Al estudiar la historia, encontramos que hay diversas interpretaciones de un hecho o personaje histórico. La controversia es, para bien o para mal, ineludible para la historiografía de cualquier nación o territorio que posea cierta identidad y, por ende, cultural.
Precisamente, es por ello la figura de Mariano Moreno tan interesante de analizar. Quien fuera abogado, periodista, y político en tiempos coloniales del antiguo virreinato rioplatense y posterior Junta revolucionaria no sólo tuvo un paso fugaz en la naciente política argentina, sino que dejó un halo de misterio tras de sí.
En lo que respecta a la historiografía argentina, hay diversas opiniones. Para algunos fue un prócer liberal y librecambista, para otros un proteccionista nacionalista, inclusive un “hombre de luces” con afán de poder.
Por esta razón cabe preguntarse: ¿quién fue realmente Mariano Moreno y cuál es su legado?
Nacido en la Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires -como así se llamaba en su tiempo- en el seno de una familia criolla como el mayor de catorce hermanos – de los cuales solo ocho sobrevivieron -, poseyó un temperamento activo y fogoso, según observa su hermano Manuel en su biografía. Se destacó por ser un lector ávido durante su juventud, a la vez que retraído y solitario.
Luego de una estricta educación católica en el Colegio de San Carlos, partió en noviembre de 1799 hacia la entonces prestigiosa ciudad de Chuquisaca – en la actual Bolivia -, que pertenecía por aquellos años a la jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata, con el fin de perseguir una vocación como sacerdote.
Fue gracias al trato con el canónigo Matías de Terrazas Quiroga y su rica biblioteca que conoció la literatura moderna y progresista propia del Siglo de las Luces y se introduce a autores como Rousseau – de quien posteriormente traducirá y comentará su obra El Contrato Social -, Montesquieu, Locke y Jovellanos, entre otros.
Es en esta época donde se produjo un cambio interior y su pasión por las ciencias humanas lo llevan a perseguir la vocación del derecho. Luego de visitar Potosí e impregnado por aquellos días de cierta sensibilidad social, presenta una tesis denunciando las Leyes de las Indias y la situación de los yanaconas y mitarios en las colonias. Volvió en septiembre de 1805 a Buenos Aires, casado con María Guadalupe Cuenca y como abogado doctorado en Jurisprudencia y Derecho Canónico.
Posiblemente sea aquí donde la figura de Moreno se torna un tanto polémica para el estudio de la historia. Luego de ejercer como relator en la Real Audiencia de Buenos Aires, donde se destaca por sus litigios triunfantes, Moreno comenzó a participar de los sucesos políticos que envuelven a la sociedad criolla, como la invasión inglesa de 1807 y de a poco va formando su perfil público.
A comienzos de enero de 1809 se vio envuelto en un intento de golpe al gobierno del entonces virrey Santiago de Liniers. Hay distintas miradas acerca de este evento, de las cuales algunas suponen, con poco fundamento, que se trataba de derrocar un régimen francófilo. Si bien Liniers admiraba la figura de Napoleón Bonaparte (a quien le remite una carta en 1808), los hechos constatan que, además de su valerosa defensa de Buenos Aires ante tropas británicas años antes, su firme lealtad hacia la Corona Española fue lo que lo llevó a la muerte.
Por otro lado, asoma una interesante hipótesis que desarrolló el filósofo José Pablo Feinmann que afirma que Moreno era, en esencia, un hombre pragmático, que buscaba el poder para afianzar su proyecto político sin contar con el apoyo popular, es decir, en el mayor secretismo conspirador posible y, vale decirlo, típico en los golpes antimonárquicos de la época.
Esta última narrativa es la que justificaría la incidencia de Moreno en el famoso episodio de la Representación de los Hacendados, donde tan solo 9 meses después de defender el afianzamiento del monopolio español en detrimento del comercio con el extranjero, redacta un documento de tinte librecambista para disuadir al virrey Cisneros de acabar con el sistema socioeconómico entonces vigente.
Sorprendentemente, Moreno se encuentra en la vereda contraria en la que estaba parado hacía menos de un año. Todo apunta a que, fallido el motín monopolista de Martín de Álzaga, el abogado revolucionario debía buscar alcanzar el poder de otra forma.
Es entonces cuando, influenciado por la siempre sugestiva presencia británica en la ciudad, decidió abogar por la apertura comercial, encauzada en una legalización de la importación de manufacturas británicas y libre competencia ante productos agrícolas locales. Este documento representó una de sus peripecias políticas más sonadas, reflejando ciertamente una agudeza intelectual y empeño en conseguir su objetivo que es detentar el poder.
Bajo la clara influencia de autores iluministas, el documento remite a economistas como Adam Smith, Quesnay y Say. Es evidente la incidencia de su contacto con el comerciante inglés Alexander Mackinnon y sus vínculos con el Foreign Office; la corona británica buscaba, si bien ya no por la fuerza, dominar el territorio a través del comercio, y a Moreno como a otros de sus colegas iluministas, bien podía convenirle debilitar las arcas del virrey para servir a sus propios fines.
