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Libre mercado en la Nueva Economía: ¿fuente de desigualdad o riqueza?

Escrito por Martín Lagos

Hace algún tiempo fui invitado a disertar en una reunión latinoamericana de UNIAPAC que se llevaba a cabo en la República Dominicana. El panel que me tocó llevaba el nombre de esta nota y lo primero que dije fue que no me sentía cómodo con una expresión como la de “una nueva economía”.

 

Hace ya 80 años que el economista inglés John Maynard Keynes decía que “el mayor desafío del mundo moderno es balancear la libertad individual, la eficiencia económica y la justicia social”. Prefiero entonces pensar que no estamos para una “nueva economía”, sino para trabajar cada día de nuestra vida en mejorar lo que tenemos. Trabajar sobre todo en los valores que sostenemos, en que cosas valoramos y en que hombres, educación e instituciones necesitamos para avanzar.

 

Contra lo que a veces se afirma, incluso a veces palabras de nuestro pastor, el papa Francisco – lo puedo criticar porque es compatriota – no vivimos en capitalismos o economías de mercado en estado puro. Vivimos en sistemas mixtos, en donde el dominio de la cosa pública y de la autoridad evolucionó desde aquellos feudos de la edad media, los principados y primitivos reinos que los sucedieron y hasta los grandes estados-nación, como los conocemos hoy. Y en donde estos poderes – más o menos primitivos, más o menos evolucionados – han coexistido – en permanente tensión entre conflicto y cooperación – con la iniciativa y la empresa individual o de derecho privado.

 

Por el contrario, el socialismo tuvo su oportunidad de probarse en estado puro en varios países y potencias durante muchas décadas del siglo XX. Y fue justamente el fracaso del “socialismo real” – como lo llamaba san Juan Pabloque nos devolvió a aquel desafío de Keynes: “…balancear la libertad individual, la eficiencia económica y la justicia social”.

 

Desde hace más de cien años asociamos la sigla DSI con “Doctrina Social de la Iglesia”. Les propongo hoy asociarla a “desarrollo social integral”. Que no es otra cosa que la respuesta al desafío lanzado por John Keynes y que es – creo – lo que deseamos todos los que estamos hoy aquí:Sociedades que sin dejar de crecer, sean más inclusivas, les den más oportunidades a los que se rezagan y donde los que ya tienen oportunidades materiales, sepan darle a lo material un lugar subordinado a la misericordia y a los valores del espíritu.  

 

Una advertencia: No quitemos los pies de la tierra y convengamos que siempre habrá brechas entre el ideal (del desarrollo social integral) y las realidades del Reino de Dios en la Tierra. Cuidemos de usar palabras – y menos aún slogans – que nos lleven nuevamente a utopías, que nos han costado mucha sangre y que en muy poco mejoraron las sociedades. Hay varios ingredientes que no pueden faltar para el logro de un desarrollo social integral:

 

La iniciativa individual, reconocida como un derecho individual fundamental.
El deseo de progresar, que mora tanto en los emprendedores (los hombres que invierten sus talentos y capacidades en combinar factores productivos para generar bienes y crear riqueza), en los inversores que invierten sus riquezas y en los trabajadores que ofrecen a los emprendedores su capacidad de trabajar.

 

A escala social, el conflicto, la competencia y la cooperación.

 

La educación en valores. Aquella educación y autoeducación que distingue entre el ansia del tener más (ser un mero angurriento) vs. el ansia de ser mejor. Si prevalece la primera, podrá haber lugar para el crecimiento material, pero no para un desarrollo social integral.

 

El rol ecualizador de la autoridad, rol que incluye la vigencia de la ley y de los derechos, los medios para la resolución civilizada de los conflictos y lo que redunde en igualar oportunidades sin ignorar lo esencial de los tres primeros ingredientes.

 

Los tres primeros ingredientes vienen dados en la naturaleza del hombre. Los dos siguientes son construcciones humanas y al final del día, la calidad de las sociedades y lo integral de su desarrollo va a depender crucialmente de la calidad de su educación y la de sus gobiernos. 

 

 

¿Estamos mejor, peor o igual que hace 50, 100 o 200 años? Ciertamente disponemos de una masa de bienes infinitamente mayor, es decir que hemos experimentado un fenomenal crecimiento material. Y si la distribución de estos bienes no nos gusta, tampoco se puede dudar que hasta el más pobre hoy día dispone de muchos más alimentos y otros bienes o servicios que los que disponían los pobres de hace décadas o siglos.

