En primera persona

“Lo que hicieron con el más pequeño, conmigo lo hicieron”

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Escrito por Portal Empresa

El sacerdote franciscano nos interpela acerca del mandato evangélico y profundamente humano de la opción preferencial por los pobres y la necesidad del encuentro con aquellos que nadie se vincula. Durante la entrevista, puntualiza que no podemos optar verdaderamente por Dios si no hay una opción verdadera por el pobre. En otras palabras: “la caridad bien entendida pasa por el que está caído al costado del camino”.

Fray Ramiro de la Serna ingresó en la Orden Franciscana a los 22 años. Fue formador de los religiosos jóvenes y luego Provincial de los franciscanos de la Provincia San Francisco Solano. Desde 2008 integra la fraternidad de la casa de jóvenes “Hermano Francisco” dedicada específicamente a la pastoral juvenil. Y forma parte de la Fundación Franciscana.

Conocí a Ramiro hace ya casi tres años, cuando participé de una misa en la Casa de Jóvenes “Hermano Francisco”, en la localidad de Moreno.

Allí pude además entender la vida de estos sencillos frailes quienes, bajo la guía del Santo de Asís, además de la asistencia espiritual a una gran cantidad de jóvenes que a lo largo del año pasan por la Casa, han entregado su vida a los más pobres. La Fundación Franciscana es justamente la expresión de presencia y acompañamiento social en el conurbano bonaerense compartiendo el compromiso con muchos jóvenes laicos.

Lo que en su momento fue una visita casi fortuita se convirtió en un hábito “necesario” de los domingos. La celebración de la misa es, por lo general, para un grupo más reducido que se acerca a compartirla. Esto nos permite disfrutarla casi como un regalo, compartiendo entre toda la resonancia que nos deja la Palabra que nos interpela acerca de nuestra misión como cristianos; participando de la eucaristía en sus dos especies: el pan y el vino. Y cada domingo, como una letanía, siempre presente la opción preferencial por los pobres.

En mi primer contacto con Fr. Ramiro de la Serna descubrí que mi padre llevaba la contabilidad de la empresa del suyo, noticia que nos envolvió en un sinfín de recuerdos.

Cálido y alegre, como profundo y directo en sus palabras, su energía y amor por lo que hace pareciera a veces desbordar su propia contextura física, más bien pequeña. Sus ocho años viviendo en Fuerte Apache lo han hecho conocedor de la realidad social de los más necesitados; lo reafirma en su empecinado peregrinar por una cultura del encuentro con los pobres.

Si comprendiéramos que están a nuestro cargo los que menos tienen, habríamos comprendido el mensaje del Evangelio

Este 2015 lo encuentra atravesando un año sabático en una ermita en Tafí del Valle, en Tucumán. La charla, entonces, se llevó a cabo en una de sus visitas a Buenos Aires para programar el lanzamiento de su próximo libro Desenterrando a Dios.

No podemos optar verdaderamente por Dios si no hay una opción verdadera por el pobre.

La opción preferencial de los pobres se presenta claramente como un mandato (por ello puede ser confuso llamarla opción) evangélico y existencialmente humano.

De allí que el modo que Jesús elige para ser hombre es la pobreza.

– Jesús era el único que podía elegir en qué cuna nacer. Y elige la pobreza, padres pobres, pueblito pobre, contexto pobre. En ese sentido digo que el modo de ser hombre que elige Jesús tiene que ver con la pobreza. Hay valores en los pobres que son esenciales al Reino de Dios.

El pobre pone en el centro a la persona, porque es lo único que tiene.

Nosotros ponemos en el centro nuestro tiempo, nuestras profesiones o “los nuestros” (ya que un modo de estar bien nosotros es cuidando que aquellos que tengo a mi cargo estén bien). Si comprendiéramos que están a nuestro cargo los que menos tienen, habríamos comprendido el mensaje del Evangelio.

Suelo decir que el refrán más “antievangélico” es el de que “la caridad bien entendida empieza por casa”. Jesús vivió y enseñó lo contrario. La caridad bien entendida pasa por el que está caído al costado del camino.

Juan Pablo II ha sostenido muy claramente en Sollicitudo rei socialis que la santidad del hombre de hoy pasa indiscutiblemente por una opción por los pobres. ¿Cómo nos interpela esta afirmación?

Has subrayado que la madurez humana se alcanza cuando la vida puede vivirse en clave de entrega. ¿Pudieras profundizar en este punto?

– Todo nos ha sido dado de una manera sobreabundante, nos toca restituirlo. El hombre suele ser esclavo de lo que guarda y dueño de lo que es capaz de entregar.

Estamos llamados a dar la vida. Ese es el modo de ser y de vivir de Jesús. Que critica a los que dieron de los que les sobraba y elogia a la pobre viuda que entrega todo lo que tenía para vivir.

Seguimos pensando que la “virtud está en el justo medio” cuando evangélicamente se nos invita a los extremos. Amar y entregarnos hasta dar la vida. “Tanto amó Dios al mundo que los amó hasta el extremo”.

