En primera persona

De la esquina al trabajo

Los libros de economía, tradicionalmente, clasifican a la población como ocupada o desocupada. Y se enseña que estos últimos pueden ser los que no tienen trabajo circunstancialmente o los que llevan un tiempo intentándolo y no lo consiguen. Y hay otro grupo, niños, jubilados, amas de casa o estudiantes que no trabajan pecuniariamente por libre voluntad: están fuera del mercado laboral porque por el momento se dedican a otra tarea o han decidido retirarse. Sin embargo, existe otro grupo, sub representado en toda esta literatura económica tradicional, que es el grupo de la población que no trabaja porque no se encuentra en la tierra de nadie ocupacional: ni estudia (ya terminó el colegio o lo abandonó) y aún no está inmerso en la dinámica del trabajo.

El problema, que hace a este grupo vulnerable al extremo, es la duración de esta situación. Cuando el tiempo pasa y no se inserta en el mundo y la cultura del trabajo, se produce un círculo vicioso. El no trabajo lleva a ocupar el tiempo y las energías vitales en otras cosas y se aleja más la puerta del mundo del trabajo, que dignifica y promueve a los jóvenes, por sobre todo.

Eso lo vivió en carne propia Ignacio Zervino (47) un economista con orientación en políticas públicas y con vocación por la promoción humana en el barrio que recorrió y conoce como pocos: Bajo Boulogne, en San Isidro. “Siempre quisimos acompañar a jóvenes sin trabajo y con dificultades para conseguirlo y finalmente encontramos en este programa la posibilidad de hacerlo con el acompañamiento de los operadores barriales”, subraya “Nacho”. Cuenta que hicieron foco en los jóvenes de las esquinas, habitualmente identificados como jóvenes NI NI, porque ni estudian, ni trabajan. “A estos jóvenes se los suele visualizar como vagos que viven de planes y que, por lo tanto, son una carga, una molestia y hasta un peligro para la sociedad”, explica. Este programa es el proyecto “De la esquina al trabajo digno”, que en el seno de la diócesis de San Isidro lideran el P. Aníbal Filippini y justamente coordina Zervino.

En los tres años que lleva funcionando ya han acompañado a más de 100 jóvenes del barrio, de los cuales 60 están ya trabajando, otros 25 en cursos de formación y el resto en la etapa de acompañamiento. Un camino que no es fácil ni rápido y que precisa del acompañamiento del resto de la sociedad y en especial de empresas y empresarios que se involucren con esta oportunidad de poder dar. “Nosotros los visualizamos como víctimas de un sistema de organización política, social y económica, y como el triste fruto de la pobreza estructural” y destacando, sobre todo el consumo de drogas, producto del narcotráfico, que deteriora notablemente la vida de los jóvenes y que, con el alcoholismo, son el ámbito propicio para organizar el delito.   Pero también los moviliza el saber que hay un gran caudal de capacidad de trabajo y de habilidades desaprovechadas por el país porque están inactivas o poco valoradas. “Confiamos y creemos en las posibilidades de estos jóvenes”, enfatiza.

El problema clave es la falta de un proyecto de vida, por lo que se toma al trabajo digno como ocasión para desarrollarlo por su valor organizador de la vida en sociedad y lo que significa para la autoestima. Como estos jóvenes están en las esquinas donde se manejan con sus propias reglas que les impide la inserción en la sociedad hay que abordarlos con estrategias apropiadas que suponen una capacitación adecuada y continua. Es la mirada del vaso medio lleno: “tres ideas fuerza iluminan nuestro accionar en el abordaje a los jóvenes: vos podés hacer muchas cosas, ayudar a otros y ser feliz, frente al estigma introyectado de que no sirven para nada, de que viven de lo que reciben o roban y de que su vida es un fracaso y con futuro trágico”. Concluyente apuesta al optimismo.

Zervino explica que el perfil de los puestos es de tareas básicas, de operarios no calificados, aunque hay jóvenes que han demostrado mucha destreza en el aprendizaje de tareas de más complejidad. Y al final, llega el momento de la verdad: qué precisan de las personas que trabajan en empresas. “a) Que nos contacten donde sepan que necesiten empleados, en general operarios de baja calificación; b) que nos ayuden a conseguir fondos para solventar el trabajo del equipo y c) que nos hagan de embajadores y nos contacten con otros colegas y amigos, conocidos que trabajen en empresas”. Tres deseos para que los NI NI no sean solamente los que “NI son escuchados, NI comprendidos, NI valorados, y que su futuro está marcado por la letra C: calle, cárcel, cementerio. Nuestra propuesta es llevarlos a la V de vida digna”. Que así sea.

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Sobre el autor

Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Licenciado en Economía (UCA), Magister en Gestión de Empresas de Comunicación (U. de Navarra) y en Sociologa (UCA). Doctorando en curso en Ciencias de la Información.

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