 

Pero claro, no sabemos mucho de la felicidad o infelicidad de los hombres de hoy, ricos o pobres, pues esto mucho depende de los valores en los que se cree y de cómo ellos se viven. En el mundo antiguo cuando no existía la televisión, ni los satélites ni el Internet, la “exposición” u ostentación de la riqueza quedaba limitada al círculo de los ricos. Aun en aquel mundo, el economista británico Arthur Cecil Pigou iniciaba sus cursos de economía y negocios en la LSE diciendo a sus alumnos:

 

“Celebro la presencia de algunos de ustedes que han venido al curso atraídos por la precisión delanálisis matemático. Celebro asimismo la presencia de quienes quieran estudiar economía para tener una visión más amplia al entrar en el mundo de los negocios. Pero celebro aún más la presencia de aquellos que, al caminar por las calles, hayan advertido la pobreza y hayan sentido el deseo de poder hacer algo para aliviarla. Así como se ha dicho que el asombro es el comienzo de la filosofía, el sentimiento de solidaridad es el comienzo de la economía”.

 

¿Es así? ¿Por qué son tan importantes los valores?

 

Tratando de establecer porqué en el siglo XV China, teniendo muchos más recursos y tecnología que Portugal, España, Holanda e Inglaterra, no se lanzó a la conquista de África, Oceanía y América, el multipremiado periodista, escritor e investigador norteamericano NicholasKristof escribió:

 

Hay al menos dos razones y media. La primera razón es simplemente que Asia no era lo suficientemente codiciosa. El ethos social dominante en la antigua China era el confucianismo y en la India era la casta, con el resultado de que las élites de ambas naciones miraban con desdén a los negocios. La antigua China se preocupaba por muchas cosas: prestigio, honor, cultura, artes, educación, antepasados, religión, piedad filial, pero ganar dinero estaba muy abajo en la lista. Confucio había declarado específicamente que estaba mal que un hombre hiciera un viaje lejano mientras sus padres estuvieran vivos, y había condenado las ganancias como la preocupación de hombrespequeños”. Los barcos chinos se construían a una escala tan grande y llevaban regalos tan lujosos a los líderes extranjeros que los viajes no eran los generadores de dinero que podrían haber sido.Una segunda razón para el estancamiento económico de Asia es más difícil de articular, pero tiene que ver con lo que podría llamarse una cultura de complacencia. China e India compartieron una tendencia a mirar hacia adentro, una devoción a los ideales y métodos pasados, un respeto por la autoridad y una sospecha de nuevas ideas. David S. Landes, economista de Harvard, ha escrito sobre la “xenofobia intelectual” de la antigua China y el ex primer ministro indio Jawaharlal Nehru se refirió a la “petrificación de clases” y la “naturaleza estática de la sociedad india. Todas estas son formas diferentes de describir la misma complacencia económica e intelectual.Finalmente, la “media razón” es simplemente que China era una sola nación, mientras que Europa eran muchas. Cuando los académicos confucianos reafirmaron su control en Beijing y prohibieron las expediciones, sus políticascondenaron a toda China. En contraste, cuando Portugal y España cayeron en una mentalidad cuasi-china en el siglo XVI, expulsando a judíos ymusulmanes muchos de ellos astrónomos y científicos, Holanda e Inglaterra fueron libres de tomar el relevo.

 

Ahora bien: Las que hace cinco siglos fueronvirtudes en Occidente se han contagiado a todo el mundo. Y especialmente a China, aunque con un materialismo que parece tener bastante menos de virtuoso y más de pecaminoso. No hay sistema a prueba de una masificación del egoísmo y el materialismo.

 

Tenemos que encontrar el camino medio y el camino pasa por como educamos y como nos educamos. Podremos predicar, pero lo que hace falta es hacerlo con el ejemplo, o sea practicar. Como dice Abel Albino: “Tengamos virtudes, señores, que son más importante que los valores. Porque virtud no es solo enunciar o proclamar un valor, sino practicarlo”.

 

¿Practicar qué?

 

Una cultura de trabajo y esfuerzo,
Una cultura – no diré de la austeridad – pero si de la sobriedad.
Una cultura de derechos, pero más que nada, de deberes tanto para los empleadores como para los empleados.
Una cultura de deberes especialmente para los funcionarios gobernantes.

 

Sobre esto último diré que en lo que respecta al fenómeno de la pobreza, lo malos gobiernos sonmucho más dañinos que cualquier ejemplo de mal empresario. La mala praxis gubernamental es mucho más grave que cualquier falla del mercado, a las cuales a veces se les llama – a mi juicio, erróneamente – fallas intrínsecas del capitalismo: Si el capitalismo o el mercado fallan, es porque no hay competencia o porque la regulación es desastrosa o por la abundancia de corrupción.

