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Los errantes

A veces andamos errantes en la vida, pero eso no significa necesariamente que estemos perdidos

En La Comunidad del Anillo, el primer volumen de la trilogía tolkiniana de El Señor de los Anillos, hay un poema dirigido al rey que habrá de venir. En él se dice que “ni todo errante está perdido”. Aragorn, uno de los principales protagonistas de la saga, es un errante, un “montaraz” lo llama Tolkien. Pero, aun en su condición errabunda, se sabe portador de una misión decisiva.

Portar una misión es lo propio de todo peregrino, de todo peregrinaje. Uno de los entrañables hobbits se llama en inglés Pilgrim Tuk, “el peregrino Tuk”. También él posee una misión ante la que no habrá de arredrarse. La misión del peregrino es llegar a buen puerto, y con mucha razón decía Séneca que “quien no sabe a qué puerto navega, ningún viento le es favorable”.

El buen peregrino, el buen errante, no pierde nunca la “luz del regreso” de la que tan poéticamente hablaba Homero en la Odisea. Sabe a dónde va y sabe a dónde vuelve, pues salir y volver están complicados en todo peregrinaje. Es más: se sale para volver, y volver fundamentalmente a casa.

De alguna manera más o menos cierta, todos somos errantes peregrinos en esta vida. Todos buscamos vientos favorables que nos conduzcan a un destino cierto en el que, al fin, podamos descansar de nuestros trabajosos viajes, la existencia misma.

Porque, en verdad, el viaje del errante peregrino es arduo, debe enfrentar no pocas penalidades, tristezas nada menores y debe acometerlas con infinita destreza. De Ulises dice Homero que era “rico en ardides”, rico en destrezas. También él era un errante peregrino de regreso al hogar.

Precisamente por no perder “la luz del regreso”, Ulises pudo enfrentarse a los maléficos designios de la hechicera Circe, a los arrebatadores encantos de la ninfa Calipso, al gigantismo del cíclope Polifemo, al siniestro poder de las sirenas devoradoras de marineros y al tóxico de las flores del loto que solo llevaban al olvido. Ulises nunca perdió de vista su destino más cierto, Ítaca, su patria, su casa, y a ellas encaminó sus pasos con decisión.

Por el contrario, la sociedad contemporánea anda más bien escasa de destinos ciertos, solo promete viajes. El viaje como fin en sí mismo, una tautología del espacio (y del tiempo). Hace ya bastantes años una conocida gaseosa española se publicitaba con el eslogan “corre, corre para tener sed”. Éste es también el eslogan de los tiempos que nos toca vivir: viajar con la precisa intención de seguir viajando, de acumular imágenes y emociones en nuestras ya nutridas alforjas.

No es que esté mal viajar, por supuesto: conocemos otras culturas, otras lenguas, otros paisajes, otras costumbres, otras gentes… pero andamos un poco escasos de nosotros mismos cuando el viaje se ha vuelto una pulsión irrefrenable, cuando no tiene término. Cuando es un puro salir-de-sí sin regreso alguno.

Cuando los peregrinos errantes de antaño volvían era para contar sus historias a aquellos que los aguardaban, para darlas a su memoria y que no sucumbiesen al olvido. Era, así, un recuerdo compartido. Hoy compartimos nuestros recuerdos en el espacio (y tiempo) efímeros de las redes sociales, donde no están sino llama- dos a perderse tarde o temprano, a disolverse en la nada más absoluta.

El tiempo de obsolescencia en las redes es (casi) inmediato, no hay lugar para el contacto personal, el único ámbito en el que podemos regalar nuestras memorias. El poema de Tolkien, que comienza con el verso “ni todo errante está perdido”, termina con este otro: “y a las raíces profundas no llega la escarcha”. Solo si nuestros errantes peregrinos están arraigados, tiene raíz, podrán evitar el invierno del olvido. Y la raíz de todo es siempre una casa a la que volver.

 

# Publicado por el Hilo, newsletter de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral

Sobre el autor

Carlos Álvarez Teijeiro

Carlos Álvarez Teijeiro

Doctor en Comunicación Pública por la Universidad de Navarra (España). Profesor titular de Ética de la Comunicación en la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.

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2 comentarios

  • Muy bueno el artículo, para pensarlo, aplicarlo a nuestra propia vida y, porque no a la vida empresaria. Elmperegrinomy el errabundo. Dos figuras, dos estados espirituales que todos sufrimos o vivimos y no es mejor un estadomque el otro.
    En el Señor de los Anillos, efectivamente se nos presenta a Aragorn como un “errabundo” pero como supo conocer su destino fue en, en realidad, un peregrino. Por el contrario, Boromir que originariamente fue un peregrino que se unió a la comunidad del anillo para cumplir una misión, equivocó los medios.
    Luises se nos presenta, y así lo definen Homero en La Odisea, como un errabundo; pero tan pronto seguimos sus aventuras vemos que, en realidad, era un peregrino. Como Carlos marca, tenía un objetivo, volver al hogar, a su querida mujer y a su hijo desconocido. Desechonla inmortalidad (no la vida eterna que es algo substancialmente distinto), para volver a Itaca.
    Todos somosmalgo errantes cuando nos parece que perdimos nuestros objetivos y pasamos a ser peregrinos cuando el Espiritu Santo nos los muestra.
    La diferencia entre el “hombre de negocios” y el “empresario” es, justamente, la existente entre el errabundo y el peregrino.
    Gracias Carlos.