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Francisco: memoria, imagen y presencia

Escrito por Teresa Téramo
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A un año de su partida: 21 de abril.

A un año de la muerte del Papa Francisco, su figura permanece abierta, viva. Se manifiesta, más bien, como una presencia que vuelve en escenas, en gestos, en recuerdos que nada tienen de grandilocuentes y, sin embargo, lo dicen todo.

Jorge Bergoglio era un cura que caminaba. Caminaba por el barrio. Un día —que habrá sido de noviembre— pasó por la puerta de casa, en Caballito, y pidió a mi madre, que estaba en el jardín, un jazmín: “Para la Virgen, vio”. Llevaba un ponchito sobre los hombros, la mirada profunda, el andar sereno. No había en él nada que buscara impresionar. Y, sin embargo, esa escena mínima —un jazmín pedido con naturalidad— contenía ya una forma de mundo.

Quizás allí esté una de las claves para comprenderlo. Antes que un pontífice, antes que una figura global, Jorge Bergoglio fue un hombre que sabía detenerse. Que sabía pedir. Que sabía mirar. En una época que suele identificar la autoridad con la distancia, él la ejercía desde la cercanía. Una cercanía no ingenua.

Quienes lo encontramos luego en Roma —en la Plaza San Pedro o en encuentros más breves pero intensos— reconocemos esos mismos gestos. No hubo ruptura entre el vicario episcopal para Flores, el arzobispo de Buenos Aires y el papa: hubo continuidad y coherencia. Calle, escucha, gente. La misma atención al otro, la misma sobriedad, la misma confianza en el Evangelio. Conservo los apuntes de mi madre que asistió en Buenos Aires a un retiro que predicó en El cenáculo de Pilar y las frases e ideas son las que no se cansó de repetir luego desde la sede de Pedro: Iglesia en salida, misericordia y acogida, ternura, el peligro de la autorreferencialidad y del voluntarismo, el dejarnos acariciar por la gracia…

Tuve ocasión de saludarlo en Roma, en 2023 y en 2024. En uno de esos encuentros pude entregarle un libro en coautoría, en el que le dedicaba un capítulo a las series y películas que lo representan. Le mencioné también la UCA, y su respuesta fue sencilla y luminosa: “Sigan adelante, siempre hay que ir hacia adelante”. Se alegró al recibir el saludo que le transmití de uno de los capellanes —Ricardo Canevari— y, con genuino interés, y con gran sonrisa, me preguntó por él. Al referirle otro hecho, dejó asomar algo que también le era propio: el humor. Ese humor sereno, lleno de inteligencia y humanidad, del que Tomás Moro aconsejaba no prescindir nunca.

Recuerdo también un gesto mínimo, pero elocuente. A quienes coordinábamos la Maestría en Comunicación Audiovisual de la UCA —cuando aún estaba en Buenos Aires— nos llegó una carta suya avalando una beca para una alumna. Me impresionó su firma: diminuta. Como si incluso en ese trazo final persistiera una forma de humildad que no necesitaba afirmarse.

Desde su elección en 2013, su figura se volvió también un fenómeno editorial y cultural. Biografías, ensayos, testimonios y producciones audiovisuales intentaron captar algo de su singularidad. El cine, en particular, tendió a inscribir su vida en una clave hagiográfica: relatos que no solo narran, sino que modelan una figura ejemplar.

Pero hay una distancia —fecunda— entre esas representaciones y la experiencia concreta de haberlo conocido. Porque si muchas narraciones tienden a construir una imagen sin fisuras, lo que impresionaba en Francisco era otra cosa: su capacidad de habitar lo real sin simplificarlo. Su cercanía exigente. Su misericordia no evitaba el conflicto: lo atravesaba.

En este sentido, su pensamiento —expresado en textos como Evangelii Gaudium o Laudato Si’— no constituye un sistema cerrado, sino una intervención en el presente. Una crítica persistente a la cultura del descarte, pero también una propuesta: la de una fraternidad posible, sostenida en la dignidad irreductible de cada persona.

Su enseñanza más profunda no fue conceptual. Fue gestual. En un mundo saturado de palabras, eligió signos: un abrazo, una llamada, una pregunta, unos zapatos gastados de tanto “patear” las calles —porteñas y romanas— o, como en aquel recuerdo primero, un jazmín.

A un año de su partida, las múltiples narraciones seguirán intentando captarlo. Pero su figura resiste toda clausura. Porque no se agota en lo que se dice de él, sino que permanece en lo que despierta: una forma distinta de estar en el mundo, afín al Evangelio, donde sobran las palabras y abundan los hechos.

Recordarlo hoy es aceptar la interpelación que su vida deja abierta. Y quizás también aprender —en medio de estructuras, discursos y urgencias— que la verdad, cuando es verdadera, no se impone: se acerca, como aquel cura que caminaba por el barrio y pedía un jazmín para la Virgen.

Sobre el autor

Teresa Téramo

Doctora en Ciencias de la Información por la Universidad de La Laguna (España) y Profesora en Letras por la UCA, donde es la Coordinadora Académica de la Maestría en Comunicación Audiovisual.

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