 

Hay también problemas de incomprensión entre los lenguajes de la teología, la sociología, la antropología y la economía. Cité al comienzo algunas expresiones de Francisco que nos desconciertan a los economistas, pero también nosotros aportamos nuestra cuota de confusión al emplear un lenguaje que parece solo centrado en el mercado. El economista húngaro Karoly Polanyi (que vivió hasta 1964) lo ponía más o menos en estos términos: “En lugar de describir a los mercados como instrumentos que ayudan a los hombres a vivir mejor, ponemos a los mercados en el centro de la escena, y a los hombres en sus márgenes, como sujetos obligados a alinearsealrededor de ellos. Entonces ya no parecen economías de mercado, sino sociedades de mercado”.

 

Uno de los más grandes pensadores del mundo de las empresas y de los mercados, el austríaco Peter Drucker, afirmó: “El mercado libre no crea una sociedad que funcione, presupone que existe una sociedad civil que lo precede”. Drucker incluía dentro de las sociedades civiles las instituciones educativas, financieras y legales (incluyendo la moneda, la vigencia de los derechos individuales, la policía, la justicia)

 

Entonces para no confundirnos a nosotros y a los demás, digamos alto y claro: La libertad es condición necesaria para el desarrollo, pero no es condición suficiente. Hace falta también el desarrollo pleno de la sociedad civil, de los estados gobernados por hombres capaces, pero además íntegros y plenos de sentido común, capaces de aceptar la división de los poderes, el concepto de checks and balances, la rotación de los mandatos, en una palabra: La república.

 

Resumiendo y para concluir, estos son los puntos que más quiero destacar:

 

1. Es un concepto aceptado que el mercado competitivo no crea una sociedad que funcione, sino que presupone que tal sociedad existe. En todos los países hay autoridades encargadas de reprimir prácticas monopólicas u otras indebidas, así como criterios para regular los mercados cuando no existen condiciones de competencia.
2. La “autonomía plena” de los mercados puede existir como concepto teórico, pero en la práctica no existe ni existirá. Existe sí una importante corriente de pensamiento que sostiene que, tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados, se dan casos de intervenciones y regulaciones que por sus características no aportan mucho en materia de equidad y más bien conspiran contra la inversión y creación de empleos.
3. Es frecuente que en su empeño por lograr cambios en tal estado de cosas, quienes sostienen estas posiciones sobrevaloren el ideal del mercado libre, creando la imagen que lo que proponen no son mercados competitivos para la genuina promoción del crecimiento y de la equidad, sino sociedades “mercado-céntricas”.
4. Es a la vez comprobable que en la raíz de muchas situaciones de pobreza y falta de equidad, más que “autonomía plena” de los mercados, lo que hay es carencia de normas y/o gobiernos que premian a empresarios acomodados con el poder y/o carencia graves en los servicios básicos de igualación de oportunidades que sí deben ser preocupación principal de los gobiernos, como la educación y la salud.
5. La legislación que busca proteger a los trabajadores en su relación con los empleadores debe adecuarse a lo posible y no caer en extremos que terminan creando masas enormes de trabajadores informales, sin protección alguna.
6. Las firmas y mercados financieros, en tanto sistemas por los que se canalizan pagos y fluyen financiaciones que afectan a la totalidad de la economía, que funcionan en base a una delicada red de confianza y son susceptibles de crisis por “contagio”, requieren estrictas normas de límites de riesgos y transparencia y una estrictísima supervisión estatal.
7. La empresa de derecho privado, como unidad en la cual convergen y cooperan capitalistas y trabajadores, operando en mercados competitivos no tiene sustituto como fuente de innovación y generación de riqueza. Esto no es ideología, sino el simple resultado de la observación de la realidad.
8. Aún en condiciones ideales el crecimiento económico nunca será parejo. Siempre habrá personas, firmas, sectores, regiones y países que progresan más rápido que otros. Podrá haber también más o menos “derrame” desde los sectores de mayor crecimiento hacia el resto. Pero por cierto que nunca podrá confiarse en tal “derrame” como único mecanismo de igualación de oportunidades.
9. Pobreza es más importante que desigualdad. Esta puede irritar, pero cuando hay condiciones de competencia y la desigualdad no se debe a acomodos o corrupción, es un reflejo de la natural desigualdad de los seres humanos. La política pública debe apuntar a erradicar la pobreza y a igualar las oportunidades en todo lo que sea posible.

 

 

Y aquí – ahora sí, para terminar – va una advertencia a los hombres y mujeres más jóvenes: Si en la cultura global está declinando el valor de la honestidad y va creciendo el deseo de enriquecerse a cualquier costo, estamos en serios problemas.

Sobre el autor

Martín Lagos

Economista (UCA) y socio de ACDE. Exvicepresidente del Banco Central de la República Argentina

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