Management & Capital Humano

Nuestros valores en la gestión de las organizaciones

Marisol Cuadrado
Escrito por Marisol Cuadrado

En nuestra cultura de hoy, “según Orwell: decir la verdad es un acto revolucionario” (Almagro, 2015), hemos confundido progreso con velocidad, nos aferramos a un estilo de vida que nos hace abandonar la propia utopía y olvidar el valor supremo de nuestra propia existencia.

Luigino Bruni (Bruni, 2015) sostiene que cultivar la vida interior y las virtudes impacta positivamente en nuestras decisiones económicas con motivaciones buenas. Lo que es vital para nuestra felicidad son nuestras motivaciones intrínsecas, guían nuestras decisiones y acciones; cultivarnos a nosotros mismos ‘en relación a toda la sociedad’. Propuesta que tiene mucho que ver con filosofía africana ‘Ubuntu’: “yo soy porque nosotros somos”.

Algunas de las pasiones colectivas visibles de estos tiempos, son las del miedo, la inseguridad; y el individualismo. Las encontramos en la cultura que producen y difunden las empresas globales; las cuales exaltan y potencian, los valores del individuo y sus pasiones. En pocas décadas, han pasado de ser el lugar de explotación y alienación a ser referentes de excelencia y desarrollo humano. Su cultura nos está invadiendo. Las categorías, el lenguaje, los valores y las virtudes están creando y difundiendo una gramática universal con la que describir y producir todas las historias individuales y colectivas ‘de éxito’. Con el fin de seguir produciendo riqueza y beneficios, se han preparado para crear ellas mismas los valores y virtudes que necesitan para vivir. Son la reelaboración y adaptación de antiguas prácticas, instrumentos y principios, orientados a los fines de la empresa postmoderna (Bruni, 2015).

Luigino Bruni en sus conferencias siempre desafía al público preguntando si las actividades de mercado y las empresas pueden definirse como “no egoístas”. El lo cree posible y sostiene que si se cultivan las virtudes, el beneficio recíproco puede prevalecer en el mercado por encima de los intereses personales. Entre estas virtudes encontramos la confianza, la independencia, la autonomía, el reconocimiento de que el esfuerzo no siempre será recompensado, y la responsabilidad por las propias decisiones con independencia de los resultados.

Desde el comienzo de la historia, hay virtudes esenciales para la formación del buen carácter de las personas, que son anteriores a las virtudes económicas y empresariales. Algunas como la mansedumbre, la humildad, la misericordia, la generosidad, la hospitalidad, cuando están presentes, permiten que también las económicas funcionen. La economía siempre las ha necesitado.

Hasta hace unas décadas, las fábricas y otros centros de trabajo utilizaban el patrimonio de virtudes y valores que se formaban en la sociedad civil, en la política, en las iglesias, en las cooperativas, en la escuela y sobre todo en la familia. En estos lugares no económicos, regidos por principios y leyes distintas a las de las empresas y el mercado, se formaban y reformaban el carácter y las virtudes de las personas, que, dentro de las empresas, transformaban sus capitales personales en recursos productivos, empresariales y laborales. Además del inmenso patrimonio representado por las mujeres (madres, hijas, esposas) que dentro de casa formaban, amaban, cuidaban y regeneraban cada día a los muchachos y hombres que, cuando ingresaban al trabajo, llevaban con ellos esas esencias femeninas, invisibles pero muy reales, que ofrecían y daban a las empresas servicios de un valor altísimo, también económico, a costo cero para la empresa.

Sin embargo están poco visibles en el mundo de los negocios. Las más visibles son eficiencia, excelencia y competitividad, palabras y virtudes que están trascendiendo su propio lugar y han culturalizando toda la vida social incluso la política, sanidad y educación. Mérito, eficiencia, competitividad, liderazgo, innovación son casi las únicas palabras buenas de toda la vida en común.

A falta de otros lugares fuertes, capaces de producir otra cultura y otros valores, las virtudes de las empresas se presentan como las únicas que hay que reconocer y cultivar desde la infancia. A pesar de que se puede vivir sin ser eficientes ni particularmente competitivos aunque sin generosidad, esperanza y mansedumbre se vive muy mal, a veces incluso no se vive.

