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Nuremberg, 80 años después

Escrito por Vincenzo Putignano
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Cuando una situación no se denuncia o no se juzga, es como si no hubiera ocurrido.

 

Siempre es interesante el cine que indaga en el pasado, que logra interpelar el presente y, a veces, incluso señalar el futuro.

“Nuremberg” es una película potente, inspirada, más allá de errores históricos. Llena el silencio de los espectadores: no el silencio de una sala vacía, sino el silencio atento, consciente. Cuenta el proceso homónimo llevado adelante por las fuerzas aliadas contra el régimen nazi derrotado.

En 1945, después de la rendición nazi, el juez de la Corte Suprema estadounidense Robert Jackson lucha con todas sus fuerzas para llevar a juicio a aquellos pocos jerarcas que, de un modo u otro, lograron sobrevivir a la caída del Reich. Los países participantes son muchos, y también las figuras involucradas. Entre ellas, el psiquiatra Douglas Kelley, encargado de evaluar la salud mental de los imputados, quienes, mientras se preparan para el histórico proceso, no pierden ocasión de reafirmar su locura, inhumanidad y profunda intolerancia racial frente a los presentes.

A Nuremberg, nombre de la ciudad alemana, se llevó a cabo ese proceso en el que las cuatro naciones vencedoras —Estados Unidos, Unión Soviética, Reino Unido y Francia— intentaron por primera vez juzgar públicamente a los vencidos, los nazis alemanes, culpables de haber perpetrado crímenes de una ferocidad, nunca vista antes en la historia de la humanidad.

La referencia es a la persecución y exterminio sistemático, eficiente, cruel e insensato de seis millones de judíos, de romaníes y sinti en toda Europa por parte de la Alemania nazi (1933-1945) y otros Estados racistas, seres humanos arrancados de sus casas y enviados a los miles de “campos” repartidos por toda Europa. El proceso de Núremberg buscó ofrecer a la opinión pública un necesario momento de toma de conciencia sobre la atrocidad de una guerra mundial iniciada por un país culto, con grandes tradiciones literarias, científicas, musicales y religiosas. Un país, Alemania, reconocido por su eficiencia, su rigor y su respeto por las normas.

¿Cómo fue posible que un patrimonio humano de ese nivel haya dado origen al nazismo, un régimen dictatorial tan despiadado? Quienes impulsaron el proceso de Nuremberg querían crear las condiciones para que esa maldad indecible no volviera jamás a sorprender a la humanidad.

Hermann Göring, segundo en la cadena de mando de Hitler, es interpretado poderosamente por el actor neozelandés Russell Crowe, el “Gladiador”. Capturado y encarcelado, Göring deberá enfrentarse al joven psiquiatra estadounidense que recibe la tarea de intentar comprenderlo mejor, para evitar que durante el juicio logre despertar palabras de admiración o, peor aún, de comprensión hacia el sanguinario jerarca nazi.

 

El relato se impone, es necesario

Adentrarse en las entrañas del mal es diseccionarlo, desarmarlo para intentar encontrar —donde exista— algún sentido. El mal se vuelve abismo, como aquel que se abrió ante los ojos del mundo con el descubrimiento de los campos de exterminio y la acción nazi en toda su abominable magnitud. Elegir narrar los antecedentes del proceso de Núremberg es reafirmar la centralidad de los tribunales internacionales y comprender el drama de cada guerra como un hecho global.

El llamado a la contemporaneidad es evidente: “todas las guerras modernas se vuelven mundiales”, dice el juez Robert Jackson, firmísimo defensor del tribunal internacional, organizado entre las ruinas de una Núremberg bombardeada, a partir del 20 de noviembre de 1945.

Aparece entonces en la pantalla lo que la filósofa Hannah Arendt (refiriéndose a otro jerarca nazi, Adolf Eichmann) definió como la “banalidad del mal”. En el rostro hinchado y la mirada impenetrable de Crowe se despliega la personalidad del “Reichsmarschall” Göring, abominable incluso en el simple gesto de colocarse gafas oscuras cuando, durante el proceso, se proyectan por primera vez las imágenes de Mauthausen y Bergen-Belsen, estremeciendo a los presentes (y al mundo entero).

Volviendo al presente, solo 670 kilómetros separan las ciudades de Nuremberg y de La Haya, sede del Tribunal Penal Internacional (TPI).  Nuremberg creó el TPI. Hoy, Nuremberg y La Haya, están a una distancia sideral.

En una de las escenas más perturbadoras de la película, Göring no niega los crímenes. No los justifica. Hace algo más sutil: acusa a los Aliados de hipocresía.
“Ustedes nos juzgan —dice, en esencia—, pero apretaron un botón en Hiroshima; bombardearon ciudades; mataron civiles. ¿Con qué derecho se colocan en un plano moral superior?”.

Y aquí la película Nuremberg nos devuelve la pregunta más incómoda, inevitable: ¿qué moral habrá dentro de ochenta años? ¿Qué juicio moral recaerá sobre quienes hoy justifican guerras, relativizan, “comprenden” o desarman los tribunales y el derecho internacional?

La cita del filósofo R. G. Collingwood que cierra la proyección merece ser recordada:

“el único indicio de lo que el hombre puede hacer es lo que el hombre ha hecho”.

Si la historia nos dio Nuremberg seguimos confiando, ochenta años después, que puede haber otra; para que no vuelva a suceder nunca más, sin atajos.

Sobre el autor

Vincenzo Putignano

Licenciado en Ciencias Políticas (Universidad de Torino, Italia) y Diplomado en Dirección de Empresas (IESE, España). Ha sido Compliance Officer de Telecom Argentina y del Club Atlético River Plate. Sus intereses están dirigidos en como los clásicos pueden influenciar el gerenciamiento público y privado.

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