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Crisis, corrupción y desesperanza

Intentos de aproximación al entendimiento del drama argentino

Los psicólogos somos incorregibles, vivimos de los relatos, pero desconfiamos de ellos. Nos justificamos en que las palabras, destinadas a nombrar las cosas, a veces las enmascaran. Sin duda es así. El habla se pervierte. Salvo que toda palabra sea una farsa. Pero para ello deberemos bajar la app de la “pos-verdad”. En cuyo caso, sorprendentemente, ya estaríamos liberados del error, la mentira, la ignorancia, la falsedad, la frustración. Y, sobre todo, de la desesperanza. Sería un inesperado “mundo feliz”. El mito del Progreso no necesitaría ya de nuestros sesos ni de nuestras pasiones. Sólo habría que entrar a la tienda.

Mientras tanto, las generaciones jóvenes que ya generan -de ahí su nombre- o las de los mayores que aún siguen haciéndolo, deberemos seguir lidiando con las palabras y los términos en el afán de entender y nombrar lo que creemos ver.

En nuestra no muy querida Argentina, dividida como viene estando, y que cree cada vez más que la división es en mitades (grieta que le llaman), quizás aún haya tiempo y espacio para evitar su mutilación y muerte.

En y entre nosotros la lucha política por la imposición de los relatos es la pugna por la colonización de las palabras, para apropiarse de la vitalidad que evocan y legitimar el ejercicio del poder. Bajo la apariencia de ser la encarnación de lo que nombran, la simulación de novedad en lo viejo, de lo inédito en la repetición, del futuro en lo caduco, de la denuncia en el ocultamiento, del ideal en el negociado.

El que logra imponer al otro la “lectura” de su deseo y la explicación de su fracaso ya lo ha “colonizado”. “Obligar a alguien a leerse como es leído por los otros es la esencia de la esclavitud” (Simon Weil).

Uno de los mojones del relato, tanto a diestra como a siniestra, es la imposición de la simulación de la crisis.

Los argentinos queremos entendernos como un país que vive en crisis. Me parece que construimos una “benéfica ilusión” (S. Freud). En principio las crisis son, por definición, un momento de cambio, un tránsito, por lo que no motivan ningún anquilosamiento. Por otra parte, sólo está en crisis lo que está vivo. Más aún, las crisis son momentos de la vitalidad. Las distintas edades de la vida se suceden mediante crisis. Jorge Lerner (exquisito logoterapeuta que recuerdo con agradecido cariño) decía que somos los cafishos de las crisis.

Las crisis son un “recalculando” dramático de todas las cosas, que siguen estando donde estaban, pero ahora juzgadas en su sentido, dentro mío. Estar en crisis no es tener un problema, o un conflicto. Es cuestionarme si ésta realidad tiene o no razón de ser. Pero no cualquier realidad o aspecto de ella. Sino justamente “eso” de la realidad que, hasta ayer, era en lo que me apoyaba, el supuesto basal y el norte de mi vida. 

Una empresa, un matrimonio, o una comunidad experimentan tensiones, conflictos o problemas. Muy o poco ruidosos. Pero estar en crisis no es tener un problema más grande. Uno puede estar viviendo en un mar de contratiempos, pero ni dudar de que aquello hacia lo que quiere ir tenga sentido. La crisis en una empresa, un trabajo, una pareja es toparse con un interrogante: ¿tiene sentido este esfuerzo, este endeudamiento, este contratiempo, riesgo, esta “mala sangre”? 

Es el trance de soltarle o no la mano a eso que, hasta ayer, me definía, porque ya no representa mis sueños. El momento bisagra donde me decido, o no, a dejar lo que justificó gran parte de mi historia, o a intentarlo de verdad. La sospecha de que la única manera de seguir siendo yo es desprenderme de esos ejes que hasta ayer sustentaban mi autoestima, y liberarme de lo que ya no creo. Ese tiempo-estado dramático de mi interioridad es lo único a lo que, dignamente, podemos definir como crisis.

La crisis es “caer” en la evidencia de que algo ya está muerto. Y desde la energía de lo que está vivo en mí (o nosotros) ya no puedo seguir ocultándolo. Lo que se halla irremediablemente cuestionado es ese hábito de sostener lo que ahora veo que debo dejar de sostener. No es, centralmente, ver de cerca la posibilidad del fracaso. Es sospechar que el relato del éxito sea sólo una tentación.

La crisis se supera en y por el cambio. Que puede ser un cambio de rumbo –volantazo, que le llaman-, la re-orientación mi vida. Pero que en otras es confesarse y perdonarse que nunca lo intenté en serio, de corazón. Por lo que cambiar sería entonces superar la tibieza, la no entrega; y que mutar a “otra cosa” no sería sino una auto-traición. 

La crisis es una pregunta, es, literalmente, un juicio en la inminencia de sentencia. La decisión es no sólo urgente, también apremiante e imperiosa.

