Carta del Director

Educación: ¿y si miramos a la Edad Media?

El articulo recientemente publicado en Revista Empresa por Mariano Durlach (knowmads) me llevó a pensar en el problema de la educación.

Cuando se habla de este tema, especialmente respecto a contenidos y planes de estudio, noto una cierta desorientación y la colaboración de Durlach me “prendió la lamparita”, como suele decirse.

Escuchamos que nuestra educación debe preparar a los estudiantes para el mercado de trabajo y, como una consecuencia de ello, a veces se propone eliminar contenidos relacionados con las humanidades o acentuar las enseñanzas referidas a las ciencias exactas o a las técnicas propias de las artes y oficios. Pero Durlach nos describe la realidad de los knowmad (nómades del trabajo); jóvenes que han cursado carreras que no utilizan y que migran de trabajo en trabajo mediante sus únicas herramientas estables la notebook, la tablet o el teléfono celular, en donde cargan las aplicaciones que consideran necesarias para la nueva actividad o profesión que encaran, generalmente muy diferente a lo que aprendieron en el colegio o la universidad.

Rodrigo Miguel, un especialista en educación, dice en La Nación del pasado 23 de diciembre, refiriéndose a la formación docente que “…no podemos seguir en una educación basada en los paradigmas del siglo XIX, si no que debemos tener una educación moderna, centrada en la creatividad, en el pensamiento crítico, la resolución de los problemas y la comunicación. Y valorizando y alentando la innovación y el emprendedorismo”.

Este párrafo, a mi juicio, muestra claramente un diagnóstico. Los contenidos de nuestra enseñanza siguen los paradigmas del siglo XIX formados dentro del movimiento racionalista. En ese siglo se pensaba que la razón humana había llegado a su meta reflejada en una calificación de las ciencias y las artes bien precisa. El saber enciclopédico era su manifestación más contundente. También existía una visión de las profesiones y oficios cerrada dividida en compartimentos estancos. Debería impartirse un saber enciclopédico, basado en la información, a quienes ocuparían cargos de importancia o ejercerían profesiones liberales (también limitadas y no vinculadas entre sí). A su vez, quienes, por su inferior posición social o en la creencia que existían limitaciones intelectuales, debían aprender artes y oficios lo harían en escuelas o institutos especiales pues, ya no existía la organización medieval de corporaciones con maestros y aprendices.

Pero la realidad del siglo XXI es bien diferente, especialmente por el avance de la informática. Hoy no sabemos cuáles serán los trabajos del futuro ni podemos asegurar que una persona que cumple su bachillerato y egresa de una facultad con un título universitario, se dedicará a una actividad acorde con lo que le enseñaron. Es el fenómeno de los knowmad que Durlach tan bien describe.

Entonces, si no conocemos los trabajos del futuro, ¿cuáles son los conocimientos que debemos impartir para preparar a los niños y jóvenes para insertarse en ese mundo extraño y desconocido?

La respuesta es que, tanto en el colegio como en la universidad, el foco debe estar en enseñar a pensar. Otorgarle al educando las técnicas y habilidades que le permitan adaptarse rápidamente a diferentes ocupaciones que, dado los avances tecnológicos, quizás hoy no conocemos. Y en esta búsqueda considero que debemos echarle un vistazo al modelo de las artes liberales cuyo origen se remonta a la antigüedad tardía y luego fue practicado como plan de estudios en las primeras universidades del siglo XII.

En esa época se dividía el conocimiento de las artes liberales en dos ciclos: el “trívium”, donde se enseñaba la retórica, la dialéctica y la gramática; y el “quatrivium” compuesto por la aritmética, la geometría, la música y la astronomía.

En el primer ciclo el estudiante, mediante el método activo de la “disputatio” basada en el diálogo y el debate, aprendía a armar una tesis con diversos conocimientos (filosofía, historia, geografía, economía) -objeto de la retórica- a defenderlo con argumentos sólidos y a contradecir al de su ocasional oponente -objeto de la dialéctica- y a exponerlo por escrito con claridad y precisión -objeto de la gramática-. En el segundo ciclo con la matemática y la geometría, aprendía a medir y exponer la realidad mediante elementos abstractos (el número y las figuras); ver el reflejo y la manifestación de esos conocimientos en la música y conocer la realidad y las leyes físicas del universo mediante la astronomía. Hoy, esta última ciencia se completa con el conocimiento de la física y la química.

Si debemos enseñar a pensar y a resolver problemas, cuyo contenido hoy desconocemos y tenemos que superar los paradigmas exclusivamente racionalistas del siglo XIX ¿no sería posible mirar esa enseñanza en su esencia y métodos para adaptarla a las nuevas realidades?

En definitiva, no sería la primera vez que el mundo imita o adapta esquemas o instituciones del pasado. Ocurrió con la democracia griega, con las artes clásicas en el renacimiento y en otras ocasiones que sería tedioso describir en estas líneas.

Sobre el autor

Director Portal Empresa

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Director de Portal Empresa, la revista digital de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE).

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