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Hacia una nueva paternidad

Paola Delbosco
Escrito por Paola Delbosco

Escena n°1- Un niño de siete años sale del colegio acompañado por su papá. Los dos tienen su mano sobre la boca, y el papá, hablando como por un micrófono le dice: “Aquí base, ¿me copia? Aquí base. ¿Cómo le fue en el cole hoy? Cambio.” El niño, rápido, le contesta, por micrófono: “Todo bien, base, todo bien. Le doy la tarea para mañana a R2D2. Cambio.”

Escena n°2 – Un papá en un supermercado, mirando detalladamente una larga lista, le dice, con aire cómplice a su hija sentada en el carrito: “¿Qué te parece si le damos una sorpresa a mamá y compramos almendras?” “Dale, yo te ayudo a esconderlas.” Y se van a toda velocidad, riéndose.

Escena n°3- Entrega de diplomas en una escuela de negocios. Un hombre joven con toga, al oír su nombre, le da un beso a su mujer y empieza a acercarse al estrado, cuando de repente vuelve sobre sus pasos, toma el bebé de los brazos de su mujer, y sube con él (o ella) a recibir el ansiado diploma.

Ya no nos sorprenden ninguna de estas escenas, porque ya estamos acostumbrados -y celebramos-  la mayor presencia de los papás en la vida de todos los días, y vemos también con alegría cómo los papás empiezan a integrar su vida familiar a su vida profesional.

En una encuesta latinoamericana de hace algunos pocos años, llevada a cabo por CONFyE, el centro de investigación Familia-Empresa del IAE, fue muy llamativo un resultado: la mayor parte de los entrevistados, varones y mujeres con cargos directivos en empresas, decían recabar satisfacción sobre todo de su familia, más que de su profesión u otras actividades. Solo los más jóvenes, en general solteros, no coincidían en esa preferencia, es de suponer por no haber todavía encaminado su propia familia.

Estos datos estadísticos, unidos a los cambios de hábito en el ejercicio de la paternidad, non hablan de una modificación en la tradicional distribución de tareas entre varones y mujeres, y por lo tanto también entre padres y madres. Ya sabemos que la figura del padre proveedor está declinando, o se está acoplando en tándem con la de la madre proveedora. Esta modificación, que sucedió no sin resistencias o directamente a través de conflictos, impactó en la necesidad de una mayor presencia de los papás en las tareas habitualmente delegadas a las mamás, como las de las dos primeras escenas.

La nueva paternidad

A esos necesarios cambios, se añaden otros de carácter psicológico o afectivo: la mayor cercanía a la vida diaria de los hijos ha despertado en los padres una mayor capacidad de conexión emocional con los hijos, un involucramiento sentimental en expectativas y frustraciones, que parece algo del todo inédito. ¿Hay que celebrarlo? Toda cercanía es sin duda bienvenida, no así la renuncia a la sobriedad emocional de los varones, que tanto bien les hacen a los desbordes sentimentales de las mujeres, que -bien lo sabemos- a veces quedamos demasiado enredadas en nuestras reacciones de aceptación o rechazo, sin poder movernos de ahí. Parece que hay en nosotras una componente de funcionamiento cerebral, muy buena para la empatía, no tan buena para salir de las tormentas emocionales y recuperar algo de objetividad.

Entonces, ¿en qué quedamos frente a los cambios?

Dos ideas:

  1. Los cambios son buenos y han sido necesarios, pero los niños y los adolescentes todavía necesitan tanto de los dones maternos como de los paternos.
  2. Es bueno que padres y madres cooperemos, sin importar en qué tipo de tarea o espacio, pero también es bueno que siga existiendo la capacidad materna de acoger y consolar, y la paterna de estimular con desafíos y de exigir. Padres y madres podemos cubrir ambas funciones, pero la específica nuestra nos sale mejor, y lo bueno es que no se deje desierta.

Para que veamos que, a pesar del cuidado por la propia función, la paternidad no está reñida con la ternura, quiero despedirme con una escena antigua, que nos regala Homero en el canto VI de la Ilíada, y que registra la despedida de su hijo del héroe troyano Héctor, a punto de medirse en combate, sin esperanza, con el invulnerable Aquiles.

A este padre de hace por lo menos tres mil doscientos años sin duda no le faltaba ternura:

“Héctor se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo amado.”

Conclusión: hay que saber ponerse el casco para la lucha, pero también hay que saber sacárselo para la ternura.

 

Sobre el autor

Paola Delbosco

Paola Delbosco

Doctora en Filosofía. Investigadora del Centro de Conciliación Familia y Empresa del IAE.

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