Testimonio & Valores

Enrique Shaw amaba a sus obreros

Bernardo Bárcena
Escrito por Bernardo Bárcena

Partiendo de los conceptos de liderazgo impulsados por James Hunter, Bárcena nos invita a reflexionar sobre el valor del líder como servidor y sobre el profundo sentido que el cristianismo ha dado a la palabra agápe, entendida como el amor del comportamiento y la elección. El autor, como Hunter, nos propone aplicar este amor desde el líder hacia los colaboradores, rescatando el ejemplo de Enrique Shaw como un testimonio fiel de compromiso y entrega.

Evidentemente, el título de este artículo no pasa desapercibido. Resulta extraño pensar que un líder pueda amar a su gente. Podrá respetarla, apoyarla, guiarla, pero… ¿amarla?

Es líder quien debe servir

Hace unos quince años, cuando asomaba un nuevo siglo, James C. Hunter publicó lo que considero el mejor libro escrito sobre liderazgo, en el que desarrolla el concepto de “liderazgo servicial”. En él explica que, históricamente, y aún hoy en muchas empresas, los colaboradores están al servicio de sus jefes, los jefes al servicio de los gerentes, los gerentes al servicio de los directores y éstos al servicio del presidente o CEO de la empresa…. Pero todos ellos mirando hacia arriba y de espaldas al cliente.

James Hunter, en su best seller, explica que el sentido del servicio debe ser lo contrario. Es el presidente de la empresa quién deberá estar al servicio de sus directores, éstos deberán servir a los gerentes, éstos a los jefes y los jefes a sus colaboradores. Para que, de este modo, los colaboradores estén al servicio del cliente.

La misión de amar a los colaboradores, conocerlos, escucharlos y estar al servicio de sus necesidades genuinas para que quieran, sepan y puedan realizar sus tareas y así alcanzar los objetivos de la organización

Aclara, sin embargo, que al liderar se deberá estar al servicio de las necesidades genuinas de los colaboradores, y no de sus deseos o caprichos, procurando que:

  • Quieran (que estén motivados).
  • Sepan (que tengan la información y conocimientos necesarios para realizar su trabajo).
  • Puedan (que cuenten con los recursos, procesos, personal y tiempo suficiente).

De modo que es el líder quien debe servir. Esto es lo paradójico, y es por esto que el libro se llama La Paradoja.

En este sencillo relato John Daily, un hombre de negocios que ha fallado en su liderazgo como jefe, esposo y padre, aprende ciertos principios para el liderazgo eficiente que no son nuevos, no son complejos, ni requieren talento especial.

Basándose en el liderazgo de Jesús, Hunter afirma que dirigir consiste, paradójicamente, en servir a los demás. Un buen líder está pendiente de sus subordinados: atiende sus legítimas necesidades, les ayuda a lograr sus metas y aprovecha sus capacidades al máximo.

Incluso Hunter va más allá, propone amar a los colaboradores. En este sentido, indica que gran parte del Nuevo Testamento fue escrito originalmente en griego y que los griegos tenían distintas palabras para describir el polifacético fenómeno del amor.

Agápe, el amor del comportamiento y la elección

Una de esas palabras era eros, de la cual deriva la palabra «erótico», y significa el sentimiento fundado en la atracción sexual. Otra palabra griega para el amor era storgé, que es el afecto, en especial el que se siente hacia los miembros de la familia. Ni eros ni storgé aparecen en el Nuevo Testamento.

Otra palabra griega para el amor era filía, o el amor fraternal recíproco: ese amor condicional del tipo: «si tú me tratas bien, yo te trato bien». Filadelfia, la ciudad del amor fraterno, viene de la misma raíz. Finalmente, los griegos utilizaban el nombre agápe y su correspondiente verbo ágape para describir un amor de tipo incondicional, fundado en el comportamiento con los demás, independientemente de sus méritos. Es el amor de la elección deliberada.

Cuando Jesús habla de amor en el Nuevo Testamento, la palabra que aparece es agápe, el amor del comportamiento y la elección, no el amor de la emoción. Éste último es el amor que propone Hunter desde el líder hacia los colaboradores.

En definitiva: amar a los colaboradores (con el amor agápe), conocerlos, escucharlos y estar al servicio de sus necesidades genuinas para que quieran, sepan y puedan realizar sus tareas y así alcanzar los objetivos de la organización.

Quienes han conocido a Enrique Shaw testimonian:

  • “Durante más de siete años tuve conocimiento de muchos gestos suyos de amor, de generosidad sin alardes. Nadie que necesitara de él era desoído. Su palabra amable, su mano amiga, su ayuda material, siempre estaba al servicio de cada uno de sus empleados.
  • “Llegó una orden de Estados Unidos; se querían echar 120 obreros. Enrique preparó y firmó una nota en la que decía que, si se echaba una sola persona, él renunciaba. Corning lo llamó a Estados Unidos, y él pudo hablar muy bien dando explicaciones y no se echó a nadie. Lo que jugó fue su amor por los obreros”.
  • “En todo encuentro con un semejante, hallaba una ocasión de servicio”.

Dos mil años más tarde, Hunter pudo comprender el liderazgo de Jesús. Tal vez, cincuenta años después de la partida de Enrique Shaw, empecemos a comprender el título de este artículo.

Sobre el autor

Bernardo Bárcena

Bernardo Bárcena

Papá de Santiago y de Sol. Lic. en Administración UBA. Master of Business Administration (MBA) UCA. Doctorando en Administración UCA. Conferencista internacional. Cofundador y director en Experiencias Líderes.

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