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Economía vs. Corona: la pregunta incorrecta

Desde que la cuarentena comenzó a extenderse y hacerse más estricta surgió la preocupación por el efecto económico, así como su sustentabilidad e impacto económico y social. No caben dudas que cuanto más estricta y prolongada sea la cuarentena, menores serán las posibilidades de contagio y por lo tanto de decesos, pero correlativamente mayores los costos económicos tanto como sus consecuencias sociales y políticas. 

La caída de la economía a cierto punto también acarrea muertes, no solo por falta de comida que sería el caso más extremo y evidente, sino por deterioro de la limpieza general, salubridad de los alimentos, acceso a medicamentos, agua limpia, abandono del mantenimiento de automóviles, maquinaria, edificios e infraestructura sin dejar de reconocer las secuelas en el ser humano como aumento de los niveles de estrés, ataques de pánico, violencia etc. 

Munidos de modelos de simulación más o menos sofisticados una horda de analistas, economistas, epidemiólogos, periodistas devenidos en expertos y toda suerte de comedidos de última hora en pleno goce de su cuarentena, se han prodigado en proponer hipótesis sobre los diversos escenarios a que puede dar lugar esta dicotomía entre economía y Corona que enfrenta el mundo desde el nacimiento del 2020. 

A partir de esta materia prima, también se sumaron las miradas desde otros ángulos que se ubican más allá del corset impuesto por los números. En este grupo se destacan, el enfoque ético con todas sus ramificaciones, la defensa de las libertades, la desigualdad social, la discriminación a la vejez o la política internacional. 

Desde la ética se realizan planteos sobre la legitimidad de elegir a quienes salvar o dejar morir, así como hasta dónde el juramento hipocrático obliga al personal médico a tomar altos riesgos en el cuidado de los pacientes. La defensa de las libertades individuales surge como un tema inevitable toda vez que se está obligando a poblaciones de ciudades enteras a permanecer encerradas, a menudo confinadas a la soledad o en espacios reducidos que no fueron concebidos para tal fin. 

Durante el siglo XX la humanidad logro consagrar mayoritariamente los principios de convivencia y libertad individual a niveles jamás alcanzados antes. La necesidad de respetar los límites de la intromisión del estado en la vida de los ciudadanos fue una conquista que parecía indiscutible. Sin embargo, esta dicotomía entre economía o Corona, amenaza poner en riesgo ese avance con el agravante de que la misma tecnología permitió acceder a un nivel de vida inimaginable es el instrumento de que sirve el estado para invadir la vida privada de los individuos a extremos que reducen la historia de Gran Hermano a una novela rosa. 

No menos importante es el hecho de haber suprimido el derecho al trabajo sin ningún tipo de consideración a la capacidad de supervivencia de las personas involucradas. La línea de supervivencia resulta crítica en países con informalidad dado que gran parte de la población no está bancarizada, no cuenta con medios de crédito y vive de lo que cobra en efectivo por el trabajo que realiza cada día. El 80% de la población del mundo habita en economías con un grado significativo de informalidad. 

El cierre de las actividades económicas también plantea un fuerte sesgo debido a que no todos los negocios sufren de igual manera las consecuencias de las prohibiciones. Las actividades profesionales se pueden desarrollar del hogar sin problemas, pero otras como espectáculos, restaurantes, viajes etc. simplemente desaparecen. Una gama inmensa de actividades de las que viven millones de personas han caído bajo la arbitrariedad de la norma única. 

En este carrousel de opiniones no podían faltar los resabios del ideologismo decimonónico que busca infiltrar el brechismo (la brecha) como causa de todos los males insistiendo con la formula fracasada de sacarle a los ricos para darle a los pobres. 

Los datos recogidos de los decesos mostraron lo evidente, que los sectores más vulnerables de la población eran los que de cualquier manera tenían más probabilidades de morir con o sin virus, o sea los más viejos y con más de una dolencia grave preexistente. Entonces surgieron, como los gusanos después de la lluvia, esos dirigentes siempre listos para tirar luz sobre los ojos en lugar de iluminar los problemas, proponiendo el empalamiento de los viejos. La gesta no prosperó. 

Sería injusto cerrar este racconto sin mencionar la panoplia de especulaciones sobre los orígenes del Corona y su correlación con aviesas intenciones secretas de los poderes internacionales. Ninguna de las innumerables elucubraciones que caen en este nicho, soporta la prueba del móvil. No se verifica que exista beneficio para el supuesto grupo perpetrador… 

El caso más hilarante es la versión que culpa a China de un acto premeditado de política internacional. Ese país sufrió una caída del producto bruto del 6% sin señales aún de recuperación, la mayor caída desde los penosos días de Mao lo que le está ocasionando un fuerte desgaste político a sus autoridades. No son errores que se comenten con 4.000 años de cultura…

La muerte del becerro de oro

Las cosas importantes en la vida del hombre no se resuelven a través de las respuestas sino con la reformulación de las preguntas y estas tienen directa relación con el lugar desde donde se ubica quién las realiza. Casualmente en China, existe un jardín hecho de piedras que según desde donde uno se ubique se ven figuras distintas. Las piedras no se mueven, el cambio lo produce el ángulo del observador. 

La vida muestra con claridad para quien esté dispuesto a ver, que felicidad o miseria, paz o angustia están mucho más relacionadas con el ser interno que con sus circunstancias. La obsesión por la riqueza incrustada en la cultura contemporánea desde hace un par de siglos es un ejemplo de esta desconexión. Las posesiones y el acceso a la salud del hombre medio actual hubieran constituido el nirvana de los ricos del siglo XIX y un cuento de hadas para los reyes más poderosos de Europa de los siglos dorados. 