Por eso no es anecdótico ni gratis la lentitud nuestra con la “justicia.” Ha desarrollado en nosotros una “extra” pero “ordinaria” habilidad de vivir en la indefinición. En un estado de provisoriedad. Ya no estamos a la espera de un desenlace. Ya contamos con que no lo habrá. Y, si la decisión llega, lo hará cuando ya estemos en “otra cosa”, por lo que lo recibiremos con cínico humor. La indignación, que es la pasión que despierta la injusticia, parece de cumplimiento imposible en la argentinidad. 

Ese muy tozudo intento de entender como crisis lo que es decadencia, desvitalización y agonía en la Argentina forma parte, a mi entender, de una complicidad entre el poder de los relatos y el fallido narcisismo argentino, que se vanagloria en su ingenio de poder seguir atando con alambre los cachos de la cubierta, ante el naufragio inminente.

Sin duda hemos malgastado crisis tras crisis, hasta la banalización extrema de las mismas. Enamorados de nuestra capacidad de sobrevivencia, los argentinos nos hallamos apresados en el encantador (etimológicamente: paralizante) imaginario de la crisis como oportunidad. A la que deseamos asignarle una positividad inexorable. Algo así como que el dolor, o la pobreza, per se, nos santifique.

No es que no podamos más. Ya que no es eso lo que buscamos. Hace ya rato que los argentinos tenemos comportamientos de achicamiento. De empequeñecimiento de expectativas, de conformidad a lo poco. Ya no podemos ser menos de lo que somos. El proceso de “enanismo” es cada vez más insoportable.  Más mutilador. Y el epitafio ya se escribe en cada mesa de café, en cada reunión familiar: esto no tiene remedio. 

¿Cuántas décadas han pasado desde aquella cruel ironía: “la única salida de la Argentina es Ezeiza”? No se trata de la aceptación madura de nuestras limitaciones. La humildad nunca nos ha destacado. Es la muerte de nuestros deseos. El no “re-cordar” –literalmente: no tener aún en el corazón- la memoria del para qué de las luchas por ser una Nación. Cuando el deseo de ser se adormece, se margina, cuando la memoria de mi sueño ya no está, la crisis cesa, la esperanza se torna inútil.  Y el cuerpo presagia la muerte.

Por lo que creo que sería conveniente desenmascarar otro elemento común y esencial de los relatos de colonización de nuestros “valores emergentes”, que me parece ver en gestación: la denuncia sobre la corrupción como amenaza de muerte.

Arriesgo aproximaciones. En principio no creo que la corrupción esté matando nuestra sociedad. No porque no exista o sea menor –manejable, como se dice. De ninguna manera. La razón por la que no participo de esa lectura es que me parece que invierte indebidamente la lógica del ser. 

Quizás no vemos bien qué cosa es la corrupción. La corrupción en nuestro país no es lo que nos mata. Es lo que nos muestra que algo ya está muerto en nosotros. Los gusanitos aparecen en aquel tejido ya finiquitado. El drama, las tensiones, los conflictos, las contrariedades, las impurezas, aún las crisis, se presentan en los seres vivos. Es más, denotan su vitalidad. Pero la corrupción en el ser, o al menos lo que de corrupto tenga ese ser, ya tiene un olor cadavérico. Tufo de lo que alguna vez estuvo vivo, pero ya no. El “poder” y la “extensión” de lo corrupto es la geografía de lo que ya no tiene vida. Para decirlo más directo, a la corrupción se la confronta atravesándola, o al menos rodeándola con vida. 

La quejosa resignación es ya complicidad. Denota falta de vitalidad. Esa es la razón por la que preferimos no verla en sus verdaderas dimensiones y reales consecuencias. Y por la que la negamos en nosotros mismos, como “la expulsión de la parte maldita” (Baudrillard). Pues bien, reconozcámoslo: los argentinos no somos caracterizados sólo por nuestro ego adolescente. También porque no somos confiables, por corruptos. 

Pero el señalamiento de la corrupción no puede estar ya fuera del relato. Éste ya “ganó la calle”. Y al volverse inocultable se intentará recluirla en el “otro”. 

Creo que en el futuro inmediato la dinámica de autodestrucción nacional, ya operante, puede volver a tener la forma de convocatoria épico-defensiva. Y que el argentino será tentado a hacer catarsis de sus frustraciones en el marco de una lucha cívica y moral, que se justificará como decisiva. Una lucha entre relatos antagónicos, pero simétricos. Que partirán artificiosamente la realidad en una opción entre dos (el viejo truco), y convocarán a la alternativa: militancia o traición. O en otra estética: compromiso o caos.

En un extremo algunos jóvenes, exceptuados aún de muchas frustraciones y resentimientos, y en el otro algunos viejos que hayan logrado superarlas, se exceptuarán. Y, al decir de Nietzsche, vivirán con culpa el ser felices.

Por lo tanto, siempre mantengo presente aquello que mi maestro, Alberto Fariña Videla, nos recuerda: Albert Camus, en ocasión de recibir el Premio Nobel en Literatura, sostuvo que las generaciones anteriores tenían el sueño y cometido de construir un futuro mejor, pero que las nuestras tenían la misión de que el futuro simplemente sea posible. Ya sabemos el destino de las soluciones finales.

