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¿De qué me sirve el bautismo? El cristiano y su impacto empresarial

Los equipos de alto rendimiento

¿Nos cambia en algo el ser cristianos en el mundo de la empresa? ¿Tiene alguna utilidad o repercusión el ser bautizados? Esta pregunta puede sonar un poco rara, e incluso desubicada. Pero esconde la pregunta de fondo: ¿En qué me cambia mi fe? ¿Impacta en mi día a día, personal y laboral? ¿O mi vida de fe y mi desempeño laboral van por carriles paralelos que no se tocan nunca?

Durante las últimas dos décadas, en muchas empresas, más de tres cuartas partes de la jornada laboral fueron destinadas a la comunicación entre colegas. En estos años, el tiempo que jefes y empleados pasan en actividades que requieren de colaboración ha aumentado más de 50 por ciento, según un estudio publicado en Harvard Business Review. Por eso se vuelve clave la calidad de la interacción, más allá de la cantidad de información intercambiada; porque cada vez crece más la cantidad de interacción, pero no necesariamente la calidad.

En 2012, Google se embarcó en un proyecto al que llamó “Aristóteles”, con la intención de buscar cómo funciona un “equipo perfecto” para el desempeño eficiente de su compañía. ¿Qué hacía que un equipo tenga mejores resultados?

Fueron cinco años de investigación, con idas y vueltas de estudios de campo y millones de dólares invertidos. Intentaron encontrar patrones en común: desde la confirmación de equipos con similares intereses, profesiones, características personales, el pasar tiempo juntos fuera del trabajo, etc. Pero no terminaban de encontrar el diferencial, ya que en la búsqueda de estos patrones se encontraban comúnmente que dos equipos similares tenían resultados muy distintos entre sí. Por ejemplo, los equipos con mejores rendimientos a veces estaban compuestos por amigos, y otras veces por personas que no tenían interacción fuera del horario laboral. Algunos equipos tenían un esquema jerárquico, otros tenían un esquema más matricial u horizontal, etc.

En esta investigación llegaron a la conclusión de que lo que distinguía los equipos “buenos” de los disfuncionales era cómo se trataban sus miembros entre ellos. Más precisamente: los mejores equipos son aquellos en los que la gente se escucha y muestra sensibilidad a las necesidades de los demás. Lo que en el mundo del management está en boga y es llamado como “seguridad psicológica”, un estilo de comportamiento que Amy Edmondson, profesora de la Harvard Business School define como “la creencia compartida por parte de miembros de un grupo de que el grupo es seguro a la hora de la asunción de riesgos interpersonales”. Dicho de otro modo, un equipo de trabajo donde hay seguridad psicológica goza de una sensación de confianza en que el equipo no hará sentir vergüenza, no rechazará y no castigará a nadie por decir en voz alta lo que piensa. Esta libertad de compartir las cosas que nos asustan, sin miedo a recriminaciones, es dada por la certeza de que las personas que trabajan con nosotros quieren escucharnos. Incluso en temas extra-laborales.

En síntesis, para generar equipos de alto rendimiento, necesito una cultura en la que las personas se escuchen, se interesen unas por otras, no se juzguen, sean humildes para compartir, dejarse corregir, etc.

¿Amar, escuchar, humildad, no juzgar…? Aquí es donde “descubrimos la pólvora”. Amar al otro, respetarlo. Humildad para aceptar errores o para no castigar tajantemente al otro. Abro un paréntesis, me detengo y pienso: ¿por qué en vez de leer tantas cosas sobre liderazgo, no agarramos un poco más seguido el Evangelio? Estoy convencido que una buena lectio con el Evangelio da más luz que la última novedad de los gurúes del management. No quiero ir contra estas lecturas y cursos. No solamente estoy convencido de que son buenos, sino que incluso me dedico a ello. Pero sí cuestiono el que “canonicemos” estos gurúes, o que le demos más autoridad a lo que Jesús y la Iglesia nos enseñan. No hay libro, por más best-seller que sea que encierre la sabiduría del Evangelio (cfr. 1 Cor 1, 17-25). En palabras de San Pablo: “Todo lo que hasta ahora consideraba una ganancia, lo tengo por pérdida, a causa de Cristo. Más aún, todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Fil 3, 7-8). Cierro el paréntesis.