Dicha paradoja entre riqueza y felicidad ha sido objeto de numerosos estudios incluidos los que ganaron el premio Nobel de economía hace unos pocos años. ¿Era más feliz Luis XV por saberse el hombre más poderoso del mundo aún sin penicilina, anestesia, aire acondicionado o teniendo que viajar a caballo a expensas de las inclemencias del tiempo o Mr. Jones que goza de todo ello más Netflix, Internet, viajes en avión y vacaciones en un crucero con sauna pero que su vecino Mr. Thompson se acaba de comprar una Ferrari? 

Aquí y ahora somos testigos frecuentes de la insatisfacción, las profundas depresiones y hasta los suicidios de personas que han logrado todo lo que nosotros le pediríamos a Aladino si la suerte nos permitiera encontrarnos con su lámpara, o todo lo que adquiríamos si el próximo gordo de Navidad no nos resulta otra vez esquivo. 

La adoración del Becerro de Oro que confronto Moisés cuando bajo del monte con las Tablas de los Mandamientos muestra cuan antigua es la tradición humana de esconder el espíritu debajo de algún brillo material.  Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el Coronavirus y su relación con la economía?

La enfermedad de los ricos

La novela del Corona Virus resulta anecdótica y casi una burla para los cientos de millones de seres humanos que conviven con índices de mortandad infantil de dos dígitos, enfermedades congénitas originadas en las condiciones de vida o simplemente hambrunas. La paradoja es que esta enfermedad de los ricos nos terminara haciendo más pobre al mundo entero a causa de esta tecno-soberbia que pretende desconocer que la muerte también es parte de la vida y como tal vivir es caminar junto a la muerte. Esa ceguera es la que dificulta hoy al mundo desarrollado comprender el mensaje profundo de humildad, compasión y perdón que representa el Corona. 

No hay solución sin superar los odios entre los hombres, no se salvan los blancos sin los negros y los amarillos, los hombres sin las mujeres, los judíos sin los palestinos, los musulmanes sin los cristianos, los chinos sin los americanos. Si los que se odian no se ayudan nadie se salva. Compasión y perdón. También muestra que la riqueza y el poder no aseguran inmunidad, cae el príncipe y cae el mendigo. El mundo de las formas no se sostiene si no reconoce la energía del espíritu que lo trasciende. 

La mayoría de los dirigentes políticos, históricamente más sensibles a las miserias humanas que a la grandeza, han corrido a ubicarse en la vereda de lo “políticamente correcto” ̈ representada por la histeria cuarentenista. Cuarentena a cualquier costo, pero responsabilidad cero, a dos mil años de Poncio Pilatos. Poco importa si el remedio es peor que la enfermedad o si el costo de la puesta en escena son miles de víctimas, siempre y cuando nada de eso aparezca en la foto. 

Una constante histórica es que los cambios se realizan de arriba hacia abajo, las revoluciones más populistas tanto como las gestas más sublimes siempre se originaron en las alturas del poder y los ejemplos bajaron de los países más desarrollados a los menos. Lord Keynes ilustra esto cuando dice “hasta el portero más humilde de Londres, abre la puerta de la manera, en el lugar y a la hora que lo hace debido a las ideas de algún economista muerto decenas de años antes”. La cadena de reacciones ante el Corona cumple la misma regla, los dirigentes del subdesarrollo, tal como marionetas de reparto en una obra sin director, han copiado partituras ajenas escritas para otros escenarios. El título de una destacada obra de los 80 ̈ no necesita más aclaración: “el subdesarrollo es un estado mental “. El espectáculo que presentan diversos dirigentes compitiendo por el galardón del   ̈Corona 0” en países donde el dengue, la mortandad infantil, la falta de acceso al agua potable o la inexistencia de cloacas mata miles de personas al año es, como dice el tango, tan ridículo como ver ̈un disfrazado sin carnaval ̈. 

El triunfo del espíritu

El cepo que tiene atrapado al mundo es la soberbia que impide aceptar que a pesar de los increíbles avances tecnológicos el hombre no es inmortal y debe coexistir con enfermedades o pestes que se aggiornan a una velocidad difícil de predecir y que tampoco puede controlar los fenómenos naturales algunos causados por el mismo desarrollo a menudo caótico. 

La respuesta superadora. es la resignación y la aceptación de las propias limitaciones sin reacciones histéricas extremas fruto de la fantasía de que se puede vencer la realidad en lugar de aprender a convivir con ella. Aceptación no es resignación, no quiere decir quedarse inmóvil sufriendo sus consecuencias, por el contrario, implica desarrollar acciones de mitigación y establecer políticas de largo plazo que minimicen la posibilidad de la aparición de nuevos peligros. 

Aceptar significa ser capaces de llevar adelante una vida normal, con los recaudos necesarios, pero conociendo que la normalidad contiene un nuevo riesgo, quizás aún mucho menor que otros riesgos a los que la costumbre ha desplazado de los titulares de las noticias. Muchas otras causas de muerte son desproporcionadamente superiores al Corona solo que no se vuelven noticia y en el mundo actual lo que no se publica no existe. 

La manera de romper el círculo vicioso entre Corona 0 o economía devastada creado por la tecno-soberbia no es con más de lo mismo, empujando para correr los muros sino ser capaces de saltar por encima de ellos. Recuperar la altura espiritual para aceptar que el destino tiene caminos que la tecnología no alcanza a comprender, que la humildad es la llave de la paz y que la muerte forma parte de la vida.

Sobre el autor

Marcos Victorica y Urquiza

Marcos Victorica y Urquiza

Licenciado en Economía (1975) – Universidad Católica Argentina – Buenos Aires, Argentina. Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad de Buenos Aires.

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