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Su Excelencia la Excelencia

Grey Illustration / Ilustración gris por Scott Webb en Pexels
Escrito por Consejo Editorial
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El término excelencia tiene dos acepciones en nuestro diccionario:

1) Superior calidad o bondad que hace digna de aprecio y estima una cosa o a una persona;

2) Tratamiento honorífico al que tienen derecho oficialmente determinada personas por su cargo y en ocasiones se antepone la palabra su.

De tal manera que la primera nos refiere a las cualidades intrínsecas de una cosa o persona y la segunda a la autoridad o potestad que detenta un individuo. Idealmente deberían coincidir de alguna manera. O sea, la persona que tiene derecho al tratamiento honorífico de Excelencia, debería estar dotado de la calidad y bondad mencionados en la primera acepción. Lamentablemente, la experiencia nos enseña que no siempre es así. El orgullo, la soberbia, la cobardía y otros vicios humanos asociados al ejercicio del poder pueden convertir al individuo precisamente en el antónimo de la excelencia: la mediocridad. Esto es cierto en cualquier terreno del ejercicio de la autoridad: político, religioso, empresario, organización civil, familia.

Y al ir cerrando otro año en nuestro peregrinar como sociedad hacia la verdad, parece oportuno detenernos un momento a reflexionar sobre estos dos conceptos en el ámbito de nuestras responsabilidades como ciudadanos, dirigentes y profesionales. ¿Buscamos y exigimos la excelencia real y sinceramente en aquellos que ocupan cargos que reciben dicho tratamiento? o ¿aceptamos dejarnos llevar por la perezosa comodidad que nos conduce a la mediocridad?

Vale en primer lugar reflexionar como ciudadanos de un sistema democrático que todavía no parece haber encontrado el camino. Alexis de Tocqueville se admiraba de la igualdad de condiciones y oportunidades que encontraba en los Estados Unidos, y la consideraba la principal causa de prosperidad de esa sociedad. Democracia y desigualdad no son buenos socios. La desigualdad resulta una amenaza para la democracia. Al cerrar este 2021 nos acercamos a cumplir cuarenta años desde la restitución del régimen democrático, período en el que los niveles de pobreza y desigualdad han aumentado hasta alcanzar niveles insospechados e inaceptables dadas las condiciones económicas de nuestro país. ¿Ha fallado el sistema o las personas? Para quienes consideramos la libertad como un valor superior, el sistema no puede entrar en discusión. Nuestra experiencia histórica y el ejemplo de los países dignos de comparación así lo ponen de manifiesto. Han fallado las personas entonces, pero ¿no tiene la sociedad la manera de imponer límites si fallan las personas? El voto es sin lugar a dudas el medio más directo; también los límites institucionales como la división de poderes. Pero los resultados demuestran que ni el voto ni los resortes institucionales han logrado corregir los resultados.

Cabe entonces preguntarse si solamente han fallado las personas que han ejercido el poder político o también ha fallado el resto de la dirigencia, ya sea por confusión de ideas, tibieza o complicidad. ¿Son nuestras empresas competitivas y eficientes y logran crear valor para la sociedad? ¿O sólo sobreviven las que logran disponer de una protección exagerada y/o gracias a prebendas y subsidios otorgadas por un estado siempre generoso con los que detentan el poder económico pero muy mezquino con los sectores más vulnerables?

Cabe también preguntarse si el resto de la dirigencia civil y religiosa no ha fallado también por acción u omisión, o tibieza.

La respuesta a estos interrogantes puede disparar una discusión estéril, si se agota en la búsqueda de culpables o intensifica las posiciones ideológicas extremas opuestas y sin punto posible de encuentro.

Lo cierto es que nuestra sociedad sufre lo que podríamos llamar una crisis de mediocridad. Parece ser una sociedad que ha renunciado a la búsqueda de la excelencia en todos los frentes. Nuestros jóvenes formados en la mayor excelencia emigran en busca de un destino que acá se les niega, la muestra más acaba de esta crisis de mediocridad.

“Épocas hay en que equilibrio social se rompe en su favor. El ambiente tórnase refractario a todo afán de perfección; los ideales se agotan y la dignidad se ausenta; los hombres acomodaticios tienen su primavera florida. Los estados, conviértanse en mediocracias; la falta de aspiraciones, que mantengan alto el nivel de moral y de cultura, ahonda la ciénaga constantemente” nos alerta José Ingenieros (El hombre mediocre)

Más qué discusiones y acusaciones hace falta coraje y valor para asumir esta crisis y comprometerse con la búsqueda de la excelencia, y convertirla en una agenda que exige el compromiso de una mayoría para asumirla. Los fines y las herramientas son conocidos, lo que falta es la actitud, la convicción y el valor para llevarlas a cabo. Necesitamos líderes con vocación y capacidad de excelencia para salir de esta crisis. Diseñar un futuro para nuestra sociedad a partir del compromiso puesto en común de salir a buscarla, debería ser nuestra meta como personas y dirigentes. ACDE, nuestra institución, puede resultar un faro convocante.

La palabra de Dios es muy clara y exigente: “A los tibios los vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3, 15-16). Pero la palabra de Dios es sobre todo iluminación y aliento. “Levántate y resplandece porque tu luz ha llegado y la gloria de Dios ha amanecido sobre ti” (Isaías 60, 1). Este es el objeto y el deseo de estas líneas, no motivar caer en un auto flagelo o estériles polémicas sino alentar e invitar a reconciliarnos con la búsqueda de la excelencia. El testimonio y el pensamiento de Enrique Shaw, en este año tan significativo para su causa, nos puede ayudar a encontrar el valor y el coraje para hacerlo: “Y cuanto más uno reconoce el propio carácter de criatura, la propia nada, y se deja de llenar del todo por Dios, tanto más llega a irradiar a Cristo en torno de sí” (María y comunidad de vida. Recopilación de pensamientos de Enrique E. Shaw)

Es tiempo de trabajar entonces con humildad, valor y sin demoras en Su Excelencia la Excelencia. Se va el 2021, se acerca el 2022, que para cada uno de nosotros y nuestra institución sea el año de Su Señoría.

Sobre el autor

Consejo Editorial

Consejo Editorial de Portal Empresa, la revista digital de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE).

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