Testimonio & Valores

La ética de Papá Noel

Warning: La ironía del título es sobre el Papá Noel-comercial

La verdad es que la ironía siempre me surge del cansancio (y de alguna otra cosa probablemente). Pero no siempre me es posible expresar el motivo en el medio de una discusión. En este caso me refiero al cansancio que me produce escuchar algunas afirmaciones -dichas seguramente con la mejor buena voluntad- pero que, en mi opinión, consolidan una especie de miopía ética. Es decir, una falta de visión del alcance de las cuestiones éticas. Va para ello este texto, hecho cierto sarcasmo, pero también con buena voluntad.

Ética ocupacional

Observo en las discusiones éticas que surgen sobre el mundo laboral, un cierto discurso que clausura posibilidades de cambio. Por “mundo laboral” me refiero al amplio espacio de lo profesional-organizacional-empresarial-o-de-la-gestión (pública o privada) y que aquí llamaré el mundo de las ocupaciones y, a su reflexión moral, ética de las ocupaciones (l’éthique des affaires en francés, etica degli affari, en italiano, business ethics en inglés).

Algunos ejemplos de ese discurso -que interpreto clausuran la libertad personal- son tres afirmaciones que dicen más o menos así: “la ética se aprende en la familia”, “la ética es de sentido común” y “ética es dar un buen ejemplo”. Me pelearé aquí con la primera por una cuestión de apasionamiento (que provoca tanto el cansancio como la buena voluntad) y de espacio. Espero poder hacer más adelante sendas columnas para las otras.

¿La ética se aprende en la familia? Mi respuesta es más “no” que “sí”. Y digo “no”, no porque sea fácil de observar que ello depende de cual sea la familia en la que hayas crecido y de los ejemplos que hayas recibido. Esa observación, no ameritaría un texto.

La relevancia de hacer esta aclaración está dada por un lado, por los tiempos en que vivimos en los que se observa cierto consenso acerca de la necesidad de un cambio cultural que favorezca la reducción de altos niveles de corrupción sostenidos localmente desde hace muchos, pero muchos años. Por otro lado, porque creo que a veces pareciera que perdemos la punta del ovillo.

Lo primero es la familia, pero no lo último

Sin dudarlo, subrayamos la importancia de la educación familiar en la infancia y en la adolescencia. Según sea el entorno familiar y sus condiciones -culturales, económicas o sociales- sus valores dejan -por acción o por omisión- una honda huella, tanto en la familia de Don Corleone como en la tuya o la mía.

Sin embargo, algo comienza a cambiar cuando se inicia el camino personal hacia la conquista de una cierta autonomía y de la madurez. Este inicio puede darse en distintos momentos de la vida, para algunos antes que para otros. Con pasos propios (y no ya atribuibles a la familia) se va consolidando una persona capaz de realizar un trabajo y sostenerlo en el tiempo, de adquirir y perfeccionar nuevas capacidades, de guiar su propio aprendizaje y de hacerse un lugar en el mundo de las ocupaciones. En ese continuo de pasos personales se da un no-siempre-consciente aprendizaje ético y se va desarrollando una identidad ético-ocupacional.

¿Qué es lo que se aprende en el mundo de las ocupaciones que difiere de lo que se aprende en un mundo familiar relativamente sano? Allí, afuera, se aprende a sobrevivir. Cuando alguien comete una falta de ética ocupacional casi siempre lo justifica en nombre de la supervivencia. Se dice a sí mismo: “estoy haciendo lo necesario para parar la olla”, o bien “para salvar a la empresa” o también “si no hago esto, me echan”, etc. Sea un plomero, un contador, un trapito, un gerente, un comerciante, un médico, un taxista, un empresario, un jefe de compras, un funcionario público, un bancario, casi siempre se utiliza la misma racionalización (o justificación) de la acción no ética o ilegal: estoy sobreviviendo.

Por eso, la ética ocupacional se aprende principalmente en aquel lugar donde se halla un espacio para la multiforme supervivencia: el puesto, el contrato, la consultoría, el comercio, el negocio, el empleo, la changa, la empresa, el laburo, el cargo. Los criterios éticos para el comportamiento ocupacional puede ser que se hayan gestado en los valores y ejemplos familiares, pero se ponen a prueba tanto en la intención de sobrevivir, como en la de ganar autonomía. Ni los hijos de Don Corleone son o actúan como él.

Fundar nuestra conducta en el ejemplo que nos dieron o en lo aprendido en la familia per se es una afirmación existencial indiscutible. Somos, gracias a Dios y gracias a ellos. Sin embargo, cuando el adulto recurre solamente al pasado personal para justificar sus acciones, esta retrospectiva puede ser ocasión de una miopía en relación al futuro. ¿Por qué? porque al encontrar dentro de si las huellas del pasado lejano, quizás no está observando las huellas de sus propias decisiones, aquellas que tomó a los 20, a los 30, a los 40 años de edad. Es decir, mira al niño que fue y no al varón o mujer en que se ha convertido gracias a sus decisiones.

