Enrique Shaw

Generosidad

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Escrito por Ignacio Gorupicz
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Semblanzas de Enrique Shaw

Compilador: Ignacio Gorupicz

Una forma de conocer a Enrique Shaw es a través de las vivencias de aquellos que compartieron su vida. Estos textos buscan reflejar distintas facetas de Enrique Shaw a través de una selección y ordenamiento de textos de su causa de canonización. Estos textos han sido tomados en forma literal, no hay edición, pero si intercalado de oraciones de distintas personas. He buscado excluir opiniones y datos descriptivos, de modo de que quede solo lo que Enrique hacía, decía y sentía. Para cada historia de Enrique, menciono a los distintos autores que la escribieron al final de la nota.

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(por Luis María Baliña, Cecilia Bunge de Shaw, Eleodoro, Fermín López, María Teresa Mayochi de Arza, Margarita Teresa Mc Loughlin de Geraghty, Manuel Siguenza, Nilda Juana Valente de Squeri, Sarah Shaw de Critto, Uranga de Wavrin)

Tenía que viajar el exterior a menudo y unos días antes del viaje ponía cerca de la entrada de su escritorio un cartelito que decía: “El Sr. Shaw viaja a tal país en tal fecha, de modo que, si alguien necesita con urgencia algún medicamento o un mensaje, puede hacérselo llegar antes de tal fecha». Esa era una muestra de su actitud evangélica para con sus empleados que podían darse el lujo de que su jefe hiciera de comisionista en Europa o en Estados Unidos.

En esa época había muchos problemas con medicamentos. En uno de los viajes que fuimos juntos, me enteré de que le habían hecho un encargo un poco raro: un encendedor en forma de cigarrillo. Yo lo busqué en Nueva York, pero no había por ninguna parte. Le dije a Enrique que eso era una malcrianza porque no era tan necesario y que no iba a buscar más. Pero él me dijo; «Él nunca va a tener la posibilidad de venir a Nueva York, tratá de encontrarlo». Al final le llevó un encendedor en forma de paquete de cigarrillos.

Prestaba a quien lo necesitaba su casa de Pinamar cuando estaba desocupada.  El criterio era que la persona tuviera necesidad de esa ayuda (por ejemplo, una familia con muchos hijos y sin posibilidad de veranear). Entregó a un tercero la llave para que a su vez se la diera a los elegidos, y es importante que no fuera personalista al elegir él, sino que dijo “alguien que lo necesite”. Confió en el prójimo porque no dio ni pidió un inventario, como se hace en cualquier inmobiliaria. Manteniendo el anónimo total, pidió que devolvieran esas llaves dejándolas en una oficina.

  • Como yo tenía en esa época 11 hijos, en cierta oportunidad recibí ese ofrecimiento de parte de Enrique.
  • Me dice: “vos te casas, la casa de Pinamar está a tu disposición”. No era fácil encontrar gente así.
  • Nosotros como familia que recién nos iniciábamos no teníamos oportunidad para irnos de vacaciones. Yo tuve siete hijos. Mi esposo fue recibido personalmente en la casa de Enrique quien le entregó las llaves. Le explicó que cuando llegara iba a encontrar una canasta con pan casero y huevos y que usáramos todo lo que había en la casa, hasta las remeras para los chicos porque él quería que nos sintiéramos como si esa fuera nuestra casa.
  • En dos oportunidades fuimos con Lizzie, mi marido y mi hijo mayor. Fue la primera vez que vi el mar.
  • En 1953 Mamá enfermó gravemente, le conté a Shaw de la enfermedad de Mamá. ¡Ne ofreció su casa de Pinamar para que venga a quedarse! (pensando que el cambio de aire le iba a hacer bien).

Le encantaba que invitásemos. En la quinta la pileta se llenaba de chicos del barrio que era bastante humilde. Decía que espíritu de pobreza era que las cosas están a nuestro servicio y no nosotros al servicio de ellas. Que había que hacer rendir a las cosas, que no se desperdicien. Fue un organizador entusiasta del «Tachito Fútbol Club», para que los chicos del barrio tengan un lugar para jugar. Él animaba a jugar y participaba. Yo me acuerdo de que era insólito para esa época.

Del mismo modo hasta prestaba su coche en Buenos Aires cuando alguien cercano lo necesitaba.

