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El Triage también se ocupa de los desventajados

En días pasados, los nombres de ciertas naciones sudamericanas comenzaron a resonar cuando subimos al podio de ser los primeros en el mundo con mayor cantidad de muertes por millón de habitantes debido a COVID-19. Un sitial penoso que no queda otra que asumirlo con respeto por los que ya no están y consuelo para sus seres queridos. Aun así, como sociedad estamos llamados a aprender de nuestros actos y momentos movilizadores como estos que vivimos debieran conducirnos a una profunda reflexión.

Salvando las distancias entre realidad y ficción, pienso en la misión pedagógica de las antiguas tragedias griegas.

En la Grecia clásica, las tragedias exponían los problemas cotidianos y existenciales de manera fuerte y directa a fin de educar a los ciudadanos para la phrónesis, una cualidad inexplicable en una sola palabra que incluía sabiduría y prudencia. Para Enrique Herreras Maldonado, la tragedia jugó un rol crucial en el pasaje de una paideía (educación) aristocrática a una democrática, capaz de generar un nuevo imaginario social que uniera a los ciudadanos en torno a ideales de justicia, igualdad y libertad. En los poemas homéricos que precedieron a las tragedias –entiende Herreras– la responsabilidad se atribuía a un dios o al destino y el hombre era un mero instrumento de la voluntad divina o del infortunio; en cambio, en las tragedias, la responsabilidad comienza a desplazarse hacia los seres humanos.

Volvamos a los hechos que nos hacen ocupar ese podio lamentable y que, entre otros motivos, se atribuiría al cuello de botella surgido por el (des)encuentro entre la alta demanda de cuidados críticos y el menor número de camas de terapia intensiva. Son momentos en los que se recurre al llamado triage cuyos orígenes se remontan a las guerras napoleónicas y fue creado para levantar del campo de batalla a los heridos capaces de llegar con vida hasta el puesto médico más cercano. Esa concepción del triage se centraba en situaciones de víctimas masivas para las cuales no existían suficientes medios, especialmente quirúrgicos.

Aunque con algunos cambios, el espíritu del triage original no ha desaparecido y hoy se lo aplica en situaciones como desastres y catástrofes con muchos damnificados donde se debe diferenciar quién está en riesgo de perder la vida, quién necesita atención urgente y quién requiere atención de rutina.

No obstante, el rescate en la cueva de Tham Luang en 2018 mostró un abordaje diferente para fijar prioridades. Entonces, doce adolescentes y su entrenador decidieron voluntariamente que primero debían ser rescatados aquellos que residían a mayor distancia de la cueva. Claro, desde una perspectiva purista diríamos que ese acontecimiento fue un accidente y no una catástrofe; sin embargo, estableció un paradigma distinto que no priorizó a los más fuertes –como sugerían los especialistas–, sino a los más desventajados por estar lejos de sus familias y tener un largo camino por delante.

Como procedimiento de salud, el triage es necesario en momentos donde la demanda de recursos excede a la oferta y esta no puede ser incrementada en el cortísimo plazo. De ahí que hablar de triage es hablar de adjudicación de recursos disponibles, o sea, de la aplicación de la justicia distributiva y debido a esa importancia no corresponde que sea analizado como una cuestión “exclusivamente” técnica.

El suceso tailandés nos mostró que es posible ponerse en los zapatos del otro y anteponer la equidad al cálculo utilitarista. Que en el triage moderno no hay lugar para la sola discriminación entre lo urgente y no urgente pues también se ocupa de los desventajados. Y no me refiero a otorgar recursos indisponibles, sino a acompañar sin descuidar lo dinámico y cambiante de sus grises; de pretender la eficiencia en términos de Vilfredo Pareto, donde conceder un bien no implique quitárselo a otro y en lugar de justificarnos con la frazada corta que descubre los pies para cubrir la cabeza, demandemos creatividad y empatía para estirarla. Un triage empático, eso que Pauline Irving sintetizara en comprensión, afección y actitud, y Janice Morse le añadiera la dimensión moral de cuidar con altruismo. Después de todo, eso incumbe a la ética del cuidado que se menciona en la última disposición sobre la emergencia sanitaria argentina.

En los poemas homéricos hay un ideal de hombre superior, noble y con un heroísmo mitológico. Las tragedias, por su lado, muestran la ambigüedad de lo real, lo conflictivo y enigmático de la existencia humana. Ya no describen al héroe triunfante, sino al humano de carne y hueso capaz de errar, caerse y volverse a levantar.

Aparte de tragedia, el sitial que ocupamos también es consecuencia de lo que hicimos y de lo que no. Quizá sea momento de dejar de responsabilizar a los infortunios y asumir la participación en aciertos y desaciertos. Tal vez así, como los protagonistas de las tragedias, nos podamos levantar.    

 

 

Sobre el autor

Lenin de Janon Quevedo

Magíster en Ética Biomédica, especialista en Medicina Crítica, director de la carrera de Medicina y Profesor de Bioética (UCA), médico de Terapia Intensiva del Hospital Santojanni.

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