La ética es cosa de adultos

Es posible observar que, aún gente adulta, suele identificar ética con “portarse bien”, un concepto incluido en el discurso parental. Por ejemplo, el domingo pasado tuve la ocasión de escuchar al conductor de un programa periodístico que, denunciando un supuesto dinero off-shore de un ministro, argumentaba: “no decir la verdad es de mala educación”. Es decir, una cuestión de ética-ocupacional-de un funcionario público se verbaliza con mismo lenguaje dirigido al niño “maleducado”: no grites, no corras, bajá los pies de la silla, saludá, no mientas.

Asimismo, es posible observar que algunas veces el discurso de los beneficios de “ser educado” está acompañado de una recompensa de la vida, de un bumerang de buenas ondas, de un karma que conspira con el universo a favor de tus deseos y de un papanoel que te premiará a fin de año cumpliendo una especie de “ley” que prescribe: si te portás bien, te va bien.

Las derivaciones que extraigo de esta forma de pensar son varias. Por un lado está la cuestión de que la motivación de la conducta está puesta “fuera” de quien decide, en la supuesta recompensa que está llegando en trineo o en la posibilidad del “castigo”. Al estar la motivación afuera de uno mismo, no está centrada en objetos valiosos y elegidos por sí mismos. Por otro lado, están las consecuencias del posible desencanto. Al ver que ese papanoel-karma-bumerang no llega, aumenta la fatiga y todo te empieza a dar lo mismo.

Etica en el mundo de las ocupaciones no es portarse bien, sino realizar la virtud de la justicia: desarrollar la voluntad de darle a cada uno lo que le corresponde. No se trata de tratar de lucir bien o de actuar sin que nadie se dé cuenta. Etica de las ocupaciones es un intento consecuente de un adulto de elegir libremente ser justo como manifestación de una esperanza transcendente.

¿La ética “paga”?

Es posible encontrar también textos, bien intencionados, que buscan demostrar que la “ética paga” intentando sustituir la falta de motivación interna o de auto-regulación con un incentivo externo. Me gusta más cuando subrayan que el comportamiento ético reduce los costos que se le trasladan a otros.

Sin embargo, estas dimensiones no son la punta del ovillo. No constituyen la ética de la empresa o del empresario, del empleado o del funcionario, del jefe o del supervisor, del gerente o del director (público o privado). Su ética se constituye por las acciones que demuestran su voluntad permanente de darle a cada uno lo que le corresponde, sea por cumplir un contrato o bien por cumplir con la promesa asumida voluntariamente o por el valor de aquello que se nos ha confiado custodiar mediante en esa posición.

Los premios y los castigos, los rankings y las multas son incentivos externos que pueden eclipsar la irremplazable dimensión ética. No se apresure. No estoy diciendo que no haya que cumplir con la ley o ganar legítimamente buena reputación o tener un buen programa de compliance. Pero si todo esto se reduce al incentivo externo, es posible caer en la miopía.

Lo que hay que agregarle a la acción para que sea ética (y no miope) es la intención y la voluntad de darle a cada uno lo que le corresponde: a los accionistas, a los dueños, a los superiores, a los clientes, a los proveedores, a los empleados, a los sindicatos, a los distribuidores, a la comunidad, al Estado, al medioambiente e incluso a las generaciones futuras de nuestra casa común.

Claro está que hay una condición. Para ser justo – o siguiendo la línea anglosajona de los códigos de ética diríamos “para ser íntegro”- se necesitan dos cosas: (a) una mirada independiente y objetiva y (b) coraje para actuar. Por eso, la justicia –ahora sí, la de los tribunales- depende de la ética y no al revés. La ética exige valentía e independencia de intereses. Podrá sonar teórico o naïve, pero es la punta del ovillo.

A fin de cuentas, la ética ¿”garpa o no garpa”? Nos puede ir bien o mal independientemente de si actuamos bien o mal. La vida te sorprende. No sé si la ética paga, pero la vida te cobra. Siempre hay un costo, actúes bien o actúes mal. Lo que tenés que hacer es elegir por cual querés sufrir. Eso sí, mucho mejor si tenés un motivo transcendente y esperás en tu Dios y no a papanoel.

Sobre el autor

María Marta Preziosa

María Marta Preziosa

Dra. en Filosofía por la Universidad de Navarra. MBA por IDEA. Programa de Investigación y Docencia en Ética y Empresa. Facultad de Ciencias Económicas, Pontificia Universidad Católica Argentina

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