Valores

El desafío de confiar

Luz al final del tunel
Escrito por Carlos Barrio

¡Todos somos emprendedores! Emprendemos distintas actividades y nos enfrentamos con los desafíos de avanzar hacia un resultado que nos satisfaga.

Y durante los pasos del desarrollo del emprendimiento observamos la realidad con distintas perspectivas. En algunos casos sentimos fuertes turbulencias y necesitamos abrocharnos los cinturones de seguridad y pedir ayuda. En otros, desistimos en alguna etapa, porque nos desbordamos por la situación y decidimos discontinuar lo que veníamos haciendo.

Existen también otros casos en los que no vemos ninguna posibilidad de encarar el desafío, porque nos parece imposible escalar la montaña que enfrentamos.

Sin duda nuestra observación de la realidad determina en gran medida la energía que le imprimimos y las posibilidades de éxito de lo que nos proponemos. Muchas veces antes de comenzar una tarea, vemos el vaso medio vacío y en otras, medio lleno. ¡Y sin embargo es la misma cantidad de agua!

Resulta inspirador traer a colación la transformación que llevó a cabo “Coco” Oderigo en las cárceles argentinas, a partir de la enseñanza del rugby. Por detrás de estas enseñanzas, se trasluce el compromiso, transparencia y perseverancia de “Coco” y los valores que él encarnó y transmitió de la práctica de este deporte.

“Coco” decidió en el año 2009 ir a visitar por primera vez el penal de San Martín, para enseñar rugby, sin saber muy bien qué ocurriría, sabiendo que este deporte se lo asocia en Argentina, con las clases sociales más acomodadas.

En poco más de 10 años de existencia de los “Espartanos” (nombre que adoptaron los presos para el equipo que fundaron), el éxito fue rotundo. Pasó de un puñado de personas a más de 150 Espartanos en permanente actividad, que entrenan todos los martes y se van recambiando a medida que salen de los penales. En los pabellones en dónde están los Espartanos, cesó la violencia y el consumo de drogas. El índice de reincidencia en la comisión de delitos es actualmente de un 5%, mientras que en el resto de la población carcelaria asciende al 60 %. Lo que comenzó tímidamente en el penal de San Martín, se ha expandido a más de 34 cárceles en todo el país y también a una de mujeres.[1]

¡Lo imposible fue posible! ¡Lo que parecía que nadie podía cambiar, tuvo una transformación profunda!

¿Cuál fue el motivo del éxito de este emprendimiento? ¿Qué podemos aprender como emprendedores de esta empresa exitosa?

Una de las claves fue generar confianza mutua entre los reclusos y de ellos con “Coco” (padre de este emprendimiento), en un ambiente en el que reina la desconfianza y una violencia generalizada de “todos contra todos”.

Esta confianza fue posible, porque “Coco” fue generando con su compromiso y perseverancia, un vínculo con los presos, que cada vez se hizo más profundo.

“Coco” creyó que cada preso tenía posibilidades de mejorar, cualquiera fuera su historia y condición. Confió en ellos. Vio el vaso “medio lleno”. Creyó en lo bueno que cada uno lleva en su interior; y eso permitió que los reclusos fueran confiando cada día más en ellos mismos.

José Kentenich nos habla de la importancia de “… dar y recibir recíprocos, una atenta apertura de uno hacia el otro. Cuando no sea éste el caso, ambos interlocutores perderán con el tiempo la sensibilidad, receptividad y fecundidad en la relación mutua.”[2]

El desarrollo de cualquier emprendimiento comercial requiere como base de sustentación, la confianza.

¿Somos capaces de confiar en nuestros colaboradores, delegando responsabilidades, sabiendo que son capaces de generar acciones virtuosas y superadoras?

¿Confiamos en la calidad de nuestros productos y servicios?

¿Respetamos a nuestros clientes y estamos abiertos a escuchar sus recomendaciones?

¿Confiamos en nuestros proveedores?

¿Qué ocurriría si pudiéramos ser transparentes, mantener la calidad de nuestros productos, los plazos de entrega y de pago a nuestros proveedores?

¿Confiamos en nosotros mismos?

Es impactante e inspirador lo que el empresario Enrique Shaw muy pocos días antes de fallecer, les dijo a los trabajadores de la fábrica Rigolleau, de la que Shaw era el gerente general, después de recibir la donación de su sangre: “no quiero dejar de agradecerles todo cuanto han hecho por mí al dar su sangre para las transfusiones que se me hacen. Puedo decirles que ahora casi toda mi sangre que corre por mis venas es sangre obrera. Estoy así más identificado que nunca con ustedes a quienes siempre he querido y considerado, no como simples ejecutores, sino también como ejecutivos.” [3]

¡Cuánta confianza en la capacidad superadora de los trabajadores! ¡Cuánto ennoblecimiento de sus tareas y actitudes!

Luego del ataque a las torres gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, se descubrió que lo único que había sobrevivido fue un peral, que estaba destrozado y diezmado en medio de los escombros. Fue llevado a un vivero de Bronx y al poco tiempo replantado en la llamada “Zona Cero”, en donde está el monumento a este devastador atentado.

Este símbolo de esperanza nos llama a descubrir que todos somos un poco este

peral y estamos llamados superarnos y levantarnos después de cualquier dificultad.

Cultivemos en nuestro interior nuestro peral y confiemos en que los demás también son perales que pueden resurgir de las dificultades.

Referencias

[1] Conf. Federico Gallardo. “No permanecer caído (La historia de los Espartanos)”. Ed. Logos (2017).

[2] José Kentenich. “Autoridad y libertad en tensión creadora” (1961), 91-93. Textos Pedagógicos (Herbert King). Ed. Nueva Patris (mayo 2008), pág. 209.

[3] Ambrosio Romero Carranza. “Enrique Shaw y sus circunstancias”. Ed ACDE (2009), pág. 215

Sobre el autor

Carlos Barrio

Abogado (UBA) con una extensa carrera en el sector legal de multinacionales. Coach Profesional (Certificación internacional en el Instituto de Estudios Integrales). Posee posgrados en Harvard y UBA.

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