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Diseño como vehículo…

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Escrito por Fausto García

Diseño como vehículo de innovación para oportunidades de inclusión

El presente artículo integra la publicación «Productividad Inclusiva» del IAE Business School, de la Universidad Austral (diciembre 2021). En la entrega pasada compartimos «El desarrollo económico de la República de Corea, un caso de Productividad Inclusiva»,  de Eduardo Fracchia y Martín Calveira. Para leer el dossier completo, hacé clic acá.

 

Las proyecciones de desaparición de profesiones son muy variadas y es muy difícil predecir lo que realmente sucederá. Si bien hay dudas en que el impacto mayor sea en el desempleo, es un hecho que la brecha salarial entre trabajo calificado y no calificado se ha ido ampliando cada vez más en los últimos años.

No se conoce el mejor modo de afrontar proyectos educativos cuando tampoco conocemos las características de los futuros trabajos. En efecto, se plantea la pregunta sobre qué significará ser “inteligente” en la era de la inteligencia artificial, volviendo a valorizar el desarrollo de la inteligencia emocional y creativa. ¿Cómo coordinar este proceso de cambio para un aumento de productividad que no implique exclusión social? ¿Puede el Diseño, como disciplina, contribuir en algo?   En los últimos años, el diseño ha permeado en muchas áreas, como diseño de procesos, de productos, de interacción, diseño educativo, diseño de sistemas, de experiencias, entre otros casos. Especialmente claro ha sido en el mundo de las organizaciones, en modelos de negocio y en el llamado “liderazgo por diseño”. El rol del diseño en todas es el mismo: actuar sobre el mundo físico, abordar necesidades humanas, y generar o construir entornos.

El protagonismo de los diseñadores ha crecido en más de una organización, principalmente por su capacidad de reenfocar problemas, establecer una indagación empática con el usuario final, y su proceso interdisciplinario, democrático y abarcativo. En especial, para abordar los llamados “problemas perversos” o especialmente complejos. Es, sin embargo, el servicio el factor común de todas estas definiciones, ya que los diseñadores se dedican a una profesión de servicio, en la que los resultados de su trabajo buscan satisfacer necesidades humanas. Por el modo de abordaje de estos problemas complejos (wicked problems, en inglés), los desafíos que más invitan a la práctica del diseño tienen que ver con la ambigüedad, la creciente complejidad del entorno en cuanto a necesidades, requisitos, limitaciones, y el valor de la información, que a menudo excede el valor de la sustancia física. Los desafíos contextuales son los que terminan definiendo la naturaleza de los problemas llamados “de diseño”: un entorno complejo (proyectos o productos transversales a varias organizaciones, distintos actores, productores y grupos de usuarios), multiplicidad de expectativas (varias organizaciones, partes interesadas, productores y usuarios), o demandas en distintos niveles de producción, distribución, recepción o control.

En un contexto nacional o regional con falta de acuerdo, modos de pensamiento confrontativo, riesgo de deshumanización de los empleos y mesas sectoriales sin alcance suficiente para lograr productividad inclusiva, las condiciones llaman a dinámicas donde el diseño, entendido como proceso social, podría ser especialmente útil. La falta de confianza en el futuro del país, no sólo se nota en la carestía de grandes proyectos públicos y privados; se nota también en la creciente desesperanza de talento joven que decide emplazar sus mejores energías e ilusiones de futuro en el exterior. La incertidumbre en el rumbo y condiciones de incertidumbre del país refuerzan su diagnóstico, y más de una vez se abriga una especie de ilusión de perspectivas mejores. Pero creemos que es posible liderar algún tipo de proceso de innovación, que brinde un cambio en esta problemática. Actualmente, bajo el paraguas de “Diseño para la Innovación Social”, los diseñadores se enfocan en estructuras organizacionales y problemas sociales, en la interacción, el servicio y el diseño de experiencias humanas. Campo que se ha ido expandiendo desde el diseño relacionado con la industria al diseño como pensamiento e imaginación de futuro.

Los problemas tan multifacéticos como el de la necesidad de crecer en productividad de manera inclusiva llaman nuevas ópticas de encuadre. Posiblemente no sea suficiente con los tradicionales aportes unidimensionales, y se requieran proyectos individuales, pero también colectivos, que den lugar a cambios sociales, a la vez que va cambiando el mundo hacia su “versión 4.0”, acompañando y encauzando esta gran transición, en lugar de ser arrastrados por ella. Para todo esto puede ser útil recurrir a las mencionadas habilidades de diseño.

Los desafíos venideros requerirán habilidades que vayan más allá de la resolución “lineal” de problemas. Sin dudas será necesario plantearse un mejor uso de la conectividad, el desafío de unir lo local con lo global, acercando la producción al consumo. Habrá que prepararse para vivir en la turbulencia durante un tiempo considerable, donde distintas realidades conviven en conflicto: la idea de un mundo “ilimitado”, un “planeta sin límites”, y otro que reconoce estos límites y experimenta formas de transformarlos en oportunidades. Para esto no alcanza con resolver problemas técnicos: es clave también llegar a acuerdos en el modo de crear sentido, ayudar a redescubrir el poder de la colaboración para incrementar capacidades, y cómo este proceso da lugar a nuevas formas de organización, más colaborativas donde se observen el aspecto social y humano como condición de crecimiento.

Entre las Políticas para la inclusión mencionadas por Juan Llach, se mencionan la mejora de inversión en capital humano, ya que potencia la productividad y la inclusión. Una cultura más colaborativa es también un potenciador del capital humano: acoger y alinear una multiplicidad de iniciativas hacia objetivos compartidos. ¿Por qué motivo no podría la ola de innovación tecnológica explosiva en marcha, contribuir al combate contra la desigualdad educativa? ¿No es acaso posible pensar en sistemas distribuidos, que junto con la innovación social generen redes de escuelas, como microempresas, que potencien la dimensión local? ¿No podría ser un objetivo compartido por todos los sectores – privado, gobierno y social -la creación de empleos formales de nueva generación tales como los oficios digitales? Es propio del diseñador el experimentar, replicar, conectar, alinear, la multiplicidad de iniciativas hacia objetivos compartidos.

El diseño como disciplina podría contribuir a políticas que garanticen crecimiento productivo, y que nos den protagonismo como proveedores al nuevo mundo, con empleos calificados en la concepción de una renovación de empresas y trabajadores, a través de nuevas prácticas de management, más inclusivas, que sepan incorporar la participación de todos los stakeholders.

La revolución llamada 4.0 nos ofrece una oportunidad sin precedentes para la creación de una nueva generación de servicios, al punto de llegar a redefinir el concepto de bienestar. Pero sería estéril sin una nueva manera de entender qué es “cultura de trabajo” adecuada. Es necesario trabajar en la discusión sobre este tema fundamental, para resolver el problema del sentido de las cosas: cómo esta ola de innovación tecnológica puede ser también cultural.  Y una cultura de diseño podría contribuir con aire nuevo a este proceso de Innovación.

Sobre el autor

Fausto García

Ingeniero Industrial (UBA), Executive MBA (IAE Business School) y Doctor en Ingeniería de Gestión (Politécnico de Milán). Es profesor Asociado del Área Académica Dirección de Operaciones y Tecnología del IAE Business School y Director del Centro Investigación de Medios y Entretenimiento para Latinoamérica (CIMEL).

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