Finalmente, el virrey cedería a sus deseos y abriría el puerto de Buenos Aires para el comercio de ultramar con Gran Bretaña ya existente, pero ahora no más como contrabando, sino que por vías de la legalidad. Posteriormente, dándose cuenta del error estratégico, el Virrey quiso volver sobre sus pasos, pero la Revolución de Mayo lo tomó por sorpresa y sus planes fracasaron.

¿Cómo podía Moreno ser un monopolista proteccionista y a la vez un defensor del librecambio? Como dirá Feinmann: “o bien era un ingenuo o era otra cosa”.
A esta altura de su vida, Moreno estaba imbuido totalmente por las ideas iluministas y revolucionarias de que sólo las minorías ilustradas que toman el poder pueden expresar la voluntad popular y la razón – para Moreno, la minoría ilustrada y revolucionaria se convertía en la Razón – debe primar por encima de todas las cosas, en detrimento de las monarquías absolutistas.
Por supuesto, es importante reconocer que fue él quien fundó “La Gazeta de Buenos Aires”, el primer periódico oficial argentino – a pesar de que el propio Moreno hablara de la libertad de expresión, el periódico no toleraba comentarios opositores a la Junta en sus páginas -, así como la Biblioteca Pública, con el fin de fomentar el acceso a la educación y formación en las últimas tendencias de las artes y las ciencias, algo que siempre defendía.
Es interesante notar, de todos modos, que en la famosa Gaceta – como así se lo suele escribir -, no toleraba críticas a la religión católica, de la cual – contradictoriamente a su forma de obrar – formaba parte como buen criollo bautizado que era. Inclusive, durante la traducción del Contrato Social de Rousseau, decide omitir los pasajes en donde el autor tuvo la desgracia de, según sus palabras: “delirar en esta materia”.
Luego de la Revolución de 1810 sería él quien cargaría con su pluma enérgica y nerviosa contra Cornelio Saavedra, flamante presidente de la Primera Junta de Gobierno al redactar el documento “Supresión de los Honores del Presidente”. Para ese entonces, Saavedra ya era más que un obstáculo incómodo para los planes de Moreno.
Allí, además, se muestra un cierto desprecio por las mayorías: “privada la multitud de las luces necesarias, para dar su valor verdadero a todas las cosas; reducida por la condición de sus tareas a no extender sus meditaciones más allá de sus primeras necesidades […] confunde los inciensos y homenajes con la autoridad de los que disfrutan, y jamás se detienen en buscar al jefe por los títulos que lo constituyen, sino por el boato y condecoraciones con que siempre lo ha visto distinguido”.
Por otra parte, es notable su típica impronta revolucionaria, que hasta recuerda a los delirantes discursos de Robespierre: “Si deseamos que los pueblos sean libres, observemos religiosamente el sagrado dogma de la igualdad”. Todo lo que busca Moreno es, entonces, socavar la popularidad de Saavedra.
A todo esto, luego de que representantes de distintos territorios del interior del ya extinto virreinato al Cabildo Abierto arribaran a la ciudad de Buenos Aires, se somete a votación la ampliación de los miembros del Ejecutivo. Moreno y Paso fueron los únicos en votar en contra de esta medida.
Luego de este fracaso político, Moreno dimitió inmediatamente de su cargo como secretario de la Junta y el 4 de marzo de 1811 falleció bajo circunstancias misteriosas en alta mar mientras se dirigía a Londres en una misión diplomática con el pretexto de afianzar la revolución en Europa.
Por último, es bien conocido el debate historiográfico que gira en torno al Plan de Operaciones. Dicho documento, presentado ante la Junta el 30 de mayo de 1810, apenas iniciada la revolución rioplatense contra España, constituía una hoja de ruta político-económica con el fin de consolidar la independencia de las nacientes Provincias Unidas.
Si bien no es posible afirmar con certeza la autoría de Moreno en este archivo histórico, el hecho de que se identifique al abogado con el plan resulta un tanto escalofriante.
Al referirse a los presuntos rivales y enemigos del gobierno revolucionario, el texto dice: “la Patria es digna de que se le sacrifique estas víctimas como triunfo de la mayor consideración e importancia para su libertad”.
En el texto figuran tantos otros resortes políticos para afianzar el poder que aluden a una justificación de la violencia más atroz, así como un desprecio por caudillos populares como Artigas a quienes se califica de meros ‘sujetos’. Nuevamente, parece un texto escrito por el propio Robespierre.
Es bien conocido el desapego de Moreno hacia las mayorías iletradas, tanto en su modus operandi político, como en sus ídolos revolucionarios que tanto apelaban al concepto de ‘pueblo’ para luego tramar agrupados en pequeños grupos y logias decidir el destino de sus patrias.
De vez en cuando resulta edificante ponderar las figuras relevantes que transitaron la historia argentina y universal. Puede que no siempre se etiqueten correctamente como próceres o villanos. Pero en este caso es bueno recordar el legado que dejó Moreno en la Argentina; luego de ello, a cada uno le tocará juzgarlo y sacar sus propias conclusiones.