Las empresas hacen muchas cosas buenas, pero no pueden ni deben engendrar todos los valores sociales ni todo el bien común. Para vivir bien hace falta crear otro valor distinto al económico. Existen otros valores, que no son de su exclusividad, y el bien común es mayor que el que se genera en la esfera económica.

Al contemplar la realidad vemos que en el ámbito educativo, en el voluntariado, en la economía social e incluso en algunos movimientos católicos e iglesias, las virtudes económicas progresivamente han reemplazando a las demás, entre otras cosas, porque la cultura empresarial global presenta algunas de estas virtudes como vicios (por ejemplo, la bondad, la misericordia, etc) (Bruni, 2015). La lógica y los valores de la empresa (mérito, incentivos, competencia) globalmente están ocupando otros ámbitos por ejemplo en la educación; los directores, profesores y estudiantes son valorados y formados según los valores de esta otra lógica. Así, aplicamos la eficiencia, los incentivos y el mérito también a la educación de nuestros hijos y en nuestras amistades.

Si nos preguntamos quienes son los responsables de este reduccionismo no son solo, ni tal vez en primer lugar las empresas, las consultoras globales o las escuelas de negocios, que son los principales actores de esta mono-cultura. También una responsabilidad objetiva le corresponde a la sociedad civil, que ya no logra crear suficientes lugares extra-económicos capaces de generar en los jóvenes y en las demás personas otras virtudes distintas a las económicas.

Personalmente, estoy convencida que lograremos alcanzar este desafío de recuperar nuestras virtudes no económicas o de que las mismas trasciendan las económicas, si logramos cultivar nuestra vida interior, encontrarnos con nosotros mismos con la trascendencia que nos habita y a partir de nuestra aceptación podremos valorarnos y vivir comunitariamente nuestra creatividad, nuestras virtudes esenciales, las que están en nuestra identidad.

Ante esta realidad, Bruni, plantea: ¿Qué hacemos con los que no tienen méritos? ¿Y con los que no son excelentes? En los mercados, el que no es competitivo sale; en las empresas de éxito ‘el que no crece queda fuera.

Si la esfera económica invade la vida social, ¿hacia dónde ‘saldrán’ los perdedores? ¿quién acogerá a los que no crecen o crecen de una forma poco relevante para los indicadores de la gestión empresarial? El único escenario posible sería la construcción de una ‘sociedad del descarte’. Somos personas con dignidad incluso aunque no tengamos méritos, aunque seamos ineficientes y no competitivos. Como dice el Papa Francisco, “no a una economía de la exclusión y la inequidad; esa economía mata. Los trabajadores necesitan virtudes económicas y empresariales distintas.

Sólo reconociendo humildemente que los talentos más valiosos que poseo no son fruto de mis méritos, sino puro don (charis), puedo reconocer mis verdaderos méritos y los de los demás.

Las virtudes florecen si son más grandes y más libres que nuestros objetivos, por muy nobles y grandes que éstos sean. Cuando los bosques caen, alguien debe empezar a plantar árboles. El árbol de la economía sólo crecerá bien si tiene a su lado a todos los demás árboles del bosque. Creo que tenemos que volver a nuestros orígenes a regalarnos momentos de cultivar nuestra interioridad, de compartir en comunidad y de regresar a la sociedad para fortalecer nuestra participación y compromiso; con el fin de alcanzar una sociedad más justa y fraterna.

Bibliografía:

Almagro, Juan José. Honoris Causa Universidad Católica de Córdoba, Noviembre de 2015
Bruni, Luigino. Los valores no se pueden fabricar. Hay que entender los desafíos. Publicado en Avvenire el 26/07/2015. Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 53

Sobre el autor

Marisol Cuadrado

Marisol Cuadrado

Contadora con postgrado en Administración (UBA), diplomada en Doctrina Social de la Iglesia con Orientación en Liderazgo Público y acompañamiento de procesos comunitarios. Participa de Economía de Comunión.

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