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Eucaristía y vida empresaria (parte I)

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Escrito por Portal Empresa

Conferencia pronunciada por Enrique Shaw en el VI Congreso Eucarístico Nacional, en Córdoba, en octubre de 1959. (Y dominad la tierra… ps. 57 y siguientes).
Sigue en Parte II

Introducción 

El dirigente de empresa ocupa en el mundo de hoy una posición sobremanera responsable e interesante acerca de la cual no me extenderé mayormente por ser el asunto claro y haberlo ya tratado, siquiera parcialmente, en otro trabajo.

Basta recordar aquí que cuando, terminada la última Guerra Mundial, se organizó el Plan Marshall para promover la reconstrucción de Europa, los equipos de productividad destacaron que los factores que realmente tienen un peso preponderante no son las técnicas ni los diversos artefactos mecánicos, sino la disciplina intelectual y una actitud ética ante el trabajo a realizar

Como otra referencia interesante, cito el caso de un profesor del famoso M.I.T. (Massachussets Institute of Technology) que comentó hace poco al término de su curso, que así como los últimos cien años han sido dominados por aquellos países que, mediante la técnica, han sabido aprovechar mejor el hierro, el carbón, etcétera, el próximo medio siglo será de aquellos que sepan utilizar mejor el potencial humano. 

Por otra parte, según muchos y distinguidos estudiosos, es in- dispensable para el verdadero progreso técnico un ordenamiento de la vida económica tal, que asegure un conjunto armonioso, balanceado y orgánico.

En este momento, en otros países y también en el nuestro, la mayoría de la gente busca la solución a los problemas económico-sociales o en un ordenamiento rigurosamente uniforme e inflexible, que abarque el mundo entero, o bien en las fuerzas espontáneas del instinto vital, en los impulsos afectivos de los individuos y de los pueblos. 

Ambos caminos son falsos, y no reflejan la sabiduría de Dios, que es el primero en socorrer la miseria y en dar ejemplo

A la primera de estas soluciones, que fomenta la despersonalización del hombre moderno, Pío XII la llama superstición porque atribuye a una fórmula rígida un poder casi prodigioso que es imposible que tenga; en cuanto a la segunda -poner la esperanza exclusivamente en las fuerzas creadoras de cada individuo-, dice Pío XII que es contrario al plan de Dios, que es el Señor del orden. 

Para encontrar la solución es necesario que la humanidad contemple la acción de Dios para aprender de su forma de actuar, infinitamente sabia y eficaz, el medio de ayudar a los hombres. Y elemento esencial en esa acción divina es el contacto personal e inmediato llevado a cabo en el misterio de la Encarnación.

Veremos a continuación como la Eucaristía -presencia sacramental permanente entre nosotros del Verbo Encarnado- con su silencioso llamado a un mayor personalismo y a una mayor solidaridad, es no sólo el motor sino la dirección, el «volante», de una auténtica vida empresaria. 

I CAPÍTULO

EUCARISTIA Y ACTITUD EMPRESARIA 

En el ambiente empresarial de nuestro país suele encontrarse una actitud de desorientación, frustración y aún de resentimiento. No es necesario ahondar mucho en el análisis para advertir que ello es la consecuencia que, mientras por una parte somos injustamente atacados y se subestima nuestro esfuerzo en el cumplimiento de nuestra misión, por otra no se nos estimula. 

¿Podemos nosotros, dirigentes de empresas que procuran actuar cristianamente, compartir esta actitud? ¿Cuál debe ser nuestra actitud? Es evidente que ha de ser la de Cristo. 

Cristo-Eucaristía, cuando desde la custodia, allá en lo alto, está expuesto para nuestra veneración, parece volver a insistimos en esas actitudes básicas de todo cristiano que nos enseñó en el Sermón de la Montaña. 

Advirtamos que las bienaventuranzas, -bienaventurados quiere decir felices-, traen aparejada la verdadera felicidad. Pero son además un llamado, un estímulo a la acción. Si moderan nuestras actitudes impulsivas, «naturales», es para reorientar nuestra acción a fin de que vaya más directamente a su objetivo, sea más estable en sus efectos y nos dé más alegría en todas sus etapas. Procuraré hacer un somero análisis de ellas, no en sí mismas, sino en lo que pueden tener de aplicación directa a la vida empresaria. 

