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Abatimiento y proyecto esperanzador

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Escrito por Julio C. Marolla

Es recordada la técnica del salami, ideada por Mátyás Rákosi, jefe del Partido Comunista Húngaro hacia fines de los 40’s, como un movimiento progresivo de desgaste de los rivales políticos: “rodaja a rodaja les comemos el salami”.

Quizá hoy debamos ver al prolongado período de la pandemia como un eficaz abrasivo que debilita día a día con igual técnica la energía social, dejándola en un limbo que va de la desazón a la desesperanza. Poco a poco, como en una cinta moebiana, nos fuimos deslizando de una cotidianeidad en la que había un lugar

para la energía abierta en la prepandemia a un universo cerrado, centrado en lo mínimo y las rutinas repetitivas del día a día en el que muchas personas habitan hoy.

Quizá en Argentina debamos pensar que la pandemia imprimió su sesgo emocional sobre viejas heridas inscriptas en el corpus social que databan del 2001. Una sociedad crecientemente empobrecida y quebrada dificulta la esperanza en el florecimiento personal.

En distintos ámbitos se habla más de un presente teñido de desgaste, estrés y burnout que de proyecto y desarrollo plenos. Es más, a veces introducir el tema de un futuro esperanzador parece tener el mismo efecto que contar un chiste en un velorio.

Podemos sintetizar la desazón personal y social en la figura del abatimiento, no necesariamente en el nivel discursivo, sino como una presencia difuminada en el trasfondo que tiñe el sentido de lo que circula.

Uno de los efectos de la pandemia fue recobrar la vigencia del espacio familiar como sede del trabajo, del que había sido erradicado por la industrialización y en particular por el gran creador de los centros suburbanos, el automóvil y su incidencia sociológica de establecer una distancia tal entre el hogar y el lugar de trabajo que quedaron singularizados como espacios sin ligazón temporal.

La vuelta al hogar fue tan apresurada como traumática, hacia un ámbito en el cual debían compartirse espacios que no estaban previstos y medios escasos o insuficientes, desde la disponibilidad de internet para varios equipos a la vez hasta el espacio inadecuado o tener que usar una sola notebook entre varios miembros del grupo familiar.

Y a la vez fue el alejamiento de la oficina como lugar de encuentro social, intercambio de energía y de compartir experiencias, alegrías y consejos. En fin, el rol de contención social que tienen los espacios laborales además de su fin aparentemente principal que es la producción de un bien o servicio.

¿Cómo recrear entonces un espacio para pensar que un pleno florecimiento personal, un futuro esperanzador y mejor es posible para cada persona y que lo que cada persona hace sirve a la vez para construir una mejor sociedad?

El primer paso es la reconstrucción de redes colaborativas. Y la primera de ellas reside en el nuevo hogar que queda configurado como un lugar que recurrentemente, en mayor o menor medida, seguiremos ocupando como espacio de trabajo compartido.

Parte de las funciones sociales del espacio laboral tradicional han pasado entonces al hogar, que quizá deba ser pensado como la sede de una empresa común cuya función esencial sea apuntalar a cada miembro para pasar de las rutinas del día a día a la construcción de un proyecto de florecimiento personal junto y gracias a los otros. Salir del abatimiento para vislumbrar un futuro esperanzador donde cada uno tiene una función esencial para el fortalecimiento y crecimiento del otro. Un nuevo taller artesanal donde se talla el florecimiento de cada uno, independientemente de cuánto sigamos trabajando en él. Un hogar que sea punto de partida de esta fortaleza (en toda la amplitud polisémica de la palabra).

Entonces, ya sea como miembros de una organización, como profesionales, como constructores de nuestro propio rol, podremos asumir el desafío que plantea el nuevo horizonte que va presentando el trabajo. Un trabajo no localizado, a lo mejor no enrolado en una sola función u organización, un trabajo cuyo lugar más permanente quizá sean las redes que anidan en la nube.

Para asumir estos desafíos que los cambios de la pandemia parecen estar acelerando, surge como centro del proyecto personal qué queremos ser antes de qué queremos hacer. Cómo nos construiremos para un futuro en el que el proyecto personal es cada vez más un entramado colaborativo entre personas que se vinculan de las maneras más diversas y a veces impensadas. Y esto cobra un rol fundamental en las personas que, parafraseando a un antiguo periodista, tienen más futuro que pasado. A jóvenes que enfrentan una expectativa de vida de largos más de 100 años, con nuevas e impensadas modalidades de trabajo. Muchos de ellos dejarán las organizaciones en las que revistan antes de los 50 años y enfrentarán varias décadas de trabajo potencialmente fecundo y pleno de florecimiento en roles de enorme capacidad contributiva para sí mismos, para sus familias, para aquellos a quienes den sus servicios. Podrán construir la oportunidad para ir logrando una sociedad y un ambiente más sustentable, justo y equitativo.

Esta es la preparación que necesitamos para ir transitando una cinta de Moebius revertida que produzca el pasaje del abatimiento al proyecto esperanzador.

 

#Este artículo fue publicado originariamente en El Hilo, publicación de la Escuela de Posgrados en Comunicación (EPC) de la Universidad Austral.

Sobre el autor

Julio C. Marolla

Magíster en Comunicación para la Gestión del Cambio. Profesor de Comportamiento humano en las organizaciones. Escuela de Posgrados en Comunicación Universidad Austral

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