En el estudio era un privilegiado, siempre sacaba las mejores notas. Era accesible a los compañeros que le consultaban. Si podía ayudarlos, lo hacía. Enrique Shaw y Recaredo Vázquez, estudiaban y explicaban a los compañeros las dudas que tenían.

Acompañar la vida de los demás

(Por Abeledo Federico, Carmen Bañes de Gómez Villegas, Eduardo Miguel García Bosch, Oscar y Carmen Gomez Villegas, Pedro Nieves Dager, Margarita Teresa McLoughlin de Geraghty, Inés Nugent de Amaya)

 En 1949 falleció mi padre. Enrique llamó enseguida a mi madre para ayudarla, haciéndose en ese momento cargo de mis estudios, inscribiéndome en el Colegio Santa Catalina, de la congregación Salesiana. Acercándose al colegio cada tanto para informarse de como seguían mis cosas.

Cuando me iba a casar con Luis, me dijo: “¿quiere que le preste dinero para terminar la casa?” Nos regaló un lindo reloj de pared. También nos regaló unos libros que todavía conservo, sobre cómo se forma una familia, otro sobre como educar a los hijos. Él quería que hiciéramos un matrimonio bien cristiano.

Cuando nos casamos tuvimos muchos problemas para tener hijos, yo perdía todos los embarazos.  Mi marido tenía desesperación por tener hijos y sufría con el problema que yo tenía.  Enrique Shaw me puso en manos de los grandes especialistas de Buenos Aires, hecho no puedo olvidar. El Dr. Roberto Nicholson que hoy es una eminencia, me operó varias veces gracias el Sr. Enrique Shaw. Cuando Enrique iba a Lourdes, también pedía por nosotros para que pudiéramos tener hijos.

Lo conocí en el año 1951 en la Estancia Luis Chico.  Para las fiestas de fin de año recorría todos los puestos y a cada familia le preguntaba si necesitaba algo y le dejaba un poco de dinero para que no le faltara para las fiestas. La gente vieja de la estancia comentaba que desde chico Enrique fue muy bueno: solía comer en la cocina con toda la peonada. Una vez encontró los platos de la vajilla con la loza muy cachada y le dijo a la cocinera que había que cambiarlos. No sé de dónde, pero trajo todo nuevo.

Cuando con mi esposo necesitamos saldar una deuda hipotecaria, para poder habitar la casa que acabábamos de comprar, como no tenía a quien recurrir decidí exponerle el caso. El además de no tener ningún problema en prestarme el dinero, me dijo: «Tata Dios ayuda».

Un hermano mío volvió una vez con él desde Pinamar y contaba que casi perdían el colectivo. Él se ocupaba del equipaje de todas las viejitas, ayudándolas a subir las valijas.

 Apoyar los proyectos de otros

(por Enrique Jorge Balestrini, Carlos Custer, Rodolfo José Franco, Adelina Humier, Osvaldo Horcada, Bruno Faverio, Alcira Perniso, María Dolores Serrano, Juan Cavo)

Una vez cuando inicié la cooperativa de vivienda, que se llamaba Cooperativa Solari, convoqué a amigos para que compren una acción por $1000. Enrique fue el único que aceptó de buena gana y, de entrada. Le encantó la idea de un grupo católico que formara una cooperativa para hacer viviendas e inmediatamente apoyó y dijo: «Voy a poner más». Puso $2000.

Yo era miembro del Centro de Jóvenes de la Acción Católica (JAC) de una Parroquia de Quilmes Oeste (Sagrado Corazón) y no teníamos donde reunirnos. Un día le comenté a Enrique y poco después teníamos un centro de reuniones – acogedor y funcional – y él estaba con nosotros, como uno más, junto a esos jóvenes de barrio celebrando la inauguración con el tradicional «asado».

Cuando se creó la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador hablé con él para solicitarle ayuda, la que se materializó en varios cajones de elementos de Cristalerías Rigolleau para los laboratorios.

Solía decir que debemos ser una Navidad para nuestro prójimo. Cuando le dije que me iban a proponer como presidente de la Cámara Junior de la Argentina en vez de felicitarme me preguntó: ¿Necesitas dinero? Terminé de devolverlo a Cecilia, él ya había fallecido.

