En primera persona

A los maestros, con cariño

“No faltan ejemplos de acciones solidarias a favor de los más necesitados realizadas por el personal de las empresas, clínicas, universidades u otras comunidades de trabajo o de estudio. Esto debería ser un modo habitual de actuar, fruto de profundas convicciones por parte de todos, evitando que se convierta en una actividad ocasional para calmar la conciencia o, peor aún, en un medio para obtener un rédito publicitario”.

Las palabras del Papa Francisco, en su discurso inaugural del Conferencia Internacional: “Los líderes de negocios como agentes de inclusión económica y social”, organizada por el Pontificio Consejo de Justicia y Paz (PCJP) y la Unión Internacional Cristiana de Dirigentes de Empresa (UNIAPAC), en noviembre pasado, no podrían haber sido más adecuadas para oficiar de hoja de ruta para el empresario que intenta conciliar su rol de dirigente con la atención a lo que ocurre puertas afuera de su empresa.

La radiografía de una sociedad como la argentina, que supo ser una próspera alternativa de vida para muchos inmigrantes, con indicadores sociales y económicos que eran la envidia de los países más civilizados del mundo, hoy no puede ser más contrastante. Con casi un tercio de la población sumidos en la pobreza (y la mitad de los niños), con menos de la mitad de los chicos que empiezan el colegio que logran terminarlo y sólo la octava parte pueden mostrar años más tarde un título terciario o universitario; la sensación de materia pendiente en el campo de la educación es un grito en el desierto. Justo en momentos en que la revolución tecnológica se asienta en los pilares de la innovación permanente y la adaptación al cambio dividen aguas entre los que logran salir adelante y los que sólo subsistirán circunstancialmente o por protecciones que saben conseguir los “expertos en mercados regulados”.

Otro de las preocupaciones del empresario de a pie debería ser el progreso social del medio que lo circunda: no sólo de la proximidad evidente de su zona de influencia (el barrio o el pueblo en el que se halla la planta; las familias de los colaboradores y pequeños proveedores) sino también de algo más mediato pero no por ello menos importantes: la educación de los niños que el día de mañana constituirán el núcleo de stakeholders al que la corporación moderna intenta vincularse permanentemente.

La educación formal no es suficiente, pero si es necesaria para ir cultivando los valores inherentes a un buen ciudadano y mejor trabajador. Establecer el límite de la sensibilidad del empresario en la puerta de su compañía en una sociedad con tanta fragmentación es una apuesta a largo plazo a que alguien alguna vez lo resolverá. Aunque, como ironizaba John M. Keynes, para entonces estaremos todos muertos. El otro camino es poner los talentos empresarios también al servicio de la ciudadanía, eligiendo la educación de los más vulnerables como primer motor de todos los desvelos.

Y en épocas de posverdades, manipulaciones y mentiras organizadas, la mejor forma de influir es con el ejemplo. Por eso, queríamos mostrar los testimonios personales de empresarios que decidieron involucrarse en la gestión o la planificación educativa como forma de contribuir a lograr una sociedad más justa, una en la que puedan depositar las esperanzas que dejarán un mundo mejor que el que encontraron. Personas que sin descuidar el bottom line de su negocio le aportan pasión y se involucran en cuerpo y alma a esta obsesión por “educar al soberano”. Compartamos su punto de vista y sus propias vivencias, como un tributo necesario.

Este artículo forma parte de la serie Especial Educación.

Sobre el autor

Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Licenciado en Economía (UCA), Magister en Gestión de Empresas de Comunicación (U. de Navarra) y en Sociologa (UCA). Doctorando en curso en Ciencias de la Información.

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