El Padre Daniel Díaz, asesor doctrinal de ACDE, nos invita a reflexionar sobre el relato de la Torre de Babel y las enseñanzas del Papa León XIV para preguntarnos qué estamos construyendo con nuestro trabajo y nuestras organizaciones. Una invitación a revisar las motivaciones que guían nuestras decisiones y a redescubrir el camino hacia el bien común. Al finalizar el texto, podrás acceder a la versión podcast en Spotify y YouTube.
Queridos amigos de ACDE,
Al iniciar su Carta Encíclica Magnífica Humanidad, ya en la primera frase del número 1, el Papa León XIV nos habla de la elección decisiva ante la cuál hoy nos encontramos los seres humanos. La describe con una imagen que contrapone dos opciones. Por un lado, la opción de levantar una nueva torre de Babel. Por el otro, la posibilidad de edificar la ciudad donde habiten juntos Dios y la humanidad. Más adelante, en los números 7 al 10, al plantearse la necesidad de discernir para elegir lo mejor, el Papa completa el segundo término de esta contraposición con otro pasaje bíblico: el de la reconstrucción de los muros de Jerusalén al regreso del destierro en Babilonia, al que se refiere el libro de Nehemías. Como buen “agustino”, León XIV nos propone elegir la Ciudad de Dios. Quiero reflexionar brevemente con ustedes a partir del texto de Babel, tratando de traer a nuestro hacer algunas preguntas que nos hagan revisar nuestro camino.
Adentrémonos en los motivos del pasaje de la Torre de Babel. En la tradición antigua, se consideraba que el Génesis y todo el Pentateuco fueron escritos por Moisés, en el desierto, unos 1400 años antes de Cristo. En ese momento, una nueva nación formada por los liberados de Egipto, se iba constituyendo Pueblo de Dios. Esta historia se hacía entonces para ellos una invitación a reconocer los motivos de las divisiones de las lenguas y las naciones, y a rechazar lo que pudiera romper la comunión que construían. Aprendían así que si la búsqueda de su unidad partía de una soberbia autosuficiente les pasaría lo mismo. En Babel los hombres rechazaron el llamado divino a “llenar la tierra” y se apartaron de Dios y su voluntad. Se unieron, pero su estar juntos tuvo raíces egoístas y por eso fracasó. Su intención era edificarse a sí mismos una ciudad prescindiendo de Dios y construir una torre que llegara al cielo, a donde Dios habita, igualándose a él y hasta queriendo usurpar su lugar. La motivación no era mejor: hacerse famosos, “tener un nombre” y perpetuar su poder (el que les daba fuerza al obrar juntos) incluso cuando se separaran. La unidad era un medio provisorio para llegar a un individualismo seguro. Por eso todo terminó en confusión y fracaso.
Esta primera comprensión del pasaje de la Torre de Babel nos llama a mirar con atención los motivos de todo lo que hacemos y, especialmente, de aquellas cosas que hacemos junto a los demás. ¿Es la búsqueda común de la voluntad de Dios lo que nos une con nuestros stakeholders? ¿O es tan solo la conveniencia momentánea en la que veo a los otros como medios para alcanzar mis metas? ¿Busco el enriquecimiento mutuo o solo pretendo acercarme para que anulando la diversidad, todo se homogeinice en mi voluntad?
Los estudios bíblicos más modernos muestran que la autoría de este relato responde a un tiempo más cercano y reconocen en el Génesis una diversidad de autores y momentos. Esto no quita que las raíces de estos textos sagrados se inscriban en largas tradiciones orales de tiempos previos, lo que valida lo que antes decíamos como la intención original. Pero hay más a desentrañar. En el caso del relato de Babel hoy la mayoría de los exégetas coincide en que habría sido escrito hacia el siglo X u XI, en un ambiente ligado al templo y a la monarquía de David o sus sucesores. Fueron tiempos de prosperidad, que facilitaron reconocer a un Dios cercano, involucrado con nuestra historia, y tener una visión muy optimista de los reyes humanos y del pueblo de Israel como elegidos de Dios. Fue en ese contexto de cierta tranquilidad donde surgieron las preguntas profundas sobre los orígenes de nuestra humanidad y a las que los primeros capítulos del Génesis buscan responder. Pero era también el tiempo de saber que había peligros que podían terminar con la prosperidad. Para el momento en que fue escrito el relato, Babel hacía referencia a Babilonia, el imperio enemigo que amenazaba al Pueblo de Dios.
Esta segunda comprensión del texto me permite plantear algunas cuestiones más. ¿Doy espacio a las preguntas profundas en mi trabajo cotidiano? ¿Las respuestas que voy dando y las decisiones que voy tomando en mi quehacer laboral están vinculadas a las grandes preguntas de mi vida y mi existencia? ¿Siento que son vinculantes mi fe en Dios y los criterios que la Iglesia me enseña y que el Espíritu me inspira en lo que hago cada día? ¿Cuáles son los peligros, las Babilonias a las que debo temer y de las que necesito apartarme hoy?
San Agustín escribió La Ciudad de Dios, después del saqueo de Roma, que se produjo en el 410 d.C. Para él, Babel era el arquetipo de la ciudad terrenal, de la ciudad sin Dios. Mientras que los romanos acusaban a los cristianos diciendo que Roma había caído porque habían abandonado a los dioses, Agustín les responde diciendo que dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios, la terrenal, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. Y esas dos ciudades compiten desde Caín hasta el Juicio final. Babel es el primer paso de la ciudad terrenal. La cruz es el primer capítulo de la Ciudad celestial. Lo que ha sucedido responde a la intervención divina sobre Roma. Ella ha sido juzgada en su soberbia de creerse eterna. Pero la acción de Dios es parte de su misericordia, que no ha permitido una vez más la unión de todos para el mal. En la destrucción se abre una nueva posibilidad de construir.
Cabe preguntarse entonces: ¿Cuál es el amor que hoy me mueve en mi actividad? ¿Cuál es el amor que mueve a mi organización? ¿Cuál es el amor que mueve la economía de nuestra sociedad? La respuesta nos dirá qué es lo que estamos construyendo. Y nos ayudará a entender que nuestros fracasos son muestras de la compasión de un Dios que nos quiere ver construyendo sobre la roca firme de su voluntad el futuro que pone en nuestras manos.
La historia de la torre de Babel vuelve a actualizarse hoy. El Papa León XIV nos invita a que nos preguntemos qué es lo que queremos construir para nuestro futuro. La unidad de esta magnífica humanidad en Dios y en su voluntad es la única que nos asegurará que nuestros esfuerzos y logros humanos no terminarán destruídos por la confusión, el individualismo y la indiferencia hacia los hermanos. La posibilidad es inmensa pero la humanidad solo resplandecerá si nos comprometemos responsablemente con Dios y con nuestros hermanos.
Que Dios los bendiga a todos.
