Testimonio & Valores

La emoción militante

Wo! I feel good!

James Brown (1964)

Sé que la palabra “militante” induce a pensar que escribiré sobre política partidaria y que, además, el sonido funk de la cita inicial no parece la cortina adecuada….

En verdad, lo que me motiva a escribir es –casi siempre- dilucidar cómo “se piensa” en nuestra sociedad sobre lo ético, mediante la identificación de algunas de premisas implícitas -y acríticas- que conducen a ciertas afirmaciones. Específicamente, aquí, quiero especular sobre qué es aquello que hoy está sustituyendo el análisis ético en la discusión de algunos temas relevantes. Mi observación es que hoy, la ética ha sido subrogada.

Para identificar aquello que actúa en lugar de la discusión ética, aclaremos primero, muy brevemente, cuál es ese lugar/espacio/zona que la ética se auto-atribuye. El pensamiento ético se genera sobre la base de una inquietud existencial acerca del bien y del mal y se convierte en preguntas. Preguntas propias de nuestra especie y que, a su vez, se repiten en cada persona en particular en algún momento de la vida (sobre todo cuando padece una injusticia).

Por otra parte, en la vida social -en todas sus formas- la ética es la inquietud acerca de lo justo y de lo injusto y se canaliza bajo la forma de planteo, de queja, de reclamo, de indignación y de indagación, de búsqueda. Ser víctima de la injusticia genera una nada que busca completarse. Se demanda venganza, indemnización o subsidio, o bien, se ofrece resignación o aceptación de la posibilidad de que a mí también me podía pasar.

Pero en lo hondo del ser humano esta inquietud subjetiva ansía algo más profundo, algo objetivo, algo verdadero, algo real, algo para asirse; esta honda experiencia de fragilidad busca saber, entender, busca saber cómo estar, saber en quién confiar, busca descanso.

Me es habitual escuchar expresiones que connotan un cierto “respeto epistemológico” por las leyes, como si fueran lo único objetivo y lo único objetivable, a la hora de establecer lo bueno y lo malo. En esa férrea veneración (discursiva) se suelen soslayar los muchísimos y sesgados motivos que hacen emerger una ley positiva. Y cuando uno ayuda a tomar conciencia de ello, aparece el abismo.

-: “Y ahora, ¿quién podrá ayudarnos?”.

Allí, donde podría surgir la discusión ética, se vierte en su lugar una especie de fluido colectivo.

El escocés A. McIntyre (1929- ) afirma que un sujeto moral tiene tres características relevantes:   (a) se puede reconocer a sí mismo y mostrarse a los demás como alguien con identidad propia, (b) puede entenderse con otros sujetos racionales, empatizando, deliberando y aceptando el cuestionamiento crítico de los otros y el propio y (c) posee un sentido de rendición de cuentas individual y del rol que ejerce en la sociedad.

Un problema ético presupone siempre la decisión del sujeto moral -en un entorno social- y, aunque el problema tenga un carácter político, esta dimensión individual es irremplazable.

Parece que hoy nos hemos despojado de este carácter de sujetos morales. ¿Se habrá esfumado en los divanes no solo el sentimiento de culpa, sino también el de responsabilidad personal? Eso podría estar ocurriendo en alguna generación, pero no en todas.

Me parece, que lo que en los años 60 se identificaba como la angustia existencial propia de la libertad y la responsabilidad, hoy se evita escapando hacia lo colectivo. Es decir, el problema ético se desplaza de lo subjetivo, para objetivarse en lo colectivo.

Curiosamente, en tiempos subjetivistas y del primado de la autonomía individual por sobre el contenido de las normas, se busca el peso de “algo más” que lo subjetivo, para terminar negándolo. Sin la fuerza de argumentos con contenidos éticos objetivos, la autonomía se funde en el “pogo”[1]militante.

Si lo colectivo es lo que primero identifico como subrogante de la ética, lo segundo es la emoción superficial.

Y sí, hay emociones hondas y otras que no tanto. A veces, unas enmascaran otras. El enojo enmascara la tristeza, el resentimiento enmascara alguna debilidad, la acusación enmascara el orgullo, así como a veces, culpar a otro, enmascara la responsabilidad personal. Las emociones hondas, nos conectan con lo real de nuestra historia y nuestro ser; con la humildad, con nuestro “hacernos cargo” y con la posibilidad de perdón.

La “epojé” sugerida por los escépticos (siglos I-II d.C.) consistía en que, ante afirmaciones contradictorias, se debía dar lugar a una especie de reposo mental en donde se pudiese suspender el juicio de la razón y no afirmar ni negar nada. Hoy, suspendida la razón, desvestido el sujeto moral, solo complace y completa vibrar con la emoción militante.

[1] En un recital, frenéticos saltos, choques y empujones como forma de acompañar el ritmo, que busca integrar al otro a compartir la música.

Sobre el autor

María Marta Preziosa

María Marta Preziosa

Dra. en Filosofía por la Universidad de Navarra. MBA por IDEA. Programa de Investigación y Docencia en Ética y Empresa. Facultad de Ciencias Económicas, Pontificia Universidad Católica Argentina

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