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¿Capitalismo digital?

Hoy la información es todo. Se ha instaurado como valor primordial y su canal es esa novedad omnipresente denominada internet. A través de ella los datos corren libres sin importar fronteras.

Ante este dato incuestionable, una reacción posible es pensar que a esta nueva realidad debemos abordarla con nuestras respuestas tradicionales: Internet, al fin y al cabo, solo ha simplificado las relaciones al igual que otros adelantos como, por ejemplo, el telégrafo o la electricidad.
Y esto sería cierto si internet fuera solo un modo nuevo de comunicación. Pero creo que esto no es así. Al menos en los últimos tiempos, porque internet, tal como existe hoy, poco tiene que ver con la que vimos nacer.

¿Qué es internet?

Internet pasó por distintas etapas. Se supone que nació con objetivos militares; su finalidad era poseer una herramienta que permitiera enviar mensajes que llegaran con toda certeza y no fueran detectados “desde afuera”. Para ello se ideó un sistema en el que la información viajaba desmembrada y por canales aleatorios. Su fin primordial es la comunicación.

Rápidamente (o en forma paralela), se extendió al ámbito académico pero como un reservorio intercomunicado de investigaciones científicas que permitía a los intelectuales encontrarse, nutrirse de lo que otros habían hecho o asociarse cuando seguían la misma línea de investigación. Por eso internet es hoy también una comunidad.

El siguiente paso fue su popularización. Se convirtió en un servicio a disposición de todos. Esto provocó, obviamente, un cambio del perfil. Además, por lógica consecuencia, todos los que tenían un producto para ofrecer buscaban un lugar en la red. Internet era una cartera de clientes universal, y ávida. Nace la Internet comercial. Es el momento del nacimiento de Nasdaq, las puntocom y, en fin, la muy conocida (tanto que a veces se confunde con la internet misma) world wide web (www). Además produjo dos modos de comunicación que hoy nos son muy familiares: el correo electrónico y los protocolos de mensajería.

A principios de siglo comenzaron a aparecer en la red de redes propuestas de comunicación que no tenían fines comerciales, sino meramente sociales (la popularización de MySpace, en 2003). Se pretendía, simplemente, conectar gente.

Este último paso, dio nacimiento al Internet de las Personas. Sumado a los avances asociados con la evolución de los microprocesadores y la ampliación de la potencia de cómputo (lo que provocó, entre otros, el surgimiento de los smartphones) generó la democratización de internet. La lógica de las redes sociales permitió a la gente no solo comunicarse más fácilmente con personas lejanas (Facebook, LinkedIn) sino también hacer oír sus opiniones sobre temas determinados (el blogging, twitter). Ya no se trata de un medio de comunicación sino del nacimiento de una nueva cultura.

Una nueva cultura

Quienes vimos nacer internet y somos anteriores a las redes sociales observamos ese fenómeno como un proceso externo. Nuestra relación con él es instrumental: internet es un medio para comunicarnos, informarnos. En cambio, para esos jóvenes que nacieron con el siglo actual, su relación con el mundo virtual es distinta; nosotros consideramos internet como una herramienta, mientras que ellos lo asumen como un lugar donde están.

Es evidente que un instrumento no puede modificarnos esencialmente. No somos distintos a nosotros mismos por usar o no usar un automóvil; pero sí nos modifica de manera más radical, el lugar donde nacemos y donde nos desenvolvemos. Aunque compartimos la “hominidad” no es lo mismo ser boliviano o argentino, italiano o canadiense. Existen ciertas peculiaridades que configuran rasgos de nuestra personalidad. Entonces, si internet es un lugar, la vida que desplegamos forma parte de nosotros mismos. Somos lo que somos en las redes sociales.

La sociedad digital

Pero además (o por causa de ello) esta vida digital está generando una nueva configuración del capitalismo y de la propia sociedad.

El ciudadano digital, a partir de las posibilidades que obtiene de la red, reacciona contra estructuras comerciales o políticas que no lo satisfacen. El signo más claro y visible de ello podría ser el uso común e indiscriminado de internet para adquirir contenidos musicales y audiovisuales sin pagar.

Mientras las empresas de medios audiovisuales lucharon contra esto mediante el uso de instrumentos jurídicos penales, el ciudadano digital respondió con la indiferencia hacia la idea de que estaba cometiendo un ilícito, y recién cuando la industria ofreció una propuesta alternativa y más eficiente a la piratería (por ejemplo Spotify y Netflix, que ofrecen contenido ilimitado de material por un precio módico), los ciudadanos digitales la aceptaron y los niveles de trafico ilegal de contenidos bajaron drásticamente.

Este ejemplo nos muestra cómo el ciudadano digital no está dispuesto a aceptar estructuras de negocios que no encuadran con sus pretensiones y, llegado el caso, genera sinergias colaborativas para sortearlas. Nos muestra un proceso signado por la idea de colaboración horizontal, donde se disuelve la delimitación entre el cliente que elige pasivamente entre las opciones del mercado y las empresas que ofrecen productos estandarizados.

Propuestas como UBER, AIRBNB o Taskrabbit o plataformas como Waze plantean una lógica del intercambio o de colaboración mutua que pone en jaque al capitalismo la empresa tal como lo conocemos. Para entender las perturbaciones que generan este tipo de propuestas valga recorrer la difícil, e incluso violenta, recepción de UBER en las ciudades donde se ha instalado.

Quizás el paradigma de esta nueva concepción socioeconómica sea la proliferación de criptomonedas (bitcoins), ese dinero digital, que no tiene aval del Estado y solo se sostiene por la credibilidad y el esfuerzo colaborativo de sus “mineros”.

El ciudadano digital no se ve como pasivo en la lógica de la sociedad capitalista, ya sea en sus aspectos económicos como políticos. La rebelión convocada por las redes sociales del movimiento Indignados de España, las manifestaciones por la educación pública en Chile o, finalmente, la revolución contra Mubarak en Egipto, movilizada en el ciberespacio e informada al mundo por Twitter, a pesar de los vanos intentos gubernamentales por evitarlo, da cuenta de un ciudadano que no se conforma con elegir a sus gobernantes sino que exige una legitimación continua.

Lo que se viene

Estamos a las puertas del internet de las cosas y de la inteligencia artificial. Nos tocará convivir con autos autónomos, drones que surquen nuestros cielos y robots que nos reemplacen en ciertas tareas. ¿Cómo será esa sociedad que está ante nuestras puertas?

Sobre el autor

Enrique Horacio Del Carril

Enrique Horacio Del Carril

Abogado y magíster en Derecho y Magistratura Judicial. Profesor de Derecho Constitucional, Filosofía del Derecho y Ética en la Universidad Austral, UCA y UBA. Director del Cuerpo de Investigaciones Judiciales del Ministerio Público Fiscal de la CABA.

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