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¡La bolsa o la corrupción!

¡La bolsa o la vida!

Esta expresión -cuyo origen desconozco y no he investigado para aclararlo aquí- parece referir a un dilema, a una disyuntiva forzada sin negociación posible: o me das tus pertenencias o te quedas sin vida.

Al pensar la corrupción como un robo, sucede lo mismo

Les propongo pensar la diferencia entre robo y corrupción como un dilema. Los dilemas tienen “cuernos” según dice el análisis lógico. Dos extremos que excluyen una tercera posibilidad.

Por un lado, encontramos la imagen colectiva de que la corrupción es como una especie de robo grande. Esa característica la convierte en algo excepcional, algo digno de filmarse en una película, un espectáculo que protagonizan algunos pocos.

Por otro lado, constatamos que esos pocos, se distinguen del resto, de nosotros. Al pensar la corrupción como un robo, nos es más fácil distinguirnos de ella, separamos de ella, jamás se nos presenta la oportunidad, ni siquiera nos roza.

Ellos, los que “revolean los bolsos”; el resto –nosotros- en la platea, observando lo que pasa en el escenario. Desde la oscuridad miramos a los que están bajo el foco (o las cámaras).

Es más – y lo que voy a decir es muy antipático- para algunos, esto es casi una ocasión de pecar con secreta envidia.

La corrupción como ausencia de ser

Les propongo otra mirada, también sobre lo indignante, pero sobre algo menos espectacular y mucho menos envidiable.

Y esto es, pensar la corrupción a través de la definición del mal…(¡pretenciosa afirmación!). El mal en la tradición del pensamiento cristiano se define como ausencia de bien. Es decir, así como la oscuridad es falta de luz y la ceguera es la falta de visión, el mal es la ausencia del bien.

¿Esta afirmación implica que el mal no existe? No. Por el contrario, afirma rotundamente que padecemos de forma muy real la falta del bien, la falta de verdad, la falta de justicia.

Lo que quiero subrayar, es que -bolsos aparte- el mal de la corrupción es por sobre todo ausencia de un bien que no se ha realizado, es el daño provocado por aquello que se ha omitido hacer. Es decir que el mal de la corrupción es ausencia de ser, es riqueza no creada, desarrollo no realizado, conocimiento no adquirido, salud no otorgada, justicia no restituida.

¿Roban pero hacen?

Por eso, insisto en no considerar la corrupción como un simple robo; es más, creo que eso conduce a algunos de los que “envidian” secretamente “los bolsos” a tranquilizarse con el “roban pero hacen”.

Por el contrario, sí consideramos la corrupción como una privación de ser, como ausencia de bien, nos resultará mucho más difícil dimensionarla, medirla, objetivarla.

La constatación trágica es que no sabremos nunca de ese bien que pudo haberse realizado.

Sobre el autor

María Marta Preziosa

María Marta Preziosa

Dra. en Filosofía por la Universidad de Navarra. MBA por IDEA. Programa de Investigación y Docencia en Ética y Empresa. Facultad de Ciencias Económicas, Pontificia Universidad Católica Argentina

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