1° Bienaventuranza 

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos 

Esta primer Bienaventuranza se refiere a la actitud de dependencia de Dios y de desapego de esas cosas terrenas en las que solemos apoyamos con exceso y significa que Quién nos conoce mejor que nadie nos asegura, con Su autoridad, que hay un vínculo muy profundo entre el desapego, la felicidad y la perfección. 

Me parece que en lo específico del dirigente de empresa, debemos aplicar este consejo evangélico en varias formas: 

  • a)  Desapego de nuestro «yo» personal. Por ejemplo, no imponiendo mis propias ideas por el sólo hecho de tener la autoridad para hacerlo (lo cual, por otra parte, atenta contra la eficiencia de la empresa).
  • b)  Desapego del «yo» social ¡Cuántas veces se toman decisiones no por consideraciones económicas o sociales, sino por vanidad! Pues no de otra forma se pueden calificar ciertos gastos «por no ser menos». Aún en las empresas del Estado se han visto casos en que, porque algún país vecino ha encarado la fabricación de un producto al que se atribuye prestigio, se considera urgente e indispensable hacer lo mismo, aún en forma antieconómica. 
  • c)  Desapego del espíritu exagerado de seguridad. El dirigente de empresa debe ser «hombre de empresa», capaz de desapegarse del miedo a perder los bienes en que nos apoyamos para tener seguridad y, confiando en Dios y con prudente optimismo, tomar algún riesgo, sobre todo si se trata de desarrollar las riquezas naturales o de crear nuevas y auténticas fuentes de trabajo; o aquellas otras empresas -periodismo por ejemplo- que, aunque riesgosas o improductivas, pueden contribuir al bien común. 
  • d)  Desapego suficiente de nuestros bienes como para ser generosos en dar, o mejor dicho re-donar para bien de la comunidad, los talentos recibidos, materiales o espirituales. Ellos nos han sido dados para que nosotros los administremos teniendo en cuenta a los demás. 
La Santísima Trinidad es un modelo de ello pues, como sabemos, Dios es Amor, y Dios Padre es especialmente es Amor dado, es decir, Amor infinito infinitamente dado. Amor es don de sí. El intercambio de Amor del Padre al Hijo y viceversa, es decir, todo el Amor intercambiado, es el Espíritu Santo. 

Hay pues un darse continuo, dinámico, que debemos tomar como ejemplo. 

  • e)  Pobreza intelectual, humildad de quien sabe que no sabe ni puede todo. 
  • f)  Espíritu de pobreza frente a Dios, pues solamente si nos sentimos pobres, insuficientes, vacíos, hambrientos, Dios nos dará. El hermano mayor del hijo pródigo es un caso típico de lo contrario.53
  • g)  Aceptación de la pobreza de medios. La mayoría de las empresas decentes de nuestra Patria están en una posición financiera y técnica muy inferior a las equivalentes de otros países, lo cual acrecienta las preocupaciones de quienes las dirigen, aún para sólo asegurar su existencia, y consecuentemente les distrae o impide cumplir con ciertos planes de mejoramiento social, muy difíciles de aplicar sin una sólida base económica. Pues bien, es difícil pero no imposible, y siempre hay mucho que se puede hacer aunque el dinero sea poco. Procuremos salir de esta pobreza de medios, pero sin inquietamos ni dejar de actuar cuando no lo logramos. 
  • h)  El ideal de desapego que Cristo nos propone tiene que hacernos comprender mejor nuestro deber en relación a la distinción primordial en relación a la distinción primordial entre los bienes de primera necesidad, que importa procurar y asegurar a toda la comunidad, y las satisfacciones de lujo, aunque la producción de éstas suelen resultar inversiones más rentables. 
  • i)  Y finalmente, el espíritu de pobreza debe manifestarse en alguna privación concreta, ya sea en lo individual (las diferencias, sobre todo en épocas de grandes contrastes, «chocan» y hieren, y por lo tanto la ostentación asume graves caracteres antisociales) o en la empresa como conjunto. En resumen, si la riqueza estuviera en manos de pobres de espíritu, la riqueza multiplicará la riqueza. 

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