La seguridad psicológica, entonces, es este entorno seguro que potencia a los equipos, y se da cuando podemos traer lo que nos pasa y volcarlo en una comunicación explícita dentro de los equipos; en otros términos, se da cuando recibimos con amor y entrañas de misericordia lo que el prójimo -un compañero de trabajo- nos trae.

 ¿Por qué mi fe impactaría en el rendimiento de mi equipo?

Ahora bien, ¿cómo llevamos a la práctica esta seguridad psicológica? “¿Con qué se come esto?” ¿Y cómo impacta en otros?

Recuerdo un gerente comercial de una compañía que se sentía inseguro respecto al rol que cumplía. Esta inseguridad lo llevó a rodearse de personas “menos capacitadas” que él -según su propio juicio-. Esta actitud estuvo acompañada de dar poca participación a quienes consideraba una “amenaza” a su puesto. Fue armando, entonces, un equipo poco calificado y poco comunicativo. Todas las decisiones y comunicaciones pasaban exclusivamente por él. No pasó mucho tiempo hasta que esto se empezó a ver reflejado en los resultados de la Gerencia. He visto replicada esta actitud defensiva en decenas de empresas, y en cualquier nivel jerárquico.

Me pregunto: ¿qué hubiera ocurrido si este gerente hubiera estado “mejor plantado” en su rol? ¿Qué hubiera ocurrido si no hubiese sentido esa amenaza? Quizás hubiera formado un equipo más capacitado, o hubiera abierto el juego y generado mejor contexto para el rendimiento de su equipo.

Aquí descubrimos la “utilidad” de nuestra fe, encontramos que nos “sirve” nuestro bautismo. Porque suena lindo hacer todo esto de la seguridad psicológica, pero nuestra naturaleza herida no siempre muestra seguridad (más bien se muestra endeble), ni se interesa por lo que el otro trae; o lejos de ser amiga de actitudes humildes se inclina a querer mostrarse y “ganarse” el aprecio de otros. Esa herida original que nos inclina a “querer ser como dioses” al margen de Dios (cfr. Gn 3, 5).

Cuando todo el tiempo tenemos que demostrar “quiénes somos”, vivimos atentos a no cometer errores. Naturalmente esto desemboca en una auto exigencia desmedida (y en sobre-exigencia hacia otros), en ocultar información, no evaluar ni aprender de errores cometidos, a repetir mismos errores y entrar en una dinámica competitiva y de cruce de acusaciones unos con otros. No estoy diciendo nada nuevo: después del primer “error”, surgieron las primeras acusaciones: La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él (Gn 3, 12).

¿Y qué ocurriría si encuentro un entorno seguro, donde sea aceptado y querido por quién soy? ¿Dónde puedo encontrar ese espacio de incondicionalidad? ¿Dónde vivir esa gratuidad en la cual soy recibido más allá de lo que haga, sino por quién soy? Santa Teresita, poco antes de morir, decía a sus hermanas: “La santidad no consiste en tal o cual práctica. Consiste en una disposición del corazón que nos vuelve humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre”. Quien experimenta ese amor incondicional, no teme mostrarse frágil y vulnerable.

Aclaro que no debemos entender con esto que dé lo mismo lo que hagamos o dejemos de hacer, y esto aplica a la moral cristiana como al rendimiento laboral. Pero justamente por eso, aprendiendo del estudio mencionado anteriormente, debemos enfocarnos de un modo diferente en el modo de relacionarnos. Porque amando incondicionalmente, generamos entornos de seguridad psicológica, ergo, de alto rendimiento.

Aquí nuestra fe da algo que no podemos encontrar cabalmente en ninguna teoría ni libro de liderazgo, por más valioso que sea. ¿Acaso no es el bautismo donde nosotros escuchamos estas palabras: ¿Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección? (Mt 3, 17) ¡Cuánta seguridad psicológica -y podemos agregar, ontológica, existencial, etc.- nos da sabernos amados incondicionalmente! Y esto lo experimentamos cuando nos sumergimos –bautizado significa sumergido– en la Trinidad. En el fondo, el bautismo nos abre a una conversión, a hacer el camino inverso del pecado, y así pasar del “querer hacernos como dioses” a fuerza propia, a recibir de Dios el don de vivir como hijos en el Hijo.

