Testimonio & Valores

La responsabilidad cívica empresaria

En una sociedad en la que las grietas resultan un denominador común para referirse a una visión dicotómica de lo que ocurre, que separa campos divergentes del pensamiento, pero también las percepciones que con respecto a determinados grupos sociales tienen otros actores o el conjunto de la sociedad. En este caso particular, quería invitar a una breve reflexión acerca de la percepción que sobre los empresarios tiene el resto de la sociedad. Las encuestas y sondeos de opinión de todo tipo arrojan un resultado muy negativo, cosa que los propios interesados saben y asumen. En la que realizó el año pasado CIO sobre y que se adjunta en esta nota, los empresarios tienen el dudoso privilegio de compartir el fondo de la tabla con su contraparte en el sistema productivo: los sindicalistas.

Por eso, además de mostrarlos, es conveniente indagar acerca de las diferencias entre los roles que los directivos de empresa, entendiendo que hay una asimetría de roles percibidos que luego se traslada a la imagen y su consecuente desacople con sus funciones en el esquema productivo. Además, la mala imagen no se da homogéneamente, sino que difiere según el sector económico al que se haga referencia. Así, los mejores posicionados, resultan las empresas de tecnologías y las peores, los supermercados. Evidentemente, la inflación está asociada con el último eslabón de la cadena productiva, los supermercados. La buena percepción orientada a empresas que hacen de la innovación tecnológica su motor principal, encuentra raíces en lo disruptivo de su actividad, la edad y aspectos personales que se alejan del estereotipo del empresario argentino. En cambio, otros gestores de intereses son identificados con empresarios, cuando en realidad son distribuidores de tráfico de influencias o meros administradores de cuasi rentas colusivas, legales o de facto. Nombres asociados con escándalos mediáticos, sobre todos los vinculados a operaciones que financiaban políticas o que ellos mismos ejercían el rol de testaferros del poder, fueron llevando al concepto percibido por gran parte del público como aprovechadores del poder, del cual extraen, como en una mina, todo lo que pueden llevarse hasta que se agote. Inevitablemente se le adjudica, entonces, calificativos como egoístas, avaros y calculadores; bastante alejado del modelo de empresario audaz y emprendedor de Schumpeter, al que adjudicaba el protagonismo del crecimiento económico.

Por otra parte, la sociedad argentina fue corriendo el eje de algunas percepciones sobre el rol del Estado en la gestión de la economía. En parte por desconfianza en los empresarios como administradores del sistema productivo, pero también como una crítica velada a todo lo que conlleva la autoridad. No se percibe el ejercicio de la autoridad en beneficio del bien común sino como una posición de privilegio que obtiene beneficios extraordinarios a cambio de poco. Nunca como un líder cuya naturaleza es insoslayable en la organización productiva de la sociedad. Los valores que hoy se aprecian como que agregan valor a la sociedad, no coinciden con el “empresario” arquetipo: creatividad, empatía, audacia y humanidad.

Para la Doctrina Social de la Iglesia, el rol del empresario está ligado con principios muy arraigados en la enseñanza de su Magisterio y reconocidos en los fundamentos de la economía:

  • el principio de la escasez,
  • el destino universal de los bienes;
  • el derecho a la propiedad privada,
  • el principio de subsidiariedad y
  • la visión del trabajo como co-creador del mundo y dignificante de la condición humana.

Por último, como en la percepción contemporánea y más aún presente con fuerza en la gente más joven, lo que vale no es tanto lo que se expone sino lo que se muestra, lo testimonial prevalece sobre lo discursivo, obligando a los empresarios a ser coherentes y proclamar su compromiso antes que lo que exigen, para ir generando confianza y revirtiendo de a poco la percepción que de ellos tiene el resto de la sociedad.

En conclusión, existe una brecha entre lo que la percepción de la sociedad y el rol que los empresarios deberían ocupa para satisfacer las exigencias que el mismo público le pide al sistema económico. Los puentes que sólo pueden tenderse sobre la base del reconocimiento de estas falencias colectivas, con un testimonio de compromiso observable y adhiriendo al principio de Santa Teresa de Calcuta: ocuparse de lo que está dentro de nuestro alcance por más mínimo que sea y enorme los problemas por solucionar. Los empresarios cristianos, además, pueden fijarse en el modelo de nuestro “viejo conocido” Enrique E. Shaw: católico convencido, padre de familia ejemplar y empresario comprometido con su país y el entorno social en el que le tocó actuar. Atender todos estos frentes en forma simultánea puede llegar a ser un juego si se compara con el plan de negocios al que se refería san Juan Pablo II en el Luna Park en la reunión organizada por ACDE en su visita al país en abril de 1987: “El gran negocio que habéis de hacer en vuestra vida empresarial, es la conquista del cielo, la vida eterna. Os lo dice el Señor: ¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?”. (Lc 9, 25).

Sobre el autor

Tristán Rodríguez Loredo

Tristán Rodríguez Loredo

Licenciado en Economía (UCA), Magister en Gestión de Empresas de Comunicación (U. de Navarra) y en Sociologa (UCA). Doctorando en curso en Ciencias de la Información.

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