Editorial

Editorial de Pentecostés

Escrito por Consejo Editorial

De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban” (Hch 2,2)

 

Las puertas estaban cerradas. Nada ni nadie podía entrar ni salir. Estaban mal y no era previsible ningún cambio. Así describe la Palabra de Dios la experiencia previa a  Pentecostés. La resurrección de Jesucristo no había alcanzado para que se produjera una transformación completa en sus discípulos. La oportunidad de una nueva alianza había sido ganada por Jesús al pagar en su propio cuerpo el precio de la infidelidad del pueblo de Israel con la primera alianza. Pero los hombres aún estaban capacitados para recibir el don de la Vida Nueva.

Los cielos intervinieron. Dios hizo posible lo que era imposible para el hombre. El Padre cumplió la promesa de enviar otro Paráclito, otro que como el Hijo eterno de Dios encarnado se parase a nuestro lado. Llegó para acompañarnos y aconsejarnos, defendernos del mal y guiarnos en el bien, para que nuestro “” pasara de las palabras a las obras. Lo llamamos Espíritu, traducción de las palabras “ruah” del hebreo y “pneuma” del griego que usan las Escrituras Sagradas para nombrarlo. En ambos  términos queda expresado un doble signo: el del viento por un lado y el del soplo de la respiración por otro.  Inasible totalmente, hacemos experiencia de su acción al constatar la increíble transformación que se obra cuando Él está presente.

La realidad que hoy nos toca como sociedad, tal vez esté llamada a vivir la misma dinámica de Pentecostés. Estamos encerrados en la falta de diálogo y la ausencia de acuerdos, en la carencia de un camino común que nos abra a la esperanza.  Hay un ruido que resuena en la casa, pero no es el del Viento que viene del cielo, sino el de las acusaciones, las agresiones y la crítica continua. Son las formas que toma el temor a no tener razón, a perder poder, a ser expuesto en la propia debilidad. Son ruidos de vientos que queriendo equilibrar la realidad se hacen reclamos de todos contra todos, donde cada uno se siente perjudicado por los demás y no logra ver otra solución que declararlo su enemigo. Y como diría el profeta: “Porque siembran vientos, cosecharán tempestades” (Oseas 8,7)

Cuando el Viento viene de lo alto, se hace soplo dador de Vida como en la creación, donde la arcilla moldeada por Dios recibió su aliento. El Espíritu no deja a ninguno de lado, llega a todos, se derrama en la diversidad y la unifica, sin anularla. Es en el Espíritu donde cada uno se reconoce parte de un mismo cuerpo, donde se reafirma en su propio valor y sentido, sin necesitar desmerecer a los demás miembros. Allí se hace consciente que si uno sufre, todos sufren y abandona el absurdo de pensar la sociedad como un juego de suma cero para reconocer la fraternidad irrenunciable en la que ha sido creado y de la cual no puede prescindir sin lastimarse a sí mismo.

Como dirigentes de empresa cristianos, quienes formamos hoy parte de ACDE somos convocados a colaborar en la obra del Espíritu de Dios. Él está de pie, a nuestro lado, realizando la unidad de nuestra sociedad, invitándonos a ser sus instrumentos. Para darle nuestra respuesta necesitamos, en primer lugar, volver a creer en su acción con todo nuestro corazón porque muchas veces nos cuesta seguir  esperando alcanzar esta meta tantas veces postergada y sucumbimos a la tentación de la desconfianza permanente sobre los otros. En segundo lugar, para ser creíbles al invitar a todos a la unidad, será necesario que nuestro modo de actuar sea constantemente de real apertura y sincera valoración de los demás.

Decía San Agustín en uno de sus sermones: “Quién tiene el Espíritu Santo está dentro de la Iglesia que habla las lenguas de todos”. Habitados por el Soplo de Dios, estamos llamados a romper con la incomprensión entre quienes formamos parte de esta Babel del siglo XXI a fuerza de paciencia y perseverancia. Aprender mutuamente los otros idiomas, el de los sindicatos, los políticos, los movimientos sociales, etc., no es nada fácil. Pero cada día verificamos que es mucho más alto el costo de no hacerlo.

Seguirán estando quienes se niegan a dialogar, a entender nuestro idioma y enseñarnos el suyo. Tal vez sea porque pretenden imponer su propia lengua como la única y acallar a todas las demás. No han comprendido que es en la multiplicidad de voces, donde encontramos la voz de Dios. Tarde o temprano, el poder del Espíritu se revelará victorioso sobre quiénes son los hacedores de las divisiones. Mientras tanto, la tarea será seguir sumando a todos los que quieran incorporarse en una misma mesa cada vez más amplia.

Nos confiamos al Espíritu Creador en su poder de encender la luz de las mentes y la caridad de los corazones de todos los dirigentes de nuestra sociedad. Le pedimos que fortalezca nuestro sistema democrático y republicano que a veces parece aún débil y que resulta imprescindible para los consensos y acuerdos que hemos de alcanzar. Le encomendamos que defienda la justicia de nuestra nación como garante de esa búsqueda. Y por sobre, todo le rogamos que nos ayude a reconocernos hermanos, sujetos de una misma historia que han descubierto que la llama del bienestar que buscan para cada uno nace del fuego del bien común.

Sobre el autor

Consejo Editorial

Consejo Editorial de Portal Empresa, la revista digital de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE).

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