Nuestra vocación bautismal nos abre al sabernos amados. Y esto no queda en algo meramente romántico o aislado de la empresa: actuamos de acuerdo a cómo pensamos, de acuerdo a lo que creemos. Si nos sabemos amados incondicionalmente, entonces actuamos no ya desde el temor. Si nos sabemos recibidos, no está en juego la aceptación del otro, hay lugar para una sana vulnerabilidad y generar espacios de aprendizaje ante errores, sin temor a represalias. Fomenta mirar el error no desde la mediocridad, sino aprendiendo y haciendo crecer a otros.

¿Quién mejor que Jesús para enseñarnos ese camino? Contemplando la escena de la mujer adúltera (cfr. Jn 8, 1-11), vemos cómo Jesús recibe sin condenar a esta mujer. Esta mirada misericordiosa que no juzga, que contiene; y al mismo tiempo -lejos de una mirada chata y mediocre- desafía a superarnos, porque cree y espera lo mejor del otro; una mirada que no le da lo mismo el error cometido y por eso invita a “no pecar más”.

 Buscando caminos concretos

Como dijimos, el cristiano que se va configurando con Cristo, va teniendo un corazón semejante al Suyo (cfr. CIC 1694). Esa transformación del corazón cambia la forma de interactuar; una forma de interactuar que genera un entorno de seguridad psicológica que impacta en el rendimiento de los equipos.

No alcanzan los libros y los cursos sobre management. Necesitamos cambiar la mirada, que esa cultura se haga carne. En este sentido, nuestro bautismo, además, es puerta de los otros sacramentos, los cuales nos dan la fuerza necesaria para llevar todo esto adelante. ¿Cuánto pagaría un Director de RRHH por capacitar con herramientas a su equipo, y además darle la fuerza y el convencimiento para poner en práctica aquellas herramientas recibidas? Google gastó millones de dólares para averiguarlo. Nosotros encontramos esto gratis en el Evangelio, en los sacramentos, en la caridad, etc. En la Confesión somos recibidos incondicionalmente por el Padre misericordioso. En la Eucaristía vivimos la gratuidad del don, en esa acción de gracias por excelencia.

De esta manera, la vida de gracia no solamente nos descubre este espacio de “seguridad psicológica”, sino que además nos da la fuerza para llevarla a cabo, y derramarla a los demás. Y así poder llevar a cabo en la empresa el mandamiento del amor que nos dejó Jesús, como signo de que verdaderamente somos sus discípulos. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros (Jn 13, 35).

Este amor cristiano, un amor sincero por el otro -como el que vivió Enrique Shaw- nos abre no sólo a ser discípulos de Jesús, sino a ser empresarios con un alto nivel de rendimiento.

 

Imagen destacada: Stanislav Kondratiev

Sobre el autor

Francisco del Campo

Lic. en Filosofía (UNSTA) y Coach PCC (International Coach Federation). Consultor independiente, profesor de Teología en la Univ. Austral. Fundador de CLIC (Curso de Liderazgo Cristiano. Herramientas de Coaching aplicadas a la vida de fe).

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7 comentarios

  • Cabe sumar una hermánenla del coaching que se podría asemejar a lo que es la corrección fraterna en el cristianismo. Característica de un buen líder, que en el diálogo pretende construir un ámbito de seguridad psicológica, basada en la confianza. Esa herramienta es el feedback!! Un buen líder tiene una observación integral de las competencias profesionales, pero sobre todo de las capacidades, habilidades y potencialidades humanas basadas en crecidas de valores que conforman su identidad. Quizás resaltando en el miembro del team esas cualidades únicas, logré confirmar en él una nueva reconfiguración de sus posibles contextos, para que brillen nuevos comportamientos frutos de nuevas acciones que eleven los resultados a estándares inimaginables. Repito. La confianza puesta en sus cualidades únicas, logran potenciar su autoconfianza. Esa empatía genera muchas y nuevas posibilidades!! Pablo Deluca Gulland. Counselor & Coach +PNL