Por lo tanto, ¿qué hacer y cómo para que la argentina sea posible? ¿Para dejar morir lo muerto y vitalizar lo que boquea?

Propongo algunos ejes que, en el mejor de los casos, serán parciales e insuficientes.

1.- Primero lo primero: agradecer. Uno es lo que recibe, y la respuesta que da a lo recibido. Todo lo positivo que tenga nuestra vida, aquello por lo que decido seguir viviendo, fue desarrollado en lo recibido. Y esta dinámica de recepción y respuesta no se da sólo en el inicio, sino a lo largo de toda la historia. Lo que hemos logrado estaba germinalmente en lo recibido. Así como lo que se recibe es mezcla de positividades y limitaciones, lo que se entrega lo mismo. No agradecer nuestra historia y verla sólo como limitación al crecimiento ya es una pésima respuesta. Y es la primera mentira: centrar el problema fuera de mí.

2- Nunca hay una sola respuesta a lo que recibo. No tengo más remedio que crear. La única alternativa es responder en aceptación a lo que recibo, o pretender inventarme. Las creaciones que se sustentan son una original mezcla de obediencia y libertad. Repetir no es una respuesta. Es intentar eludirla. Sólo se desarrolla lo que se conserva y sólo se conserva lo que se desarrolla. Generar es desarrollar las virtualidades que yo vi en lo recibido. Y esa es la misión de cada generación: generar, desarrollar, hacer crecer. Conservar y cambiar todo lo necesario para un mejor crecimiento.

3- Las diferencias en el ser nacional no son un problema a resolver o una fatalidad a tolerar. Es lo que crea sinergia. No se trata de ver lo mismo, sino de pensar juntos. “Pensar la Patria” (Castellani) es la tarea pendiente. Y pensarla juntos es la única manera de hacerlo. La diversidad geográfica, racial, religiosa, de talentos, de sensibilidades es tal que nadie, ningún sector puede honestamente asignarse lo esencial de lo que podamos definir como “lo argentino”. La primera definición no es qué hay que hacer. Sino cómo lo pensamos juntos. El otro siempre tiene una verdad que yo no tengo. Aún de mi mismo. La Patria no será grande centralmente por su extensión, sino por la diversidad y sinergia de lo que contiene en ella. Hacer un país entre todos no es “distribuir tareas” desde un bunker. Sostener por un lado que el problema es grave, inédito, omniabarcante y al mismo tiempo querer creer que pertenezco al único sector que lo ve y tiene la solución es, a todas luces, frustrante (Corominas dixit: un engaño que lleva al fracaso).

4.- Superar el vetusto paradigma de la “autonomía” propio de la versión Iluminista de la Modernidad. “Chapeau”, ya fue. Hoy la autonomía, nacional, grupal o psicológica es de cumplimiento imposible –si es que alguna vez lo fue. Al decir de Covey: el valor de la interdependencia es superior al valor de la independencia. Ontológicamente nacemos de un nosotros, y en otra, crecemos y vivimos en un nosotros y suplicamos no morir en soledad. La solidaridad no es una respuesta virtuosa de la “buena gente”. Es una nota del ser. Del cosmos. Está presente tanto en las dinámicas sanadoras como en las destructivas. Desde los fenómenos climáticos hasta el funcionamiento de los mercados. Tanto en los terremotos como en el florecer de la primavera. Lo mismo en los quebrantos que en el crecimiento de los emprendimientos. No me da derecho a confiscar lo otro si no funciona, pero tampoco desinteresarme

5.-Por último: liberarse de la alternativa éxito/fracaso. No porque no sea real. Sino porque no es la decisiva. Lo único decisivo, o sea lo único a decidir es si emprendo o no mi (nuestra) respuesta. Y cómo la formulamos. Hay derrotas que justifican una vida. Si así no fuese nos toparíamos con la cuestión de origen.  ¿Cuál es la extensión de la muerte en mí? ¿De eso que llamamos corrupción?

 

El espíritu de este escrito ha sido exponer lo que creo ver en estos tiempos de nuestra Nación. Y el cómo los estoy transitando. Si acaso tenga algún valor, seguramente no lo será tanto la certeza o falencias de lo textual. No pretende ser un acto docente. Sino que son testimonio de la necesidad que surge en mí por compartirlo.  No como desahogo que alivie la angustia. Pero sí como una forma de hacerme cargo de ella, y en la convicción de que no hay nada más universal que cualquier alma humana, ni hay nada más irrepetible que lo personal. Tengo la convicción de que todos, absolutamente todos, tenemos un destino en común. Deseo desterrar en mí el paradigma de: después de mí el Diluvio, para hacerle lugar al sueño de: después del Diluvio, nosotros. Busco lugares de encuentro, y busco a alguien con quien buscarlos.

Sobre el autor

Fernando Francisco Petroni

Fernando Francisco Petroni

Presidente - Director del Área Clínica de Familia en Fundación Arche, Clínica de Familias.

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