Creemos que el Evangelio es un mensaje de plenitud, de verdadera humanización. Los valores, los modos del Evangelio son los caminos y las pautas para la madurez, para la plenitud (al menos para nosotros que nos decimos cristianos).

Buscamos madurez y plenitud cocinando con otros ingredientes; son recetas que terminan intoxicándonos…

Pero nadie puede entregar su vida si primero no la tiene en sus manos.

– Nadie puede dar lo que no tiene. Solo el que tiene la vida en sus manos, con libertad, con verdadero conocimiento de sí, de sus dones, de sus valores, puede hacer el proceso y el ejercicio de darse.

El primer gran talento, don, que tenemos para dar es a nosotros mismos.

El mundo actual nos encuentra muchas veces como carentes de toda noción de relieve, en un solo plano conjugamos el tener, el parecer y el ser…

Podemos entender esta afirmación en su mayor hondura si tomamos conciencia que es el modo de Jesús, de vivir y de obrar. El mensaje del Evangelio es claro en este sentido. El Cap. 25 del Evangelio de San Mateo lo expresa sintéticamente: “Lo que hicieron con el más pequeño, conmigo lo hicieron”

– Continuamente escuchamos que vivimos en el mundo de la imagen, que las palabras han perdido valor y contenido. Algo de ello es verdad.

Dramáticamente vivimos en un mundo donde el cuidado de nuestra imagen (corporal, social, empresarial) termina siendo casi una cuestión idolátrica. A ella dedicamos muchos de nuestros esfuerzos y muchas de nuestras energías. No pocas veces termina siendo el centro motivacional de nuestras acciones.

Incluso dentro de las cosas buenas, de los valores, existe una escala de prioridades. En el Evangelio este valor supremo es: “Que todos tengan vida, y vida en abundancia”, que nadie quede encerrado en la muerte.

Para el hombre de empresa, la cuestión de los bienes es un tema sensible. Bajo la mirada cristiana, ¿qué conlleva en nuestra concepción y acción la diferenciación entre ser “dueños” o “administradores” de los bienes recibidos?

-Estamos acostumbrados a ubicarnos como dueños de lo que poseemos, de lo que generamos. Muchas de nuestras argumentaciones defensivas tienen este concepto como eje central: “yo todo lo que tengo lo hice trabajando”, “nadie me regaló nada”.

Conozco cientos de personas que trabajan diez, doce, horas diarias, en trabajos indignos, y sobre exigidos, que no pueden adquirir ni lo básico para su subsistencia con el fruto de sus trabajos.

¿Por qué mi trabajo puede generar tanto y el trabajo de ellos tan poco?

La doctrina social de la Iglesia (Evangelio e Iglesia en la cual creemos libremente) nos dice que lo que tenemos de más no es nuestro, es de aquel que lo necesita. Lo que nos ubica en el lugar que si a otro le falta, somos malos administradores, y si nos hemos adueñado, somos ladrones.

Hay un cierto prejuicio en algunos sectores del clero en considerar como indignos a los beneficios económicos. Uno podría preguntarse: si las ganancias son moralmente sospechosas, entonces ¿las pérdidas son más éticas? El tema, en realidad, pasaría por dilucidar la naturaleza de las ganancias y las pérdidas.

La primera actitud pastoral, evangelizadora, no es el anuncio sino la escucha. Esto nos permite saber, desde el otro, donde él está realmente

– La riqueza no es un pecado, por ende, tampoco las ganancias. Pero el Señor en el Evangelio muchas veces nos advierte contra la riqueza y nos invita a estar alertas ya que ella es un gran obstáculo o una dificultad para el Reino.

Ganar dinero no es malo. Los beneficios económicos son un fin lógico de todo trabajo. Sin embargo, la riqueza tiene como gran finalidad (evangélica) ser compartida. Soy rico para compartir, nunca para derrochar o para adueñarme egoístamente de los beneficios obtenidos.

El dirigente de empresa tiene mucho por hacer…

– Ciertamente. Así como usamos la creatividad y la capacidad intelectual para generar mayor riqueza o ganancias, del mismo modo debemos aplicar estas potencialidades para poder acercarnos a la gente y lograr que viva mejor. Y de manera especial, generar alternativas para encontrarnos con los hermanos más pobres.

No creo que el fin de una empresa pueda reducirse a ganar dinero, a su rentabilidad económica (aunque ella sea esencial para continuar su camino). Podemos pensar en que el fin de cada empresa es el Bien Común, concreto, real. No solo el bien de los inversores, dueños o accionistas.

Vuelvo a rescatar tus palabras: no hay plenitud sin encuentro existencial con los más pequeños.

– La síntesis de la fe es el vínculo. Si creemos, como dice el Evangelio de San Juan, que Dios es amor, creer y amar son “cuasi sinónimos”.

