Valores

El amor en la empresa (II)

Escrito por Antonio Argandoña

Bueno, ha llegado el momento de dar recomendaciones sobre lo que hay que hacer para que se cree y desarrolle en las empresas una cultura del amor. Lo que sigue son algunas ideas dispersas, no un verdadero programa.

Como dije, el amor empieza, probablemente, por una emoción, aunque sea muy ligera. Es a partir de ahí donde se puede desarrollar. Lo primero que recomendaría es la elaboración de una «narrativa», una explicación sobre qué es el amor, por qué se debe vivir en la empresa, qué ventajas tiene, qué limitaciones, qué peligros… Sobre esto ya he dicho algo en las dos entradas anteriores. Esa narrativa conviene que esté al alcance de todos, que los argumentos se den una y otra vez en reuniones en la empresa, en discusiones internas, en negociaciones… Por ejemplo, si vamos a desarrollar una nueva política de contratación de personas, además de los argumentos técnicos habituales (formación, experiencia, carácter, intereses del candidato…) habrá que contar con aquello que es importante para que desarrolle la cultura del amor: carácter, simpatía, apertura…  Aquí entra en juego otra recomendación: el amor se desarrolla, habitualmente, de la mano de otras virtudes en el que ama: humildad (no me siento superior a él), empatía (capacidad de sentir los sentimientos del otro), gratitud, confianza, altruismo, lealtad, paciencia, compasión… En la medida en que estas virtudes me llevan a desear algo bueno para el otro, estoy amándole, estoy aprendiendo a amarle y estoy dándole la oportunidad de amarme también él a mí, o sea, de desarrollar también sus virtudes; esta reciprocidad será lo que desarrollará la cultura del amor y la unidad en la empresa.

En la conferencia a la que aludí en mis entradas anteriores pienso acabar con unas cuantas recomendaciones para que aprendamos a amar a los que comparten con nosotros tareas en la empresa, por ejemplo, corregir con amabilidad y paciencia, contar con el parecer de esas personas, pedir perdón por nuestros errores, ayudarles a detectar sus errores y que los corrijan, tratarles con exigencia amable, que asuman sus responsabilidades, suprimir los incentivos que puedan hacerles egoístas…  

Todo esto no se presta a elaborar un programa detallado de acciones, sino a dar a las personas, especialmente a los directivos de varios niveles, la posibilidad de tratar a cada persona de acuerdo con lo que es bueno para ella, de modo que ella también aprende a hacerlo para la empresa y para los demás. O sea, es tarea de toda una vida…

 

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*Artículo publicado originariamente en el Blog Economía, Ética y RSE del IESE Business School, Universidad de Navarra.

Sobre el autor

Antonio Argandoña

Profesor Emérito de Economía y titular de la Cátedra CaixaBank de Responsabilidad Social Corporativa del IESE (España). Imparte clases principalmente en las áreas de macroeconomía, economía monetaria y economía internacional, además de publicar investigaciones sobre ética empresarial, responsabilidad social corporativa y gobierno de las organizaciones.

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