Testimonio & Valores

No quiero tu ejemplo

I am at war with the obvious

William Eggleston, fotógrafo (1939- )

Sí, el título es desafiante, pero me alegra si lo trajo hasta acá. Es contundente también lo que quiero decir, pero trataré de desplegar suficiente y brevemente mis argumentos y motivos.

Me hago cargo, también -antes de comenzar-, de que una escritora “en guerra” (contra lo obvio, como reza la cita inicial) tiene más probabilidades de no ser comprendida. Pero asumamos el riesgo que implica desactivar un campo minado de lugares comunes, tal como yo veo al discurso moral colectivo.

 

En tiempos de crisis, se suele convocar a los líderes a dar el ejemplo. Ese llamado muy bien intencionado, invita a la suma de voluntades a una causa de bien común. Splendid!

Sin embargo, como estoy en guerra contra lo obvio, acompáñeme a pensar mal por un rato y le cuento lo que me evoca la repetida máxima: “hay que dar el ejemplo”.

 

Para empezar: “tenés que dar el ejemplo” presupone que alguien te está mirando. Es decir, yo líder estoy en el escenario; los demás me miran; por tanto, tengo que estar a la altura de las circunstancias. Y, no solo me miran, sino que demás pueden copiar mi comportamiento. La pregunta que te hago es:

-: ¿Es así?, ¿alguien te está mirando? ¿te miran para seguirte e imitarte?

En esta perspectiva, “dar el ejemplo” tiene una arista histriónica y/o narcisista que, desde el punto de vista ético, tiene mucho de cuestionable porque no necesariamente registra al espectador.

“Hay que dar el ejemplo” presupone, también, una cierta asimetría.

No solo la asimetría “escenario iluminado/espectador en la penumbra”, sino una asimetría en el rol. Como cuando se le dice al hermano mayor que tiene que dar el ejemplo a sus hermanos menores.

-: Vos, que sos más grande y ya comprendés mejor, actuá bien porque tus hermanos te imitan.

¿Le parece que yo pienso que dar buen ejemplo es algo malo? No, para nada, sigamos dando buen ejemplo. La cuestión es qué contenido tiene “dar el ejemplo” y si es un criterio suficiente para un liderazgo ético.

Lo que hasta aquí he postulado es que “dar el ejemplo” parece exudar narcisismo e infancia (del manual del buen comportamiento familiar y escolar – de antes, supongo-).

¿Y qué tal el mal ejemplo? Aquí vale la pena recordar la idea de “factor higiénico” del psicólogo industrial Frederick Herzberg (1923-2000). Herzberg afirmaba que la compensación monetaria del trabajo no es un factor de motivación, sino un factor higiénico, porque una vez que lo recibiste, ya no te mueve y deseas otros y nuevos motivadores.

Si hiciésemos una analogía –imperfecta- entre el salario y el ejemplo que nos brinda el líder, se podría decir que el buen ejemplo es un factor higiénico. Es decir, si no está, desmotiva. Pero si está, era tu obligación.

Otra evocación que me trae la cuestión del dar el ejemplo es aquello de “la pequeña virtud” de Ortega.

En uno de sus ensayos, Ortega y Gasset (1883-1955) ponderaba a un conde que, si bien había sido bastante miserable en varios aspectos de su vida, había logrado tener la grandeza de hacer, en el momento indicado, lo que Francia necesitaba. Con esta ilustración Ortega distinguía las virtudes creadoras y magnánimas del líder, de “la pequeña virtud”.

 

En definitiva, lo que pienso es que el buen ejemplo tiene que estar para no desmotivar y no causar desesperanza en los que actúan bien. Sin embargo, las decisiones del líder tratan sobre la justicia. Crear magnánimamente un entorno que apunte a la justicia es mucho más trabajoso que dar el ejemplo.

Mr. or Mrs. Líder, la gente no te mira a vos y tu moralidad, mira lo que le das.

No quiere tu ejemplo, quiere tu solidaridad y tu subsidiariedad.

No quiero tu ejemplo, quiero tu justicia.

Sobre el autor

María Marta Preziosa

María Marta Preziosa

Dra. en Filosofía por la Universidad de Navarra. MBA por IDEA. Programa de Investigación y Docencia en Ética y Empresa. Facultad de Ciencias Económicas, Pontificia Universidad Católica Argentina

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