Si creo me vinculo con Dios, con los otros, conmigo. Hay un vínculo privilegiado con aquellos que nadie se vincula, con los pequeños, con los que socialmente no cuentan.

“El encuentro transforma y dignifica nuestras pobrezas; las de todos, las mías, las de los pequeños”.

Descubrir que nuestra mayor riqueza no son los bienes sino nuestra persona. Por eso lo importante es compartir primero la persona, ser capaz de encontrarme, escucharnos, acompañarnos.

Aplicado a la empresa es entender que el otro, sin importar jerarquías o responsabilidades, es igual a uno. De allí el valor del diálogo, de la escucha, de un mayor vínculo personal.

Los beneficios económicos son un fin lógico de todo trabajo. Sin embargo la riqueza tiene como gran finalidad (evangélica) ser compartida. Soy rico para compartir, nunca para derrochar o para adueñarme egoístamente de los beneficios obtenidos.

– Creo que la primera actitud pastoral, evangelizadora, no es el anuncio sino la escucha. Esto nos permite saber desde el otro donde él está realmente. No presuponer, no dar respuestas que no necesita y que yo imagino como buenas.

Comprender que el otro es igual a mí no es solo la actitud “revolucionaria” de aquel que hace comer a la empleada doméstica en el comedor diario, con la familia. Es considerar que los derechos del otro, su dignidad, es también una cuestión de responsabilidad personal. “¿Caín, dónde está tu hermano?”, pregunta el Señor. A lo que él responde intentando lavarse las manos: “¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?”. (¿Me tengo que ocupar yo de él?, podríamos decir. Sí, es la respuesta de la fe).

Lo que no podemos, es permanecer indiferente al sufrimiento o a las necesidades de los que están a nuestro lado. Podremos no tener todas las respuestas, no se nos pide eso, pero no podemos no dar una respuesta, la que esté a nuestro alcance real.

Este afán de generar alternativas de encuentro con los más pobres se contrapone con no divulgar las estadísticas. Tratar de ocultarla es una de las formas de ser indiferentes.

– Es verdad que conocer la realidad en toda su verdad y magnitud me permite responsabilizarme más de ella. Pero no es el tema central establecer el número de pobres, sino ocuparnos de ellos. No sé si muchos de los que se quejan de que no hay una estadística de pobreza lo hacen porque quieren acrecentar su responsabilidad social.

La estigmatización no viene tampoco por que se sepa el número estadístico. Se estigmatiza cuando se criminaliza (“Si sos de Fuerte Apache no te doy trabajo, porque seguro me traerá problemas, o no sé quién sos”). Se estigmatiza cuando no se sale al encuentro, cuando el hermano pobre me genera temores aun antes de conocerlo.

La indiferencia es una actitud del corazón, con o sin estadísticas. Los países con mejores mediciones no por ello son los más solidarios.

Esta indiferencia que muchas veces repetimos forma parte de nuestras propias sombras. ¿Cómo infundir esperanza en aquellos tiempos de no tanta claridad?

– Nuestra vida (la historia) está llena de luces y sombras, de días y noches, de alegrías y tristezas, de cosas que salen bien y cosas que salen más. Pero siempre la sombra señala la presencia de la luz. En clave creyente, señala la vida de Dios en la historia, dentro nuestro.

Somos hijos de un Dios resucitador. Nunca la muerte, la oscuridad, el pecado, tendrán la última palabra en la vida de los hombres. Él se encargará de que esto no suceda. Así como resucitó a su hijo, resucitará toda historia. En él mientras tanto, confía en que los que hemos escuchado las palabras de su Hijo, el Evangelio. Resucitemos a los que están muertos por la pobreza y el dolor, bajemos de la cruz a los hombres que están crucificados. Dios no hará lo que podemos hacer nosotros, por confianza en nosotros, por esperanza en nosotros.

Solo el que tiene la vida entre sus manos, con libertad, con verdadero conocimiento de sí, de sus dones, de sus valores, puede hacer el proceso y el ejercicio de darse

¿POR QUÉ DESENTERRAR A DIOS?

Es una metáfora que quiere despertarnos. Muchas veces no gozamos de Dios, ni permitimos que otros gocen de Él, porque lo tenemos enterrado bajo capas de “cumplimientos, de falsas imágenes, de sacrificios e instituciones”. Dios está vivo en nuestras vidas. El libro presenta una serie de cartas que intentan acompañar el camino de la búsqueda y de la fe, del que desea creer. Cinco temas, cada uno con tres cartas. Creer, Buscar, entre luces y sombras, eucarísticamente, con Francisco y los más pobres.

Como decíamos anteriormente, cuando hablábamos de las ganancias y decíamos que hay que cambiar de lógica, te recuerdo que todo (“todo”) lo recaudado por la venta de este libro va destinado a acompañar el sostenimiento ordinario de la Fundación Franciscana. (www.fundacionfranciscana.org)

Fr. Ramiro de la Serna

Eduardo Otsubo

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