Testimonio & Valores

Año santo de la Misericordia

Jorge Casaretto
Escrito por Jorge Casaretto

El Papa Francisco, inspirado por el Espíritu Santo ha tenido una admirable intuición al proclamar este Año Santo de la Misericordia que estamos viviendo.

Las razones están muy claramente explicitadas en la Bula de Convocación “Misericordiae Vultus”. El Papa sutilmente desarrolla el tema siguiendo el Plan de Salvación de Dios respecto de la humanidad.

En el antiguo Pueblo de Dios (N° 6 y 7)

La nuestra es una religión revelada. Esto quiere decir que Dios se manifestó en la historia. No pertenecemos a una religión “inventada” por los hombres sino “revelada” por Dios. Por lo tanto Dios en el devenir de los tiempos fue mostrando progresivamente, su amor por nosotros.
La historia de la salvación de algún modo comienza con Abraham y adquiere plenitud en Jesucristo. Dios obró misericordiosamente con su pueblo elegido.

Hace ya mucho tiempo que la teología superó una falsa visión del Antiguo Testamento que mostraba a Dios fundamentalmente como Alguien solo, poderoso y justo. En la Bula, el Papa nos recuerda que la relación de Dios con el pueblo elegido a través de sus mediadores, (Abraham, Moisés, los profetas) estuvo centrada en un amor entrañable y misericordioso. Y es más, en la oración de ese pueblo, que son los salmos, la mayoría de ellos expresan y agradecen la misericordia de Dios que es eterna ( salmos 103, 146, etc.)

Jesucristo (N° 8 y 9)

Llegados los tiempos nuevos, en la persona de Jesús se revela la esencia del Dios Trinitario. Él es el Hijo en una Trinidad que incluye al Padre y al Espíritu.

Cuando ese Dios se hace hombre no puede sino poner de manifiesto lo esencial de su ser: el Amor.

Dios es amor, nos dirá claramente Juan. Y por lo tanto todo el obrar de Jesús en su paso terrenal tiene un nombre: misericordia. Él multiplica los panes para que la gente coma, cura a los enfermos, resucita a los muertos y llegado el momento crucial de su existencia, en la Pasión, Muerte y Resurrección entrega su vida por puro amor incondicional a la humanidad.

“Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino su misericordia, con lo cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a las necesidades más reales” (8)

El Nuevo Pueblo de Dios (10 y s.s)

Nosotros somos la obra fundamental que Jesús deja en la tierra enviando a sus discípulos a evangelizar al mundo ¿y qué nos pide? Que seamos testigos de su infinito amor.

Esto lo podemos traducir diciendo: nosotros somos lo enviados a perpetuar en el mundo la misericordia de Dios.
San Ignacio en la famosa “meditación para alcanzar amor” con la que termina sus Ejercicios Espirituales, nos dice que “el amor se debe poner más en obras que en palabras”.

El Papa nos dirá que la misericordia, que es la viga maestra que sostiene la vida de la iglesia se debe manifestar en actitudes (no juzgar, no condenar, perdonar, dar) (14), y en las perdurables obras de misericordia corporales y espirituales (15). Vale la pena recordarlas y hacer propósitos firmes de implementar al menos alguna de estas catorce obras que expresan la esencia de la vida cristiana.

El amor que por la gracia de Dios habita en nuestros corazones, quiere en este Año Santo hacerse presente en nuestros prójimos de modo especial. Debemos pedir al Señor que nos inspire (y pedirlo con fuerza) para poder convertirnos, en este Año Santo, en verdaderos “misioneros de la misericordia”.

La palabra misionero a veces la concebimos de modo estereotipado y nos lleva a imaginarnos sólo visitando barrios pobres o pueblos del interior. El Papa Francisco nos habla de periferias existenciales. Por eso podemos terminar estas reflexiones preguntándonos ¿cuáles son para un empresario esas periferias? Allí es donde debemos sembrar lo que por gracia de Dios somos y tenemos.

Será muy bueno pensar en este año que todos los bienes recibidos, Dios nos los ha dado para ponerlos en comunión.

Sobre el autor

Jorge Casaretto

Jorge Casaretto

Obispo Emérito de San Isidro y Presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

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