Ayudaba a unas monjas de la Gruta de Lourdes de Mar del Plata cerca del puerto. Un día me dijeron que le faltaban tazas y platos. Enrique Shaw autorizaba y avisó que se los enviaba gratuitamente por el expreso Rabbione.

Enrique Shaw no hacía diferencias. Sé que le mandaba al Ejército de Salvación de Quilmes, que manejaba un hogar “Evangelina”, de la calle Primera Junta y Libertad.

El hacía mucha obra social, todas las monjas, los colegios de por acá venían a conversar con él y pedirle colaboración.  Venían las monjas y él las mandaba al depósito a que le hicieran regalos, se preparaban fuentes, platos para los colegios, vajilla para los chicos huérfanos de Hudson. Apoyaba económicamente a un Instituto Privado en Plátanos: el Colegio de la Bienaventurada Virgen y yo era quien les acercaba los cheques que les enviaba.

Cuando el Opus Dei empezó en Buenos Aires, necesitábamos una casa para hacer Cursos de Retiro. Y, casi sin conocernos, nos prestaba su quinta de Muñiz. Allí tuvieron lugar los primeros Cursos de Retiro. No recuerdo cuántas veces la utilizamos, pero sé que fueron muchas.

En ocasiones, primero el prójimo

(por Carlos Nicolás Allegretti)

Llegamos a Pinamar. Del baúl bajaron un montón de cosas, no me acuerdo ahora de la cantidad de cajas y valijas. Yo sé porque mi papá llevó el auto al garage y bajó todo.

A la otra mañana estábamos en la cocina con mi papá desayunando y él estaba adelante, como si fuera el living. Entonces Shaw me llama a mí. Mi papá me dijo en la cocina: «Si llegas a pedir algo te voy a romper la cabeza, no se te ocurra agarrar nada».

Entonces cuando fui hacia donde estaba el Sr. Shaw, había hecho poner a todos los chicos todos los juguetes importados en el piso. Me dijo: «Elegí cuál te gusta». Antes que cualquiera de los chicos eligiera un juguete, a mí me dijo primero. Había una hermosa máquina de trenes y había un jeep del ejército con un cable, se le daba cuerdita, caminaban las ruedas y tenía un pulsador que movía las ruedas de adelante, las de atrás funcionaban. Entonces a mí me gustó ese. Dice: «¿Te gusta el jeep?»  Yo tuve que decir que me gustaba el jeep. «El jeep es de él». Me lo dio. Me acuerdo como si fuera hoy, a pesar de tener cincuenta años.

El que da, recibe

(por Oscar Gomez Villegas y Carlos Manuel Herrero)

Un buen día le dije a Shaw que teníamos que conversar, porque mi situación económica era muy estrecha. Esas cosas él las atendía muy a fondo. Vino al día siguiente y me dijo que estaba concedido el aumento y me dijo la cantidad, no recuerdo pero que fue algo que ni lo pensábamos. Fue como una transfusión de sangre tanta generosidad.

A todos los que nos preguntaron si queríamos dar sangre para él, dijimos que sí. Fuimos 12 o 14, entre ellos Oscar, jefe de almacenes. Él había sido operado del páncreas y no había quedado bien, así que le dijeron que no podía dar. Cuando se enteró de esto se puso a llorar. ¡Como era de querido!

Hasta el último momento

(por Monseñor Jorge Mejía)

La segunda imagen es nuestro último encuentro en su lecho de muerte. Quiso que nos quedáramos solos. No ciertamente para hablarme de sí o de sus sufrimientos y ni siquiera del camino hacia el Señor que estaba por emprender. Para hablarme de una tercera persona, con la cual él estaba humana y cristianamente ligado.  Se preocupaba del camino que esa persona estaba por emprender y de las consecuencias, temporales y eternas, que una inminente decisión suya podría tener para esa persona y para otros. Me pidió que hiciera algo.

Creo que aquí hay que detenerse. Lo que me impresionó entonces es que Enrique, en realidad, al decirme lo que me dijo y pedirme lo que me pidió, estaba ofreciendo su vida por alguien.

Sobre el autor

Ignacio Gorupicz

Socio en McKinsey & Company. MBA Stanford University. Master en Finanzas UTDT. Contador y Licenciado en Administración (UBA). Vicepresidente Primero ACDE y Presidente del Encuentro Anual ACDE 2021.

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