consumen agua y energía a escala planetaria.

El modelo SEI no le pedirá a usted que mire eso porque es un problema técnico. Pero la encíclica le pedirá precisamente que lo mire, y que pregunte a sus proveedores —con la misma seriedad con que les pregunta por uptime y compliance— por cómo gestiona sus cadenas de suministro.

Esto se llama, en lenguaje empresarial reciente, due diligence ético; en lenguaje de la encíclica: devolverle al pobre lo que le corresponde.

La segunda es la velocidad. El modelo del SEI le dirá, con razón, que la tecnología avanza más rápido que los planes de adopción y que la madurez exige adaptarse.

La encíclica le sugerirá algo incómodo pero pertinente: a veces la respuesta sabia es ralentizar. No por miedo, sino porque las decisiones irreversibles —en contratación, en automatización, en sustitución de personal— necesitan tiempos humanos, no tiempos de mercado.

Los empresarios católicos que en la próxima década resistan la tentación de automatizar antes de discernir habrán protegido no solo a sus trabajadores sino a sus propias empresas de errores estratégicos costosos.  Esto ya lo hemos visto muchas veces en las últimas décadas.

La tercera es la pregunta de fondo. El modelo SEI le ayudará a preguntarse cómo implementar IA con rigor.  La encíclica insiste en una pregunta anterior que ninguna metodología puede responder por usted es: ¿por qué?   ¿Qué tipo de empresa quiere usted construir, qué tipo de trabajo quiere ofrecer, qué tipo de relación quiere sostener con sus clientes, sus empleados, su comunidad y con toda la creación?

La IA es una herramienta extraordinariamente poderosa, y como toda herramienta poderosa amplifica las intenciones de quien la maneja. Si la intención es genuinamente servir, la IA puede ser una bendición concreta para su empresa y para quienes dependen de ella.

Si la intención —explícita o tácita— es maximizar el margen reduciendo personas a costos, la IA acelerará exactamente eso, y con una eficiencia inédita.

Hay una expresión en la encíclica que merece ser recordada por el empresario católico: “desarmar la IA”. No significa renunciar a ella. Significa sustraerla a la lógica de pura competencia y restablecer en ella la pluralidad de la vida.

En el plano empresarial, esto se traduce con una claridad sorprendente: significa que la adopción de IA en su empresa no debe regirse solo por lo que hacen sus competidores, sino por lo que es coherente con su misión.

Significa contratar técnicamente bien (aquí el modelo SEI es de gran valor) y discernir éticamente mejor (aquí la encíclica es irreemplazable).

Significa exigir transparencia a sus proveedores, conservar control humano en decisiones que afectan vidas, invertir en formación que preserve la agencia cognitiva de sus equipos, y medir el éxito de la transformación no solo en ROI sino en calidad del trabajo y dignidad de las relaciones.

El empresario católico de la próxima década tendrá un papel singular. No es el llamado a frenar la revolución tecnológica; los pueblos no necesitan menos tecnología, necesitan un uso con mayor humanidad.

Tampoco es el llamado a evangelizar el mercado de IA tal cual está; demasiados de sus dinamismos son hoy estructuralmente hostiles a lo que la Doctrina Social defiende.

Es el llamado a algo más difícil pero más fecundo: construir en el bien dentro de las condiciones reales de su sector, sin nostalgia y sin ingenuidad, con la lucidez técnica que el modelo del SEI ofrece y la lucidez moral que la encíclica reclama.

En esa intersección, no fuera de ella, se juega la posibilidad de que la transformación digital deje empresas más humanas que las que encontró.

Como dice la encíclica con palabras que conviene memorizar: no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo. Pero ensuciémonos las manos sabiendo qué estamos construyendo.

La torre o la ciudad. Babel o Jerusalén. La decisión no es de las máquinas. Sigue siendo nuestra.

 

Fuentes

León XIV, Carta encíclica Magnifica humanitas (15 de mayo de 2026).

Carnegie Mellon University Software Engineering Institute & Accenture, Rethinking and Maturing AI Adoption

Sobre el autor

Ricardo Ciciliani

Ingeniero Eléctrico (UTN). Consultor en Innovación y Transformación Digital, Dirección de Proyectos y Gestión de las Operaciones.

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