Testimonio & Valores

El silencio moral y el habla del sentido común

“No nada hay en el cielo inteligible”
Jean Paul Sartre, 1946

La apelación al sentido común es, valga la redundancia, un lugar común. Algunas veces, se recurre a él para moderar una discusión, otras veces, para finalizarla. Qué mejor remate para un tema áspero que sentenciar -con fastidio-:

-“¡Esto es tan de sentido común! ¿Para qué seguir hablándolo? “

Parece que el primero que definió el sentido común fue el filósofo escocés Thomas Reid (1710–1796). Reid consideraba que el sentido común es un conjunto de verdades intuitivas y evidentes en los que todo hombre -educado o no educado- se puede desempeñar como un “juez competente”. Reid afirmaba que el sentido común es dado a los hombres por el autor de la naturaleza (The Autor of Nature) y sus juicios se sostienen a través de los siglos.

La ética no es de sentido común

Hoy, aquí y allá no se suele recurrir a la naturaleza y a sus leyes como criterio para juzgar la realidad y muy poco se apela a su autor como fundamento de alguna verdad. Hoy, aquí y allá cuando se apela al sentido común, lo que aparece es la forma privada de ver el mundo. Es decir, hoy el sentido común solo denota el mundo del que habla.

El filósofo alemán Max Scheler (1874-1928) decía que los animales tienen “mundo circundante” (Umwelt). Como tu mascota que conoce tu jardín y los ladridos de los vecinos de la cuadra. El hombre en cambio, decía Scheler, tiene “mundo” (Welt).

El hombre “con mundo” vive más plenamente lo que lo hace hombre e intenta –como diría Sartre- estar “en posesión de lo que es”. El hombre sale de su mundo circundante y reconociendo las voces de los de su misma especie, puede hacerse responsable no solo de su individualidad, sino de la de todos los hombres. El hombre esforzado en esta responsabilidad humanista descubre la angustia, quizás el sinsentido, pero sobre todo descubre la pena de que ya no exista un cielo de valores a los cuales aferrarse (Jean Paul Sartre, 1905-1980).

Enmascarada la pena, enterrada por el consumo de personas y cosas, parece que hoy el sentido común ya no tiene mundo. Hoy, el sentido común se acomodó en el patio trasero. Hoy, en nuestros lares, el sentido común se retrajo a una gran piscina de afectos cercanos y “un mate lleno de infelices ilusiones” (Julio Sosa, 1920). Hoy el sentido común ya no tiene mundo, sino que se acomodó en la inmediatez de la noticia, se escondió en los ensordecedores monólogos de los auriculares, se resbaló en la superficie de los black mirrors.

En una columna anterior, llamada la ética de Papá Noel prometí discutir algunas afirmaciones o “creencias” que conducen a una especie de miopía en el mundo laboral. Una de ellas es la que afirma, sin más, que “la ética es de sentido común”.

La ética ya no es patrimonio común. La ética ya no es el imperativo de una humanidad responsable por todos los hombres, ya no es el impulso vital de una persona en camino hacia la posesión de sí mismo, ya no es la cosmovisión anhelada por un humanismo confiado en las leyes de la naturaleza, ni la de una especie apenada por un cielo apagado.

El silencio moral

En 1989, California Management Review publicó un artículo con un maravilloso título “The Moral Muteness of Managers”. El texto, muy actual, afirma que los managers no suelen hablar de ética porque consideran que hablar públicamente de estas cuestiones en la empresa puede llevar a confrontaciones. Según Bird y Waters (1989), hablar de ética en la empresa puede ser ineficiente, puede conducir a culpabilizar a la gente y a habilitar las quejas. Dado el esquema de autoridad de las organizaciones, muchos sobre-entienden que no es necesario discutir qué hacer sobre ciertas cuestiones. Para eso está la cadena de mando.

Sin embargo, los autores afirman que “no hablar” conduce a un aumento significativo del estrés por el fenómeno que denominan “silencio moral”. Si lo de Bird y Waters está vigente en nuestras organizaciones y de ciertos temas no se habla, no se puede dar por sentado que las cuestiones de ética son “de sentido común”.

Una anécdota que siempre relato en clase y que se dio en el contexto de una capacitación en ética y compliance en una filial de una multinacional es significativa. Un empleado del área de compras hizo una magnífica pregunta hacia el final del taller, en el que se había explicado la política de integridad de la compañía. Estaban presentes el director de RR.HH. y el jefe de capacitación.

-“¿Por qué, si tengo la suerte de trabajar en compras, no puedo quedarme con una PC que me regala el proveedor? “

Silencio atronador. Fue así, valiente y desubicado, fresco y oportuno. Lo importante: la capacitación surtía efecto porque ponía en duda algunas creencias instaladas. Lo difícil: ¿qué entendía aquel empleado de compras acerca de su puesto de trabajo?

¿Sentido común? No.

En este tipo de discusiones que se dan en aulas y talleres con profesionales que trabajan en empresas es posible advertir que quienes se expresan no siempre tienen “a la mano” vocabulario preciso y específico para la cuestiones de ética. Me refiero al vocabulario, no a las acciones. Por ejemplo, se dice “no me cierra”, “no me gusta”, “yo no lo haría” y a veces “es ilegal” (aunque no lo sea). Casi nunca surge el “es injusto por tal motivo”, “está mal por tal cosa”, o “es falso “o “provoca un daño”.

Arriesgando alguna explicación, quizás algunos no se animan a afirmarlo para evitar que inmediatamente otro argentino le diga:

– “Pará, pará….¿ quién sos vos para decir que esto está bien o está mal?”

Al que piense que no, que la ética es de sentido común lo desafío a entablar una discusión sobre un tema ríspido en la empresa donde trabaja. Allí constatará qué poco hay de común o verá cómo el tema se deriva rápidamente. No estamos habituados a ponerlo en argumentos. Lo ético, la capacidad de distinguir si algo está bien o está mal, se considera algo tan privado y tan subjetivo que no se lo discute cuando se aplica a algo que nos compete a varios en una organización.

De eso no se habla

Los mismos que dicen que la ética es de sentido común, suelen decir que los códigos de ética y la capacitación en compliance no sirven para nada. Eso podría ser verdad, si la empresa lo hace para cumplir o por imagen. Sin embargo, si se los considera una oportunidad para un cambio cultural, vale mucho la pena. Hablando, dialogando, discutiendo alternativas se logra rescatar la buena disposición de muchos a actuar bien e identificar aspectos objetivos y comunes a todos, se logra comprender que las normas protegen algo y afectar las motivaciones personales.

La capacitación en ética y compliance debe apuntar al sentido más que a la prohibición. Debe apuntar a formar competencias, es decir, a formar la capacidad verbal y moral de plantear, discutir, dudar y decidir acerca de qué hacer en algunas situaciones poco claras o claras pero tentadoras.

-“Si el límite para recibir regalos es de 100 dólares, ¿puedo recibir dos regalos de 99?

¿Sentido común? No.

Vení, contame, hablémoslo.

Sobre el autor

María Marta Preziosa

María Marta Preziosa

Dra. en Filosofía por la Universidad de Navarra. MBA por IDEA. Programa de Investigación y Docencia en Ética y Empresa. Facultad de Ciencias Económicas, Pontificia Universidad Católica Argentina

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